Capítulo 24
LEANNE
—Si son tan amables, tomen asiento —dice la recepcionista, que se ha presentado como Polly, mientras nos conduce a una zona desierta del bar, lejos de todo el alboroto y de los demás huéspedes del hotel, que, como es lógico, intentan averiguar qué está pasando—.
Esta es una de las salas de eventos que hoy no está reservada, así que aquí nadie debería molestarles.
Seguimos a Polly por la moqueta de estampado llamativo hasta un rincón. Debe de ser una sala alegre, de fiestas de cumpleaños y bodas. Pero parece que estamos a punto de mancharla con otra cosa. Y a juzgar por el mal presentimiento que me revuelve las tripas, podría ser algo terrible.
Ya casi doy por hecho que algo debe de haberle pasado a Chloe. Todavía no sé el qué, pero a Eamon y a mí nos han traído aquí para esperar a que alguien hable con nosotros. No harían esto si no tuvieran alguna noticia grave que darnos.
—¿Les traigo algo de beber? ¿Un té? —pregunta. La joven parece incómoda, como si le quedara grande la situación. Y ahí está otra señal de alarma: lo del té.
Niego con la cabeza. —Solo quiero saber qué le pasa a mi amiga.
—Les aseguro que no les haremos esperar más de lo necesario.
—¿Estás bien? —pregunta Eamon, arrastrando la silla más cerca de la mía. Le han trastocado el día entero, pero ya no se queja. Al contrario, parece tan preocupado como yo por lo que pueda venir ahora. Me alivia encontrarme con su preocupación y no con la regañina de siempre.
—Solo quiero que nos saquen de esta agonía —respondo—. Sea lo que sea lo que haya pasado.
—Esto no pinta bien.
—Lo sé. —Me quedo mirando el estampado de la moqueta.
Seguimos sentados en silencio mientras los minutos se alargan. No solemos estar tan callados el uno con el otro, pero no parece que quede mucho que decir. No mientras seguimos atrapados en este limbo.
Se me corta la respiración cuando entran dos policías, los dos hombres. —Ya está —murmura Eamon.
Sus expresiones graves lo dicen todo mientras se suben un poco los pantalones y se sientan frente a nosotros, al otro lado de la mesa. No hay manera de que vayan a decirnos nada bueno.
—Soy el inspector jefe Philip Townsley, el responsable de la investigación de este caso, y este es mi compañero, el sargento Paul Knowles.
—Cuando dice este caso , ¿a qué se refiere exactamente?
Mi marido me ha quitado las palabras de la boca. Chloe se ha convertido en un «caso».
—Hace unas horas —el inspector jefe me mira a mí, luego a Eamon, y de nuevo a mí, con el rostro muy serio—, un miembro del personal dio la voz de alarma por una de las habitaciones del hotel.
Cierro los ojos. Sé lo que viene. Pero eso no hace que sea más fácil escucharlo.
—Habían encontrado un cadáver —continúa, recalcando la palabra «cadáver».
Un cadáver. Esas dos palabras, ellas solas, bastan para marearme.
—¿Está diciendo que el cadáver podría ser el de Chloe? —Como tantas veces, Eamon pronuncia las palabras que yo no soporto decir.
El tiempo parece detenerse mientras esperamos la respuesta del inspector. Y yo, todo ese rato, gritando por dentro: ¡no, no, no, no, no!
No puede ser Chloe. Era demasiado joven y estaba demasiado llena de vida para estar muerta ahora. No hay manera de que sea Chloe. Todo le iba tan bien en su carrera, y tenía todos los motivos para vivir.
El inspector jefe por fin asiente despacio en respuesta a la pregunta de mi marido.
—Lamentablemente, todo apunta a que sí. El cadáver era el de una mujer y se encontró en la habitación asignada a Chloe Taylor.
Los primeros indicios, incluida la presencia de sus pertenencias personales, sugieren que, en efecto, Chloe Taylor ha fallecido.
Sin embargo, antes de poder confirmarlo con certeza, tendrá que ser identificada formalmente.
Los ojos me arden por las lágrimas mientras sigo clavada en el sitio. Sencillamente no puedo asimilarlo. ¿Chloe está muerta?
