Capítulo 19
TARA
Mirar las fotos de Facebook de una de las mujeres con las que mi marido ha estado tonteando es como abrir una herida y echarle sal.
Y aun así, no puedo evitarlo.
No he visto a Franky desde esta mañana y, mientras estoy sentada en este banco bajo la luz mortecina del atardecer, puedo decir con toda sinceridad que no quiero verlo.
Ni aunque me contara que la reunión con ese productor de audiolibros ha ido de maravilla…
si es que la reunión existe siquiera; sospecho que sería todo mentira.
Me ajusto más el cárdigan y tirito. Ahora que estamos en septiembre, los días aún son cálidos, pero las tardes ya refrescan.
Antes me encantaba esta época del año, pero últimamente no queda gran cosa que amar en mi vida.
Hasta mis hijas, que antes me daban tanto sentido, me dejan una sensación de vacío.
No hacen más que pedir, pedir y pedir. Pero no quieren estar conmigo, con su madre; solo soy la que siempre les dice que no a todo.
Nadie me ha llamado siquiera para saber por qué llego tarde a casa.
Eso no le pasa a Antonia Steeton, la mujer cuya cara descubrí en la pantalla del ordenador de mi marido la semana pasada.
En su foto de portada tiene a dos niños pequeños riéndose colgados de su cuello y, según voy bajando, veo que, aunque se ha divorciado hace poco, no parece ni de lejos tan sola como yo.
Todo lo que publica, desde las fotos de su perro hasta las muestras de los peinados que hace, tiene un montón de «me gusta» y comentarios. Está claro que se le da de maravilla lo suyo y que también se le da de maravilla, por lo visto, captar la atención de mi marido.
Una búsqueda rápida en Google de Antonia, treinta y cinco años, de Harrogate, me da su perfil de Facebook como cuarto resultado. Ha usado la misma foto de perfil que en la app de citas, lo que la hace todavía más fácil de encontrar.
Su perfil está abierto a todo el mundo, así que imagino que Franky también lo habrá cotilleado.
Pero, cuando reviso sus «me gusta» buscando su nombre y luego tecleo «Franky Newsome» en su lista de amigos, no sale nada.
No hay ni rastro de que él interactúe con ella en Facebook, aunque supongo que tampoco lo habría.
Una cosa es que se escriban dentro de los límites de una app de citas, y otra muy distinta sacar su rollo a la vista de un mundo donde cualquiera podría presenciar su traición.
Como yo.
Vuelvo a la barra de búsqueda y escribo «Kaylene Marshall, York». A ver si está interactuando descaradamente con esta otra a la vista de todos. Su nombre completo sigue grabado en mi memoria desde hace años, desde que oí a alguien en nuestra boda mencionar algo que recordaba de ella.
La busqué entonces, igual que hago ahora, y, para mi horror, veo que apenas ha envejecido, no como yo.
Con su preciosa melena castaña rojiza y brillante y esos morritos para la cámara, hace que yo parezca Quasimodo a su lado.
Sobre todo hoy. Mi pelo castaño apagado y ahora corto, metido detrás de las orejas, y mi cara de amargada son quizá todas las excusas que necesita mi marido para mirar hacia otra parte.
Al pinchar en el enlace de su página de Instagram, veo que ahora se llama Kaylene Marshall-Wicks y que ha bautizado su página como Geriatric Twin Mum («Madre Geriátrica de Gemelos»).
Recuerdo haber oído que tiene la misma edad que Franky, lo cual difícilmente es geriátrico a los treinta y nueve.
Las fotos ancladas arriba en su perfil son de ella luciendo tripa de embarazada, primero con un pichi vaquero, luego con un peto y después con un mono elegante.
Yo nunca estuve ni de lejos tan estupenda cuando esperaba a mis dos niñas.
Voy retrocediendo y observo cómo su barriga se va haciendo cada vez más pequeña hasta que al final llego a una foto de ecografía con miles de «me gusta» y cientos de mensajes de enhorabuena de cuando anunció su embarazo por primera vez.
Está claro que es tan popular como la otra mujer en la vida de Franky, Antonia.
Busco desesperadamente entre los comentarios alguna mención a su marido. Seguro que en los mensajes debajo de la foto de la ecografía lo nombran en algún sitio. Al fin y al cabo, la mitad de las felicitaciones deberían ser para él. Pero no hay nada.
Solo un escalofrío que me recorre entera cuando se me ocurre una idea espantosa.
¿Y si el padre del bebé de Kaylene no aparece en fotos ni se lo menciona porque hay que mantener su identidad en secreto? ¿Y si ya está casado y ya tiene dos hijas?
¿Y si el padre de su bebé no es otro que mi propio marido?