Capítulo 26
LEANNE
—No deberíamos estar aquí —sisea Eamon mientras estamos en la escalinata de la comisaría.
Los padres de Chloe están abrazando al hombre y a la mujer que se bajaron del taxi negro hace unos minutos. Acaban de recibir la terrible noticia.
—Quiero verla. No me lo creeré hasta que la vea. —La mujer se separa de Barry y cae de rodillas en el escalón inferior—. No puede estar muerta… si la vi este fin de semana.
El hombre que la acompaña se aferra a la barandilla al pie de la escalinata, como si fuera a desplomarse sin ese apoyo. Sue se acerca a él y lo envuelve en un abrazo.
—Este dolor es suyo, no nuestro, Leanne —continúa mi marido—. Creo que deberíamos dejarles algo de intimidad.
—Chloe era mi amiga —replico—. Y quiero enterarme de primera mano de lo que está pasando.
—¿Qué, para convertirlo en un libro? —Mi marido aprieta la mandíbula en una línea dura.
—No me puedo creer que digas algo tan rastrero. —Miro de reojo a la familia de Chloe, pero están demasiado ocupados consolándose unos a otros como para prestar atención.
—Lo siento. Es solo que… tengo la sensación de que nos estamos entrometiendo.
—Cuanto más averigüe, más podré ayudar a atrapar a quien sea el responsable. Su muerte es sospechosa… ya oíste lo que dijeron en el pub, y no puedes negar que tengo una plataforma considerable en internet.
—No sé qué diferencia podrías marcar tú.
—Yo tampoco. Todavía.
No le he dicho nada a Eamon, pero algo me ronda la cabeza desde que hemos llegado esta mañana al cordón policial. Quizá debería haber empezado a rondarme ayer por la tarde, cuando Chloe me enseñó las capturas de algunos de sus mensajes, pero no até cabos hasta que fue demasiado tarde.
—Si a esa mujer la conociste ayer por primera vez. —No suelta el hueso.
—Sí, pero durante el último año hemos llegado a conocernos bien por internet.
—Estos son Leanne y su marido, Eamon. —A Sue le tiembla la voz por el llanto mientras suelta a la mujer que acaba de unirse a nuestro grupo y señala hacia donde estamos nosotros, plantados como almas en pena en la escalinata—.
Esta es mi nuera, Elsie, y mi hijo, Matt.
—Señala a su hijo. Él no da señales de habernos visto siquiera.
Ni siquiera nos mira. La verdad, parece demasiado ausente como para haber oído una sola palabra de lo que acaba de decir su madre.
—Chloe te quería muchísimo, Leanne. —Elsie se acerca a mí con lágrimas resbalándole por la cara—. Gracias por quedarte hoy.
—No podríamos estar en otro sitio. —Busco la mirada de Eamon e intento transmitirle un te lo dije con la mía. Como mínimo, podemos encargarnos de lo práctico para la familia de Chloe. Asegurarnos de que tengan dónde alojarse, algo que comer y transporte cuando lo necesiten.
—Entremos, ¿os parece? —Matt por fin me mira a los ojos. La frialdad de su mirada podría significar que me culpa o que, como Eamon, también cree que nuestra presencia es una intrusión en el dolor de su familia.
—Escucharemos lo que tenga que decir la policía. —Me quedo rezagada para hablar con mi marido—. Acompañaremos a la familia de vuelta al hotel. Y luego los dejaremos tranquilos.
Eamon asiente, y noto en sus hombros caídos que ya ha tenido más que suficiente por hoy. Pero al menos él volverá a despertar mañana para un nuevo día. Y al día siguiente. Regresaremos a nuestra casa en los Cotswolds. A nuestras vidas.
No como la pobre Chloe.
—Gracias a todos por venir —empieza el inspector jefe Townsley mientras se saca las gafas del bolsillo de la camisa, que veo que es del mismo verde pálido que las paredes—. Y permítanme empezar dándoles mi más sentido pésame por su terrible pérdida.
Se oye un arrastrar de pies mientras se murmuran agradecimientos, aunque probablemente todos estén pensando: ¿de qué van a servir sus condolencias?
—Tomen asiento, por favor. —Señala las sillas alrededor de la mesa y él mismo se sienta en el extremo más alejado. Luego abre una carpeta manila.
—Estos son mi hijo y mi nuera. —Barry señala a Matt y a Elsie mientras se sientan, y el inspector jefe asiente en señal de reconocimiento.
Entrelaza las manos sobre la carpeta y recorre la mesa con la mirada.
—Voy a decirles algo de naturaleza bastante delicada sobre la muerte de su hija y hermana.
Pero antes de continuar, ¿pueden confirmarme que no tienen inconveniente en que las personas presentes en la sala que no son familiares directos conozcan nuestras conclusiones preliminares?