—¿Cómo ocurrió? —Mi voz suena inexpresiva. ¿Qué más da saberlo? No es que vaya a devolverle la vida.
—Parece que podría haberse ahogado con su propio vómito. El informe toxicológico mostrará su nivel de alcohol en sangre.
Trago saliva porque a mí también me sube una arcada. Menos mal que no he desayunado mucho. Estoy tan revuelta que lo poco que he tomado podría volver a salir en cualquier momento.
—Nunca debí dejar que volviera aquí sola. —Me balanceo hacia delante en la silla y hundo la cabeza entre las manos—. Vi lo mucho que había bebido. Todo esto es culpa mía.
—Claro que no lo es. —Eamon se pone de pie de un salto y me apoya la mano en el hombro—. ¿Cómo ibas a saber que podía pasar esto? Como te dije antes, era una mujer adulta.
Era. Dios mío. Como si ya estuviéramos hablando de Chloe en pasado.
Me quito de encima la mano de Eamon. No quiero tenerlo cerca.
A él ni a nadie, la verdad. Qué desperdicio tan absoluto de una vida increíble.
Y aquí, completamente sola en Londres, cuando yo tendría que haber estado más pendiente y haberme asegurado de que estaba a salvo.
Eamon podrá decirme que no me eche la culpa, pero ya sé que nunca podré dejar de hacerlo.
—Habrá una autopsia, por supuesto, para confirmar la causa de la muerte —continúa el inspector jefe.
—Que incluirá un informe toxicológico —añade el sargento—. Así que sabremos más sobre las circunstancias exactas una vez que tengamos esos resultados.
—¿Dónde está su cuerpo? —Las lágrimas se me han soltado por fin, y ya me pregunto si dejarán de brotar alguna vez.
No puedo creer que esté muerta. Levanto la vista hacia el reloj.
A esta hora de ayer, estábamos a punto de empezar la entrevista en Waterstones.
Fue un día tan emocionante, y yo estaba tan feliz de tenerla como parte fundamental de los dos eventos.
Los lectores tenían tantas ganas de conocerla a ella como a mí. Nada de esto tiene ningún sentido.
Siento el peso del brazo de Eamon rodeándome la nuca hasta apoyarse en mi otro hombro. Está empeñado en tratar de consolarme, cuando en realidad, ¿qué consuelo puede haber?
El inspector jefe hace un gesto impreciso hacia allí. —Enseguida la trasladarán en ambulancia privada al hospital más cercano, mientras el equipo forense hace un registro exhaustivo de su habitación.
—¿Se refiere a los de la científica?
El inspector jefe parece desconcertado ante la naturalidad con que me sale lo de «los de la científica».
—Mi mujer escribe thrillers psicológicos —explica Eamon mientras afloja el agarre sobre mi hombro—. Seguramente sabe más sobre escenas del crimen que ustedes dos juntos.
No es el momento para que mi marido haga bromas de ningún tipo, pero decido dejarlo pasar.
—De momento, estamos tratando lo ocurrido como una muerte no esclarecida mientras la investigación sigue en curso. Obviamente, esto podría cambiar o no una vez que empiecen a llegar todos los resultados del laboratorio.
—¿Y su familia? —Una nueva oleada de desdicha me invade.
No llegué a conocer a ninguno de ellos, pero ayer mencionó que están muy unidos.
Entonces se me ocurre otra cosa: si le hubiera dejado a su cuñada asistir a la presentación de anoche, en vez de empeñarme en que no había sitio suficiente, Chloe habría tenido a alguien que cuidara de ella.
Alguien que se asegurara de que estaba a salvo.
Todo esto sí que es culpa mía.
—Unos compañeros nuestros en Yorkshire le están dando la noticia a su familia —responde el sargento Knowles—. Después imagino que saldrán hacia Londres para hacer la identificación formal.
—Pobre, pobre Chloe. —Cierro los ojos—. Y su pobre familia.
Les pediré perdón por no haber podido invitar a su cuñada anoche. Les pediré perdón por haberla dejado completamente sola, aun sabiendo lo mucho que había bebido. Pero ¿me perdonarán?
Probablemente no.