Capítulo 22
LEANNE
Al desperezarme en la cama con dosel, entre sábanas de algodón y cortinajes lujosos, tardo un momento en ubicar dónde he dormido. Entonces lo recuerdo y sonrío.
La adaptación cinematográfica de mi libro se estrena al público dentro de solo dos días, después de triunfar anoche en su primer pase. Mientras tanto, me alojo en uno de los mejores hoteles de Londres.
—Buenos días, borrachina. —Mi marido se vuelve desde la cafetera—. ¿Cómo va esa cabeza?
—Me duele. Pero la verdad es que sigo en una nube después de conocer a tantos de mis lectores.
—Espero que no dejes que todo este éxito se te suba a la cabeza. —Remueve los dos cafés, y noto que no lo dice del todo en broma.
—Seguro que tú me bajarías los humos enseguida. ¿Y cómo va tu cabeza esta mañana? —Meto la mano en el bolso buscando la aspirina que espero haber metido—. ¿Y a qué hora subiste? En el ascensor alguien me dijo que estabas en el bar del hotel, pero no te oí entrar. Debiste de entrar sin hacer ruido.
—Seguramente estabas en coma etílico a base de champán. —Me pasa un café que me hace muchísima falta—. Aunque no tanto como tu amiga .
No entiendo por qué pone ese énfasis sarcástico en la palabra.
—¿Chloe, dices? —Saco los analgésicos del blíster mientras me viene a la mente la imagen de Chloe.
Anoche estaba espectacular con su vestido y sus sandalias brillantes, pero se la veía muy angustiada. Ojalá se hubiera visto capaz de hablar.
—Iba bastante pedo. —Eamon se sienta en el borde de la cama. Me cuesta saber de qué humor está esta mañana. Puede que no tan bueno como anoche, cuando corría el champán, pero desde luego mucho mejor que el mal humor arisco de las últimas semanas.
—Al menos sé que estaba a salvo en la recepción de su hotel —respondo, cogiendo el móvil, agradecida de que el conductor que nos habían asignado durante la estancia en Londres no pusiera demasiadas pegas al trayecto extra.
Como en todo, el dinero siempre habla, aunque la cosa acabó saliendo por un pastón cuando vio en qué estado iba Chloe.
No puedo reprocharle que quisiera lo que él llamó un seguro contra una posible factura de limpieza. Es una pena no haber podido alojarla en el mismo hotel que Eamon y yo, pero cuando intenté añadirla a la reserva que había hecho mi agencia, ya no quedaban habitaciones.
—¿Vas a arreglarte de una vez?
—¿Qué prisa hay?
Eamon se da unas palmadas en la barriga. —Me muero de hambre.
Saco las piernas de la cama. —Déjame darme una ducha rápida.
—A mí me echarías una buena bronca si estuviera con el móvil en la mesa del desayuno. —Eamon frunce el ceño—. Siempre estás diciendo lo mucho que odias ver a la gente que queda y está más pendiente del móvil que de hablar.
—No es eso. —Me paso los dedos por el pelo, todavía mojado de la ducha—. Solo estoy mirando un momento el Instagram de Chloe.
—Leanne, estamos en este hotel increíble , por usar tu propia palabra, disfrutando de uno de esos raros ratos sin las niñas. ¿No puedes soltarlo ni por una vez?
Echo un vistazo al lugar donde estamos sentados. Con el enorme árbol en el centro del comedor y las vistas al spa, la verdad es que es increíble.
—Lo dejo en un segundo; es solo que Chloe suele publicar a primera hora de la mañana para pillar a los lectores de Estados Unidos que están despiertos de madrugada.
—¿Y? —Eamon parece molesto, pero la única forma que tiene de impedírmelo es quitarme el móvil de las manos por la fuerza. Y eso no lo va a hacer en público.
—Y esta mañana aún no ha publicado nada.