Me arden las mejillas cuando todas las miradas se vuelven hacia Eamon y hacia mí. En parte, sí que me siento como una especie de mirona, pero eso no va a cambiar lo que siento. Necesito oír lo que el inspector jefe tiene que decir.
—No hay problema —afirma Sue, sacando un pañuelo limpio del bolso.
Los demás permanecen en silencio mientras todas las miradas vuelven al inspector jefe. A juzgar por ese silencio, no parece haber ninguna objeción a que sigamos presentes.
—En ese caso, continuaré. —El inspector jefe se aclara la garganta y su rostro adopta una expresión más grave—. El forense ha encontrado algunas lesiones que no son compatibles con una muerte por asfixia por atragantamiento estando intoxicada —empieza.
Eamon parece quedarse petrificado a mi lado cuando el inspector jefe recalca la palabra lesiones . Ahora sí que le interesa.
—¿Lesiones? —La voz de Elsie sale en un chillido.
—Hemos encontrado indicios de asfixia: algunos vasos sanguíneos rotos alrededor de los ojos y la boca, además de transferencia de fibras de la almohada al pelo. Son conclusiones preliminares, y nuestro forense va a profundizar en estos hallazgos.
Matt se yergue en su asiento. Yo esperaría más emoción por su parte —rabia, dolor—, pero quizá simplemente esté aturdido.
—Un momento, ¿está diciendo que alguien pudo apretarle una almohada contra la cara a mi niña? —Sue busca a tientas la mano de Elsie, y sus dedos se entrelazan—. Pero ¿quién haría algo así? Todo el mundo quería a Chloe. Díselo tú, Leanne. Vosotras dos erais amigas.
—Estaba recibiendo unos mensajes muy desagradables —digo.
—¿Te refieres al mensaje que le mandó ese escritor? —Su padre parece desconcertado—. Me lo enseñó el otro fin de semana. Era cortante y prepotente, pero no era especialmente desagradable.
—¿Qué escritor? —El bolígrafo del inspector jefe queda suspendido sobre la libreta.
—Un escritor de thrillers —responde Elsie—. No creo que llegara a decirme su nombre, pero le mandó un mensaje como si ella tuviera la obligación de mantenerlo.
—¿Podría averiguarlo?
—A mí nunca me lo mencionó —digo—. Puede que no quisiera parecer poco profesional dando nombres de otros autores.
—Yo estaba con ella cuando le llegó el segundo mensaje de aquel día, y la animé a mandarle una respuesta bastante borde. —A Elsie se le quiebra la voz por la emoción—. Dios, ojalá pudiera volver atrás.
Algo que llevo repitiéndome una y otra vez durante las últimas horas.
—Los mensajes que yo conozco eran crueles —digo—. Eran lo bastante graves como para que Chloe tuviera que denunciarlos en la plataforma.
—¿Qué plataforma? —El inspector jefe me mira.
—Instagram.
—Yo estaba en su casa cuando le llegó uno de esos mensajes tan desagradables —dice Elsie—. Le dije que tenía que denunciarlo a la policía.
—¿Por qué no nos lo contaste? —Barry se encara con su nuera—. Podríamos haber hecho algo, de haberlo sabido.
—Porque me suplicó que no os lo dijera. Solo os habríais preocupado.
—Claro que se habrían preocupado. —La voz de Matt está cargada de rabia—. Pero hiciste lo de siempre, ¿verdad? Jugar a ser Dios.
—Lo siento. —A Elsie se le desencaja la cara, y sospecho que no seré la única que se culpe a sí misma en los próximos días y semanas, mientras todos intentamos asimilar la muerte de Chloe.
—¿Qué tipo de mensajes eran? —El inspector jefe Townsley mira a Elsie, y la calma de su voz es un bálsamo para la rabia que crepita en el ambiente.
—Hacían comentarios crueles sobre su aspecto. —Elsie acepta un pañuelo que le ofrece su suegra y se suena la nariz—. Quienquiera que fuese la llamaba narcisista; cosas así, muy desagradables. ¿Cree que los mensajes podrían estar relacionados con lo que le ha pasado?
—Claro que podrían. —Barry se pone de pie de un salto y empieza a pasear por la habitación—. ¿Por qué coño no acudió a mí? Yo habría ido a por el cabrón.
—Nunca la habría dejado venir a Londres si hubiera sabido que la cosa era lo bastante grave como para meter a la policía por medio. —Sue deja caer la cabeza entre las manos.
—Recibía mensajes de varios hombres distintos. —Hablo con un hilo de voz cuando todos se giran hacia mí. Seguramente me culparán a mí también, además de a la pobre Elsie—. Vi un par en sus publicaciones y, por supuesto, se lo dije.
—¿Y qué hizo ella? —El inspector jefe va garabateando todo lo que decimos en su libreta.
