El Troll Capítulo 29
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Capítulo 29

ANTONIA

—Venga, cuéntame todo sobre él. —Jill, mi clienta, me devuelve la sonrisa a través del espejo mientras doblo el papel de aluminio sobre los mechones a los que estoy a punto de hacerles las mechas.

—Bueno —digo en tono teatral, y luego hago una pausa, decidida a saborear mi historia; al fin y al cabo, lleva mucho tiempo gestándose—.

Nuestra primera cita fue en un pub de Skipton, más o menos a medio camino entre donde vivimos los dos, y la segunda fue un paseo por Ilkley Park y luego una copa.

—Extiendo con la brocha el producto decolorante por unos mechones—.

Este es majo, no como los descartes y defectuosos de siempre que parecen rondar mi mundo.

—Me miro de reojo en el espejo, y hasta yo tengo que admitir que se me ve más viva cuando hablo de mi nuevo chico.

—Hablando de descartes y defectuosos, ¿has vuelto a recibir mensajes de ese del que me hablaste cuando pedí cita por primera vez?

—Ah, ese. —Pongo una mueca—. Al final tuve que bloquearlo en la app de citas. Y denunciarlo en la plataforma.

—Sonaba a bicho raro de cuidado. —Niega con la cabeza.

—Todo fue por aquella foto que me mandó. —Menos mal que el salón está tranquilo y no hay nadie más aquí que pueda oírnos.

—Que los hombres se crean que eso está bien no me cabe en la cabeza.

Me río. —Tampoco es que las pollas sean lo más atractivo del planeta, ¿no? Y luego, justo después de mandármela, intentó hacerme una videollamada por WhatsApp. Puaj.

—Eso no me lo habías contado. —Me lanza una mirada de fingida severidad, como si debiera haberlo hecho.

Le sujeto con una pinza un mechón que le caía en la cara. —Creo que estaba demasiado traumatizada. Ahora que lo pienso, no se lo he contado a nadie más.

—La verdad, me cuesta creer que tengas que recurrir a internet para conocer gente —dice Jill.

—¿A qué te refieres?

No es la primera persona que lo dice. Mi familia, bastante chapada a la antigua, me ha llamado de todo: desde desesperada hasta impulsiva o temeraria.

—Con ese pelo oscuro tan bonito y brillante y esos ojos ahumados, a estas alturas ya te habrían echado el guante diez veces en la vida normal. Las mujeres como tú no deberían quedarse para vestir santos.

Me río entre dientes ante una expresión que mi madre habría usado cuando aún vivía. —Dices unas cosas preciosas, Jill. —Cojo el peine de mango largo—. Pero, en serio, cuando rondas los cuarenta como yo, la mayoría de los hombres decentes o están casados o son gais.

—Pero este no, espero.

—Creo que no, pero nunca se sabe. Sí que parece demasiado bueno para ser verdad.

—¿Cómo es físicamente?

—Bueno, es justo lo contrario del de la foto guarra. Sé que suena a cliché, pero alto, moreno y guapo es la única manera de describirlo. Está divorciado, o eso dice, pero por lo visto todo fue amistoso. Simplemente se fueron distanciando.

Jill me hace un gesto de aprobación. —Bueno, ya se sabe que hay que besar a unas cuantas ranas antes de encontrar a un príncipe. —Sigue mi mirada hasta la ventana—. ¿Por qué no dejas de mirar fuera? ¿Esperas a alguien?

Hago una pausa, dudando sobre qué contarle a mi clienta. Pero qué demonios. A lo mejor me viene bien desahogarme. —Llevo un tiempo recibiendo unos mensajes desagradables en Instagram.

—¿En serio?

—Lo que dicen me pone más que un poco nerviosa.

—Pero todo eso es por internet. ¿Qué te hace pensar que puede haber alguien ahí fuera ? —Jill señala con el pulgar hacia la puerta.

—Seguramente solo estoy paranoica, pero no puedo quitarme de encima la sensación de que me vigilan. ¿Alguna vez te has sentido así?

Quiero que Jill me diga que estoy paranoica. Aunque tampoco creo que nada de lo que pudiera decirme ahora mismo fuera a tranquilizarme mucho.

