Capítulo 15
CHLOE
Coger el tren a Londres siempre me llena de ilusión, y hoy estoy que no quepo en mí. Ni siquiera los dos comentarios horribles que me han dejado en mi última publicación han conseguido alterarme. Me he limitado a denunciarlos y bloquear al usuario.
Tan fresca como una lechuga.
Bajo del tren y arrastro mi maleta de ruedas hacia la salida de la estación de King’s Cross.
Aquí me siento mucho más segura que en Yorkshire.
Al principio no sabía de dónde venían los mensajes y los comentarios, pero después de los gruñidos de Ruby y del mensaje de ¡Mira por la ventana!
, está claro que al menos una de las personas que hay detrás está cerca de casa.
Lo bastante cerca como para haber estado merodeando delante de mi casa.
La policía tardó casi dos horas en llegar cuando volví a llamar; por lo visto decidieron que, si iba a pasar algo, ya habría pasado.
Echaron un vistazo por fuera, concluyeron que quienquiera que hubiera estado allí se había largado hacía rato, prometieron mandar un coche patrulla por delante de mi casa de vez en cuando y se fueron tan panchos.
Pero ahora ya he escapado de todo eso, y me niego a dejar que lo que está pasando me estropee lo que promete ser el día más emocionante de mi carrera como bookfluencer hasta la fecha.
Conocer a Leanne Delaney ya habría sido más que suficiente. En vez de eso, voy a comer con ella, a entrevistarla y a verla grabar. Muchos bookstagrammers de mi nivel darían un brazo por estar hoy en mi lugar. Así que tengo que hacer todo lo que esté en mi mano por enterrar mis problemas.
Cambio la penumbra de la estación por el calor de la tarde de principios de septiembre, todavía maravillada por este veranillo.
Hace un tiempo perfecto para todo lo que me espera hoy, y si tuviera más de una hora antes de reunirme con Leanne para comer, habría ido caminando desde King’s Cross por las calles bulliciosas.
En vez de eso, me pongo en la cola para coger un taxi negro.
Esta es una cita a la que no puedo arriesgarme a llegar tarde.
Mientras recorro las calles de Londres, todo el cuerpo me vibra de emoción.
Solo ver los nombres del tablero del Monopoly, al que Matt y yo jugábamos sin parar de niños con nuestros padres, ya me produce un cosquilleo.
Ahí está el cartel de Euston Road cuando el taxi arranca desde la estación, y luego un autobús que pone The Strand.
Entonces suena el teléfono. Número oculto.
Al principio dudo si contestar. Me cuesta admitirlo, pero casi le he cogido miedo al móvil desde que los comentarios y los mensajes se han recrudecido. Pero tengo que hacerlo; no puedo dejar que el troll, o los trolls, ganen. Ya me han jodido la vida más que suficiente últimamente.
—¿Es usted Chloe Taylor? —La voz suena joven y vagamente familiar.
—Soy yo.
—Soy el agente Toby Connor, de la policía de West Yorkshire. Nos vimos el domingo por la noche.
—Ah, sí, gracias por devolverme la llamada. —Echo un vistazo al navegador del salpicadero. Espero tener tiempo de sobra para esta conversación antes de llegar a la librería donde me estará esperando Leanne.
—Siento haber tardado un día o dos. Como le dije, tenía que esperar a que mi sargento entrara de servicio.
—¿Y?
—Bueno, es como me imaginaba. —Baja la voz.
Londres sigue pasando a toda velocidad al otro lado de la ventanilla, pero ya no disfruto de las vistas. Solo puedo concentrarme en la noticia que estoy a punto de recibir y que, por lo que parece, no voy a querer oír.
—¿No pueden hacer nada por ayudarme? ¿Es eso lo que intenta decirme?
—Mi sargento se ha mostrado comprensivo con lo que está pasando, pero en realidad es responsabilidad de la plataforma de internet ocuparse de alguien que incumple sus normas. No es un asunto policial.
—Pero yo ya he intentado denunciar los mensajes en la plataforma; esto ya se lo he dicho. Las directrices de Instagram que leí dicen, aunque no lo formulen así, que cooperarán con la policía, pero no parece que vayan a tomar nunca ninguna medida.