—¿Grabó algo anoche siquiera? —Eamon frunce el ceño—. Estaba con nosotros en cuerpo, pero quién sabe dónde tenía la cabeza.
—Creo que no.
Que es otra cosa que me preocupa. Las estrellas de la película se mezclaban con la prensa y los lectores, y Chloe se perdió muchísimas ocasiones estupendas para hacer fotos. Sea lo que sea lo que la tiene así, tiene que ser algo bastante gordo, y no pararé hasta llegar al fondo del asunto.
—Solo voy a escribirle un mensajito rápido.
—¿Por qué no te comes el desayuno? —Eamon me acerca el plato de un empujoncito—. Ya tendrás tiempo de sobra para mirar las redes y los mensajes cuando volvamos a casa.
—Un minuto nada más. Lo siento.
Eamon suspira con fuerza mientras releo el mensaje que le mandé a Chloe hace más o menos una hora, nada más despertarme.
Hola, Chloe, ¿cómo te encuentras esta mañana? Dijiste que hoy me contarías lo que te tenía preocupada, así que solo quiero avisarte de que ya estoy despierta y en pie. ¡Llámame! x
Tecleo rápidamente otro mensaje.
Soy yo otra vez, perdona la pesadez. Solo quiero saber que estás bien. Si no te apetece hablar, mándame un mensajito rápido para que deje de preocuparme. x
Me toca suspirar a mí mientras dejo el móvil al lado del plato. —Normalmente contesta enseguida, Eamon. Solo espero que esté bien.
—Estará durmiendo la mona. —Eamon unta una tostada con mantequilla y la deja en mi plato.
Cuando se lo propone, puede ser todo un caballero.
Cuando me unta la tostada antes que la suya y me sirve el té antes que a él, ojalá fuera así todo el tiempo—.
Con lo que llevaba encima, no me imagino que dé señales de vida antes del mediodía.
—¿De qué estabais hablando anoche vosotros dos?
—¿Cuándo? —Frunce el ceño.
—En el vestíbulo. ¿Cuando yo estaba haciéndome selfis?
—De nada en particular.
—No parecía nada en particular.
—Vale, si tanto quieres saberlo, le estaba insistiendo en que hiciera lo que se suponía que tenía que hacer y grabara algo más de material.
—Eso no es algo que normalmente te interese.
—No todas las noches se estrena tu primera película. En fin, voy a por más beicon. ¿Quieres?
—No, para mí no. Una tostada y algo de fruta me bastan esta mañana. No puedo comer demasiado antes de patearme Londres.
Eamon cruza el comedor en dirección al bufé.
En cuanto me da la espalda, cojo el móvil.
No puedo relajarme y disfrutar del desayuno hasta saber que Chloe está bien.
Seguro que Eamon me echará la bronca por intentar llamarla, pero tengo un mal presentimiento en la boca del estómago, un presentimiento que no puedo ignorar.
Algo no va bien.
No contesta. Así que lo intento otra vez. Y otra. Puede que sea tan pesada como los acosadores y maníacos de los que escribo, pero no puedo evitarlo. No es posible que Chloe esté tan fuera de combate como para no oír sonar el móvil. Son más de las diez.
Le dejo un mensaje de voz y luego le mando otro mensaje de texto. Ojalá más tarde estemos riéndonos de todo esto.
¡Chloe, soy yo otra vez, tu acosadora! Llámame, por favor. Me estoy empezando a preocupar.
Eamon me lanza una de sus miradas mientras se acerca a la mesa con su plato de beicon y huevos del bufé y vuelve a sentarse. Normalmente me encanta el beicon, pero esta mañana el olor me revuelve el estómago.
—Chloe no contesta —le digo—. Creo que debería llamar a su hotel.
Niega con la cabeza, pero no dice nada. Al fin y al cabo, sabe que no vale la pena intentar disuadirme una vez que he tomado una decisión.
Busco en Google el nombre de su hotel y pulso para llamar al número que me sale.
