El Troll Capítulo 21
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Capítulo 21

EL TROLL

Está muerta. Hubo un instante en que quedó suspendida entre la vida y la muerte, en que sus ojos me miraron fijamente a través de la oscuridad. Hubo un destello de reconocimiento y luego… nada.

Nada salvo el hedor a vómito por debajo de la almohada cuando se la aparté de la cara, y sus piernas abiertas tras revolverse en una lucha que jamás podría ganar.

Nunca olvidaré el momento en que su cuerpo dejó de moverse, el momento en que comprendí que había ganado. Nunca he sentido semejante poder.

Me aparto tambaleándome de su cadáver, que sigue con la mirada clavada, con la mano apretada contra la boca mientras asimilo mi nueva realidad.

Acabo de matar a alguien.

Sin dejar de mirarla, por fin se me va calmando la respiración. Vuelvo de golpe al presente cuando una puerta se cierra con estruendo en el pasillo y una risa resuena a lo lejos.

¿Habrá oído alguien lo que estaba pasando en esta habitación?

La almohada ahogó los gritos que intentaba dar, y mis jadeos por el esfuerzo bien podrían haber sonado a sexo desde el otro lado de la puerta.

Hasta que se presentó la oportunidad hace diez minutos, no sé si creía tener dentro de mí la capacidad de matarla.

Sí, odiaba a esa mujer con cada fibra de mi ser, y desde luego quería hacerle daño de algún modo, pero matarla a sangre fría, o mejor dicho, a bilis caliente…

Bueno, me va a costar recuperarme de esto.

¿Notarán algo distinto quienes me conocen? ¿Gritaré de pronto su nombre en sueños? ¿Se me leerá la culpa en la cara?

Desde el principio de los tiempos hay gente que ha matado a otra gente y ha seguido con su vida, así que ¿por qué yo no? Algunos han vuelto a matar; para otros fue algo puntual. ¿Y para mí? Quién sabe.

Me dejo caer en la silla frente al espejo y me escudriño la cara en la oscuridad. La luz tenue de la luna menguante me deja ver mi reflejo. Pero en este momento no sé si quiero mirar.

También veo la figura de mi víctima despatarrada en la oscuridad, detrás de mí. Y ya no lo soporto. Cruzo la habitación a trompicones hasta el armario y tanteo el estante superior hasta que mi mano da con la frescura de una sábana de algodón doblada.

Maldigo cuando un montón de almohadas y mantas me cae encima de la cabeza, pero al menos tengo la sábana para tapar la prueba de mi obra.

La sacudo y la extiendo sobre ella como quien arropa a un niño enfermo.

Podría ir un paso más allá y remeterle las sábanas, pero eso sí que sería pasarme de la raya.

Luego voy a trompicones por la moqueta hasta la puerta, arranco el cartel de «No molestar» del pomo y abro despacio, con cuidado de no dejarme ver.

Al fin y al cabo, sería un desastre que una cámara me grabara después de haber llegado hasta aquí.

Así que abro la puerta lo justo para colgar el cartel por fuera del pomo.

No había cámaras sobre los patios privados de la parte trasera del edificio, así que quizá, solo quizá, salga impune de lo que he hecho. Sobre todo si consigo que lo que ha pasado aquí dentro parezca un accidente.

Solo una mujer borracha que se ha ahogado con su propio vómito mientras dormía.