—Me temo que, sin un incidente concreto, de momento no podemos ir más allá. Lo siento.
—Pero ¿y todos los mensajes? Seguro que tienen que considerarse acoso, ¿no? —Clavo los dedos en el cuero blando del asiento, frustrada—. Ha habido todavía más mensajes desde que vino a mi casa el domingo. Así que dígame usted — endurezco ahora la voz—, ¿qué narices se supone que tengo que hacer?
—Mi sargento le aconseja que lleve un registro detallado de cualquier contacto de este tipo. Y también que siga haciendo lo que hace: denunciar y bloquear a la gente en la plataforma. Quienquiera que sea acabará cansándose de mandarle mensajes, sobre todo si no le da carnaza.
—¿Y si no estoy conforme con esta actuación o, mejor dicho, con esta inacción ?
—«No estar conforme» es quedarse corto. No me puedo creer que la policía no se lo tome más en serio.
Para ellos son solo mensajitos tontos de un troll; para mí, bueno, se está apoderando de todos los aspectos de mi vida.
Nunca antes había tenido que mirar por encima del hombro como ahora.
—Está claro que, si alguna vez llegara a sentirse amenazada físicamente —continúa el agente—, ya sea en casa o fuera de ella, no tiene más que llamar al 999.
—Pero ¿no hay nada más que estén dispuestos a hacer por mí mientras tanto? ¿No pueden rastrear de dónde vienen los mensajes ni nada por el estilo?
—Me temo que no. —Hay un asomo de disculpa en su voz—. Mi sargento dice que ahora mismo no tenemos ni el personal ni los recursos, pero tenga por seguro que, si la amenaza para su bienestar se agravara, eso cambiaría. Y si nos necesita, solo tiene que descolgar el teléfono.
—Gracias. —Mi voz suena cortante, casi sarcástica. No tiene mucho sentido discutir. Además, no es él quien ha tomado esta decisión.
Quizá lo que tenga que hacer sea tomar cartas en el asunto yo misma.
Miro el reloj mientras el conductor se detiene en la zona de parada. Tengo que serenarme. Dentro de poco estaré sentada frente a mi autora favorita, comiendo en la cafetería de la librería, siempre que consiga recuperar el apetito.
Y luego haré las preguntas cuyas respuestas estarán esperando, con el aliento contenido, los lectores que abarrotarán la librería.
—Siga todo recto, gire a la derecha en la esquina y no tiene pérdida.
—Gracias. —Le redondeo la carrera al conductor a veinticinco libras y le sonrío mientras abre la puerta trasera corredera para que salga. Recojo la mochila y el bolso y espero a que saque mi maleta de ruedas del maletero y me la deje a los pies.
Me encanta esta librería: el olor, el ambiente, las escaleras, dispuestas como libros que suben hasta la cafetería, pero sobre todo me encanta porque me siento como en casa, de una manera que solo otro amante de los libros podría entender.
—¡Hola! —Leanne se levanta de su mesa del rincón cuando llego a lo alto de las escaleras.
Es igual de simpática en persona que en sus fotos de internet.
Lleva el pelo rubio suelto, en ondas alrededor de los hombros, y me alegro de ir informal, como ella, con vaqueros y zapatillas.
Al menos hasta más tarde, cuando saque a escena el vestido rojo.
—Me alegro muchísimo de conocerte, Chloe. —Leanne se adelanta a abrazarme mientras dejo la mochila junto a la silla libre—. Aunque, la verdad, es como si nos conociéramos desde hace años.
—Yo también me alegro muchísimo de conocerte.
—Tengo que contenerme para no soltar un chillido de emoción.
«Compórtate con profesionalidad», me dice mi voz interior sensata, y además la conversación con el agente Connor me ha dejado un poco apagada.
Estoy harta del efecto que han tenido los mensajes en mí desde que empezaron.
Pero, al sentarme frente a Leanne y coger la carta que hay en el centro de la mesa, decido que nada ni nadie me va a estropear el resto del día.
Llevo demasiado tiempo esperando este momento.