El Troll Capítulo 17
35%

Capítulo 17

CHLOE

—Lo siento, he probado con todas las compañías de taxis que conozco y no hay nada disponible hasta dentro de al menos una hora.

Mierda, mierda, mierda. He tardado un siglo en arreglarme, aplicándome el maquillaje con tanto cuidado que no me he dejado tiempo suficiente para organizar cómo llegar al cine.

¿Por qué no reservé nada con antelación?

Paso la mirada del reloj que hay sobre el mostrador de recepción a mi móvil.

La app de Uber me dice exactamente lo mismo.

De verdad que no hay nada hasta dentro de una hora.

—A estas horas casi siempre cuesta muchísimo pillar un taxi —continúa la recepcionista—. La hora punta dura hasta las siete de la tarde más o menos. —Me dedica un gesto de complicidad—. La verdad, le conviene mucho más coger el metro en Charing Cross Road. No tardará nada andando.

—¿El metro? —Bajo la vista hacia mi precioso vestido y mis zapatos con brillantitos. Si las calles de Londres están colapsadas y no hay taxis, seguramente el metro también irá hasta los topes. Esto va a ser divertido.

—Pasan cada ocho minutos más o menos hacia donde va usted. En serio, será mucho más rápido que intentar conseguir un taxi. Llegará antes de que un taxi consiga siquiera acercarse al hotel.

Quedaría como una auténtica diva si dijera que esta noche quería hacer una entrada triunfal, así que me callo.

Pero recuerdo la última vez que estuve en Londres, cuando fui a un festival literario.

Menudo lío se me montó al intentar orientarme en el metro.

Como siempre me dice papá, no debería ser tan cabezota, aunque yo prefiera llamarlo ser independiente.

«No tiene nada de malo pedir ayuda, Chloe. » Casi puedo oír su voz.

—Puede que suene ridículo —digo, acercándome un poco más al mostrador mientras los tacones se me hunden en la gruesa moqueta—, pero ¿podría ayudarme a planificar la ruta en metro?

Está claro que no soy más que una cateta de Yorkshire que, sin un poco de orientación, acabaría yendo en dirección contraria. —Pongo una mueca y ella se ríe.

—Por supuesto, estaré encantada de ayudarla.

Como me temía, no queda ni un sitio libre cuando por fin subo al metro. Pero gracias a la ayuda del hotel, estoy segura de haber entrado por el andén correcto y de que voy por la línea del color que toca. De momento, todo bien.

Me aparto para esquivar el sobaco rancio de un hombre mientras me agarro a una de las asas colgantes.

Solo espero que el trayecto no tenga demasiadas curvas ni sacudidas, sobre todo con estos tacones.

No sé cómo los londinenses viajan así todos los días.

Llevo aquí apenas unos minutos y ya me está entrando claustrofobia.

Por favor, manténganse alejados de las puertas.

Cojo aire cuando otra horda entra y se apelotona en cualquier hueco.

Aprieto con más fuerza mi bolso de mano de pedrería.

Soy, con diferencia, la persona más arreglada de este vagón, y eso no pasa desapercibido.

He notado varias miradas, de hombres y de mujeres, evaluándome mientras atravesamos los túneles completamente a oscuras, y eso hace que me sienta cada vez más incómoda.

Pero es culpa mía; tendría que haberme organizado mejor.

Ay, joder, ¿cuántas paradas quedan? Intento contarlas en el plano que recorre la parte superior del vagón.

Cuando un hombre se levanta en la siguiente parada, una de las personas que me miraba fijamente se abalanza sobre su asiento.

Mientras se acomoda, me repasa de arriba abajo con un destello de desagrado en la cara.

O está pensando: «¿Quién demonios te crees que eres, vestida como un cromo?

». O simplemente tiene envidia porque a ella también le gustaría ir camino de un sitio que justificara arreglarse tanto.

Mientras tanto, el hombre que está al otro lado del del sobaco apestoso se me queda mirando el escote. Puaj. Intento girarme y ponerme de cara al otro lado, pero es difícil cuando solo tienes un milímetro de espacio para maniobrar.

Cuando el metro se detiene en la siguiente parada, suelto el asa y me limpio el sudor de la palma contra la otra mano.

Ojalá hubiera traído agua, aunque, de haberlo hecho, no habría tenido manos libres para sostenerla, porque en el bolso solo me cabe el móvil y el pintalabios.

Se me empieza a quedar la boca como si estuviera perdida en el desierto del Sahara, y una gota de sudor me resbala desde la axila por debajo del vestido.

Giro la muñeca para consultar el pulsómetro.

Sí, como sospechaba, tengo el ritmo cardíaco a 124 pulsaciones por minuto.

La mayoría de la gente necesitaría una clase de gimnasio para llegar a esas pulsaciones.

Mientras intento frenar lo que amenaza con convertirse en un ataque de pánico en toda regla, trato de entender por qué me siento tan vulnerable.

Al fin y al cabo, cualquiera de las personas que me rodean podría ser el troll.

Incluso podría haber alguien siguiéndome por todo Londres.

Ojalá mi cuñada hubiera podido venir. Aquí me habría sentido mucho mejor con Elsie.

Escudriño las caras de la gente que tengo más cerca, buscando señales de odio, indicios de que mi seguridad podría correr peligro al bajar de este metro.

Pero no hay nada que me permita actuar. Muecas de desprecio y miradas lascivas, sí, pero nada que parezca más siniestro. Vuelvo a mirar el plano. Tres paradas más.

Nunca jamás vuelvo a viajar en metro.

El metro por fin se detiene con un chirrido en la estación de Leicester Square y, tal como dijo la recepcionista del hotel, según Google Maps solo me quedan dos minutos andando.

Respiro hondo, me aliso los pliegues del vestido mientras subo taconeando por las escaleras del metro hacia la calle y compruebo en el móvil hacia dónde tengo que ir para llegar al Odeon Luxe, intentando calmar la respiración.

Pero no tengo que buscar mucho. Por la multitud congregada a lo lejos queda claro que es aquí. Y estoy a punto de reunirme con Leanne justo en el centro de todo; me muero de ganas.

Muchos de sus lectores me han reconocido esta tarde.

«Oooh, es The Twisted Sister», he oído decir a varias personas.

Después se agolpaban para hablar conmigo casi tanto como para buscar a Leanne; de verdad que era como ser famosa.

Todo mi esfuerzo por promocionar el trabajo de los autores y hacer crecer mi perfil ha dado sus frutos.

El dinero está bien, claro que sí, pero aquí, entre esta gente, sé que he encontrado a los míos.

Sin embargo, antes de poder atravesar el cordón y pisar la alfombra roja, necesito un momento para recomponerme después de ese trayecto horroroso.

Y necesito calmar esta sed que me consume.

Veo a un vendedor de botellas de agua en una furgoneta al otro lado de la calle y meto la mano en el bolso a por algo de dinero.

Un trago de agua, unas cuantas respiraciones profundas y luego podré dar lo mejor de mí.

Mientras me alejo de la furgoneta del agua, el móvil pita con un mensaje. Pero esta vez no es por Instagram. No: ha llegado por WhatsApp.

No eres tan mojigata como pareces, ¿verdad?

Ahogo un grito. Quienquiera que sea ha conseguido mi número de teléfono.

Pero un momento, está apareciendo una foto encima del mensaje. Me dejo caer en un banco y observo cómo se completa el círculo de carga. Entonces, cuando veo lo que muestra la foto, casi se me cae el móvil. No solo por lo que contiene, sino por el sitio donde está sacada.

Dios mío. Ahí, encima de la cómoda que hay junto a mi cama, está mi vibrador rosa.