El Troll Capítulo 16
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Capítulo 16

TARA

No recuerdo la última vez que falté al trabajo.

Desde la central han tenido que llamar a un encargado que supuestamente estaba de vacaciones para cubrirme, pero ahora mismo me da igual.

Como para que me importe, con todo lo que estoy pasando en casa.

Y con lo que descubrí después de entrar en el ordenador de Franky.

Tengo que aclarar unas cuantas cosas.

Franky y yo tuvimos una bronca de campeonato cuando me pilló usando su ordenador.

Ni siquiera nos frenó que fuera plena madrugada.

Es un milagro que los gritos no despertaran a las niñas.

Habrían despertado a un muerto. Cómo no, él tenía respuesta para todo.

Se fue por las ramas y se escurrió como pudo, todavía intentando justificar lo que yo había encontrado.

Debe de pensar que soy completamente idiota.

Hoy no trabaja desde casa. Antes lo he seguido hasta el InTouch Café de Bradford, donde ha pasado más de dos horas.

Cuando he entrado, justo después de que él saliera, lo he entendido.

En la pared había un cartel que decía: «Después de cada uso, se borra el historial de navegación y se eliminan de forma permanente todos los documentos descargados o editados. »

Es un sitio donde cualquiera puede hacer prácticamente lo que le dé la gana en internet sin dejar rastro.

Y luego está lo del otro fin de semana, cuando fue al Caffè Nero de Ilkley con la excusa de observar a la gente para sus novelas. Últimamente lo hace cada vez más, sobre todo los días que yo no trabajo.

Después lo busqué en internet. El wifi del Caffè Nero no está cifrado ni protegido, y aconsejan a los clientes que tomen «las medidas de seguridad oportunas», signifique eso lo que signifique.

Para mi marido, todo esto significa que puede escribirse con otras mujeres a sus anchas sin ningún riesgo de que yo me meta y lo pille, como podría pasar cuando usa el ordenador del recibidor.

Hoy no soporto estar cerca de él. Por eso estoy sentada en esta cafetería, apurando un café frío en vez de irme a casa.

Cuando la confianza en un matrimonio ha desaparecido, ¿qué queda?

A mi alrededor flotan conversaciones alegres, salpicadas de estallidos de risa que solo consiguen hacerme sentir más sola. Ojalá pudiera hablar con alguien, aunque solo fuera para desahogarme. Pero en el fondo sé que me arrepentiría de soltar todo lo que me da vueltas en la cabeza.

De momento, tengo que aprovechar lo que parece la calma antes de la tormenta. He dejado que Franky crea que las cosas se han calmado en nuestro matrimonio. Es la única forma de llevar esto, sobre todo con tanto en juego.

Dice que esta noche tiene una reunión con un productor de audiolibros en Leeds y me ha pedido que todavía no haga las gestiones que pensaba hacer con la asesora hipotecaria y la cooperativa de crédito.

Al parecer, otro autor recibió un adelanto de cuarenta mil libras por dos libros, así que dice que tengo motivos de sobra para ser optimista.

Lo creeré cuando lo vea. La verdad es que me da la impresión de que simplemente está ganando tiempo.

Desde hace semanas sé que no puedo quedarme de brazos cruzados esperando a ver qué pasa.

Eso es lo que he hecho siempre: dejar que me manejen como un peón en el tablero de ajedrez de otro.