—Buenos días, The Parkway Hotel. ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Puede pasarme con la habitación de Chloe Taylor, por favor?
—¿Está alojada con nosotros?
—Sí. No sé el número de habitación, pero seguro que pasó ahí la noche.
—¿Me puede decir quién llama?
—Me llamo Leanne Delaney.
Casi espero que haga algún comentario, que diga algo como «¿ la Leanne Delaney?
», pero quizá no sea lectora. Ni de cine.
En cambio, la línea se queda en silencio mientras espero a que me pasen con esa voz cálida de la mujer a la que he llegado a considerar una amiga, aunque ayer fue la primera vez que nos vimos en persona.
—Me están pasando con su habitación —le digo a Eamon.
—No entiendo por qué no puedes dejarlo estar —responde—. ¿Por qué todo tiene que ser más importante que pasar un rato juntos?
El silencio en la línea continúa. Luego, en vez de pasarme con Chloe, unos instantes después vuelvo a oír la voz eficiente de la recepcionista.
—Lo siento, señora Delaney, no contestan en la habitación de la señora Taylor. ¿No podría llamarla al móvil?
—No me ha contestado y, la verdad, empiezo a preocuparme.
—¿Puede contarme algo más? —Noto preocupación en la voz de la recepcionista, y eso me tranquiliza: parece que no me va a dar largas sin más.
—Chloe estaba muy afectada anoche y nadie ha sabido nada de ella desde entonces. Es rarísimo, porque normalmente se levanta y se pone en marcha temprano.
—¿Quiere que siga intentándolo hasta que consiga hacerle llegar un recado a su habitación?
—¿Le importaría echar un vistazo en la sala de desayunos? A lo mejor por eso no coge el teléfono.
Eamon pone los ojos en blanco, y ahora me toca a mí fruncir el ceño. Es un lobo solitario, mi marido, y quizá si dejara entrar a más amigos en su vida, entendería por qué los míos son tan importantes.
—¿Es usted familiar suya? —La mujer suena de repente insegura.
—No, solo soy una amiga. Lo único que necesito es que la vea y le pase un mensaje. Solo necesito saber que está bien.
—De acuerdo, si me deja su número, lo consultaré con el personal del comedor por si alguien la ha visto, y la llamaré en cuanto tenga respuesta.
—Le agradezco la ayuda.
—Hola, ¿es usted la amiga de Chloe Taylor? —Por el tono de resignación en la voz de la recepcionista, ya me doy cuenta de que no trae buenas noticias.
—Sí, soy yo. —Me quito los zapatos de una patada y me tiro de espaldas sobre la cama. Eamon y yo hemos acordado descansar media hora mientras reposamos el desayuno, y luego saldremos a hacer turismo. De momento, tenemos en la lista el London Eye, un crucero por el Támesis y la National Gallery.
—La señora Taylor no ha bajado a desayunar esta mañana. —Su tono es de disculpa—. Y he mandado a una de las camareras de piso a llamar a su puerta, pero hay un cartel de «No molestar» colgado en el pomo.
—¿Sabe a qué hora tiene que dejar la habitación? —Me arrepiento enseguida de la pregunta, porque estoy empezando a parecer una acosadora.
—Antes de las doce.
—¿Podría avisarme cuando se acerque al mostrador?
—Puedo decirle que se ha puesto usted en contacto. Pero eso es todo lo que puedo hacer.
—¿Y si no deja la habitación a tiempo? Anoche bebió bastante. —Seguramente estoy hablando de más, pero siento que tengo que asegurarme de que Chloe reciba mi mensaje.
—Las camareras de piso entrarán en su habitación con la llave, conteste o no a la puerta, antes de las doce. Tienen que dejarla lista para los siguientes huéspedes.
Miro el reloj. Solo me queda esperar algo más de una hora y, para entonces, ya debería tener la confirmación de que no pasa nada raro.
Solo entonces podré dejar de preocuparme y seguir con el día.