—No paraba de bloquear a los remitentes y denunciarlos en Instagram; yo misma denuncié a varios en su nombre, pero ya sabe cómo son las redes sociales. Esas denuncias seguramente nunca llegaron a una persona de carne y hueso.
—Pues aquí tienen que rodar cabezas. —Barry está casi gritando.
—Me habló de los mensajes y los comentarios —digo—. Pero me dijo que no iba a permitir que le afectaran. No alimentes a los trolls se convirtió en su lema.
—¿Así que los mensajes se enviaban desde más de una cuenta? ¿Y todos por Instagram?
—Así es —respondo—. A lo largo de los años a mí me ha tocado tragarme mi buena dosis de comentarios desagradables en mis publicaciones.
Suele ser gente que tiene envidia. —Meto la mano en el bolso para sacar la botella de agua.
El brandy que bebí en el pub me ha dejado deshidratada—.
A Chloe le iba bien, y esa es probablemente una de las razones principales por las que la tomaron con ella.
—¿Eran comentarios en la misma publicación o en muchas distintas? —El inspector jefe Townsley levanta la vista de sus notas.
—En muchas distintas.
—¿Siguen visibles los comentarios?
Niego con la cabeza. —Cuando bloqueas a alguien, los comentarios desaparecen automáticamente de la publicación.
—Aun así habrá alguna forma de recuperarlos. —El inspector jefe parece pensativo.
—Pero sí que he notado un patrón, tanto en mi caso como en el de Chloe y en el de muchas otras creadoras de contenido.
—Continúe.
—Lo de soltar bilis funciona casi como un club. En cuanto una cuenta suelta cierto tipo de comentario, es como una luz verde para otras de la misma calaña. Y, en un abrir y cerrar de ojos, salen todas de debajo de las piedras.
—También me dijo que tenía por norma no responder nunca. —Elsie se suena la nariz—. Pero algunas de las cosas que decían le hacían daño. Había insultos muy personales.
—Lo sé —respondo—. Y deberíamos haber hecho mucho más. —Me señalo a mí misma—. Yo debería haber hecho mucho más.
—Podemos quedarnos aquí sentados debatiendo quién debería haber dicho o hecho tal o cual cosa —brama Barry—. O podemos dejar que el inspector siga con lo que tiene que hacer, que es salir ahí fuera y atrapar a quienquiera que le haya hecho esto a mi hija.
El inspector asiente. —Mi equipo ya está trabajando entre bastidores, no se preocupen, y nuestro siguiente paso será contactar con la plataforma —dice—.
También tenemos que hacerlo público cuanto antes.
Mientras la gente todavía pueda acordarse de haber visto algo, ya sea en internet o quizá en los alrededores del hotel.
—Cuando dice hacerlo público, ¿se refiere a salir en las noticias?
Yo habría dicho que era demasiado pronto.
Seguro que pueden localizar las direcciones IP de todos los que la han estado troleando y detenerlos.
Seguro que hacerlo público pondrá sobre aviso a quien la haya matado y le dará tiempo para desaparecer.
Pero ¿quién soy yo para decirle a un inspector jefe cómo hacer su trabajo?
—Los trolls de este tipo rara vez se centran en una sola víctima —dice el inspector jefe—.
He consultado con nuestro departamento de prensa, y es una medida poco habitual en una fase tan temprana de la investigación de un posible asesinato; pero llevar lo ocurrido a los medios puede animar a otras personas que hayan recibido este tipo de mensajes a dar un paso al frente.
—Hice algunas capturas de pantalla de lo que he visto. —Levanto el móvil.
—Vamos a necesitar que nos las reenvíe todas de inmediato.
—¿Y el móvil de Chloe? —pregunta Eamon. Es la primera vez que habla desde que entramos en esta sala, pero la pregunta es más que razonable.
—Ahora mismo lo tiene nuestro departamento informático; no se preocupe, si hay algo que encontrar, lo encontrarán, aunque sea algo que ella haya borrado. —Pulsa el bolígrafo y se lo guarda en el bolsillo de la camisa. Eamon no responde a las palabras del inspector jefe.
—¿Y ahora qué? —La voz de Sue apenas se oye. Probablemente no tenga ni idea de qué hacer cuando salga de esta sala.
—La policía científica sigue examinando la habitación del hotel. Así que pueden estar tranquilos: si hay el menor resto de lo que sea , un pelo, fibras de ropa, restos de piel, créanme, lo encontrarán. Atraparemos a quienquiera que le haya hecho esto a su hija.
—Pero ¿qué se supone que debemos hacer mientras tanto? —Sue se retuerce las manos sobre el regazo—. No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada.
—Quienquiera que haya elegido a su hija como blanco muy probablemente va a por otras mujeres —responde el inspector jefe—. Su familia puede ayudar corriendo la voz y encontrándolas.