—No puedo decir que sí.

—No solo aquí, en el salón, sino también en casa. Da miedo.

—¿Desde cuándo pasa?

Ni siquiera necesito pensar la respuesta. —Podría ser una coincidencia, pero es desde que bloqueé a aquel hombre por la foto.

—Si quieres mi consejo, creo que deberías denunciarlo todo a la policía.

—¿Qué, y decirles: « Tengo la sensación de que alguien me vigila, pero en realidad nunca he visto a nadie »? Me mandarían al manicomio. Por lo que veo, ya cuesta bastante que te tomen en serio aunque hayas visto de verdad a alguien vigilándote.

—Cuéntame lo de los mensajes.

La verdad es que es un alivio confiarle esto a alguien. Ahora que me lo saco de la cabeza y se lo cuento a alguien a quien le importa, no me siento tan mal por tener miedo. —Bueno, los he estado borrando y denunciando, pero antes hacía capturas de pantalla. Por si acaso.

—¿Las tienes aquí?

—Sí, espera. Termino con estos dos últimos papeles de aluminio y voy a por el bolso.

La verdad es que aún no se los he enseñado a nadie, así que me gustaría saber qué te parecen.

—Vuelvo a mirar por la ventana, incapaz de decidir hasta qué punto lo hago por costumbre paranoica y hasta qué punto mis miedos podrían estar justificados.

—¿Y los mensajes están en Instagram?

—Sí, tanto en mi perfil personal como en el del salón. Ya está. Voy a por el móvil. —Me acerco al mostrador y busco debajo, pasando el dedo por mis álbumes de fotos mientras cruzo las baldosas de vuelta hacia Jill.

El salón suele ser mi lugar seguro y feliz, con música de los noventa sonando todo el día y charla animada, sobre todo los días en que trabaja mi aprendiza y cuando está la otra estilista, que alquila un sillón cuatro días a la semana.

Tengo todo lo que necesito para ser feliz.

Mi negocio va genial, adoro mi peculiar casa junto al viaducto de Knaresborough y he tenido dos citas que han ido bien con un tío que parece decente.

Ojalá todos los mensajes que recibo pudieran ser tan encantadores como los de mi nuevo chico y no como los que me llegan por redes.

—Los he guardado todos en una carpeta. —Le paso el móvil y me quedo de pie detrás de ella, mirando por encima de su hombro mientras relee los mensajes. No sé por qué; quizá en el fondo disfruto torturándome.

Deberías volverte por donde has venido.

No perteneces a este país.

No eres más que una sanguijuela.

A la gente como tú habría que quitarla de en medio.

—Es como si a quien los envía se le fueran ocurriendo más cosas, así que los manda como mensajes separados —comento—. Desliza hasta la siguiente captura. Hay muchos más.

—Joder, no hay derecho.

—Es por ser medio italiana —respondo—. No es que sea asunto de nadie. Trabajo, cumplo la ley, soy…

—¡Antonia! —Jill levanta las manos al cielo—. ¿Te has oído? ¡No tienes que convencer a nadie de lo que vales! —Vuelve a bajar la vista al móvil.

—Los he estado bloqueando y denunciando, pero siguen llegando igual.

No sé quién te crees que eres, zorra fea.

¿Por qué no contestas? ¿Te crees mejor que yo?

Jill sigue pasando el dedo por la pantalla de mi móvil. —Deberías llevar esto a la policía —dice negando con la cabeza—. ¿Te has enterado de esa mujer a la que asesinaron en Londres la semana pasada?

—Pero eso fue en Londres —respondo.

—Ya, pero era de Yorkshire.

Levanto uno de los papeles de aluminio de Jill. —A ver cómo va esto. Hoy hace tanto calor aquí que el tinte se te va a coger en nada.

—Estás cambiando de tema, Antonia. Ay, Dios mío. —Jill se lleva la mano a la boca—. Este último mensaje.

—Lo sé. —Se me llenan los ojos de lágrimas.

Imagínate todo aquello por lo que has trabajado toda tu vida ardiendo hasta los cimientos.

Ojalá contigo dentro.

—Se acabó, Antonia. O vas tú a la policía, o voy yo.