Capítulo 14
EL TROLL
No hay rastro de cámaras en la parte trasera de la casa, así que puedo colarme por el jardín sin problemas, aunque sea a plena luz del día.
Los setos entre las casas de esta calle son tan altos que ningún vecino debería verme, y si alguien me ve, ya se me ocurrirá algo. Podría estar dejando algo sin más; dejarlo por la parte de atrás porque no hay nadie en casa.
El barrio está en silencio para ser un martes al mediodía. Nada que ver con donde vivo, con el tráfico constante, las sirenas atronando, la gente gritando y las alarmas de las casas. Al menos ella no tiene una de esas; lo he comprobado dos veces, y no hay ninguna caja de alarma en la pared.
No se oye nada aparte del trino irritante de los pájaros.
Lo cual vuelve más arriesgado lo que estoy a punto de hacer; es más probable que algún vecino me oiga.
Pero tengo que hacerlo: no sé cuándo volveré a tener la oportunidad de acercarme tanto a la parte de atrás de su casa.
Tan cerca que ahora puedo echar un buen vistazo por las ventanas.
Sé a ciencia cierta que no está en casa. Hace apenas una hora he visto las fotos de su cara sonriente y engreída de camino a Londres. Se cree alguien especial. Pues no lo es, como pronto va a descubrir.
Hay una rendija entre la hoja pequeña de la ventana de la cocina y el marco.
Me abalanzo sobre ella y tiro para abrirla, con el corazón acelerado por la expectación.
Está claro que la ha cerrado de un tirón, pero no se ha molestado en volver a encajar la manilla en su sitio.
Solo tengo que encaramarme hasta ahí, estirarme lo suficiente para girar la llave de la ventana grande, y estoy dentro.
Bueno, una vez que consiga trepar y meterme por ella.
Mientras me felicito por lo ágil que he estado, contra todo pronóstico, al trepar y dejarme caer, casi espero que ese chucho enano venga a ladrarme entre los pies en cuanto tocan el impoluto suelo de baldosas de la cocina, pero lo único que recibe mi entrada en su casa es el silencio.
Paso al salón, sabiendo ya dónde está cada cosa después de todas las veces que he vigilado desde la calle.
Joder, ¿cuántos juguetes necesita un perro del tamaño de una rata?
Hasta tiene su propio escaloncito para subirse al sofá.
Con solo dos cuadros en la pared y los cojines cuidadosamente ahuecados, parece más un piso piloto que un hogar, pero aun así me muero por echar un vistazo arriba.
La planta de arriba se parece mucho a la de abajo: todo impecablemente limpio y ordenado.
La puerta de su dormitorio está abierta de par en par, y algo me arrastra directamente a la cómoda que hay junto a su cama.
En efecto, el cajón de arriba está lleno de lencería cara.
Levanto un sujetador entre dos dedos, dejando que el encaje se deslice entre ellos.
Si pudiera verme ahora.
Mientras lo vuelvo a dejar y rebusco en el segundo cajón, mi mano roza un trozo de plástico duro.
Sí, es un vibrador. Así que está claro que no es tan mojigata como parece.
No puedo resistirme a plantarlo de pie sobre su mesilla de noche y hacerle una foto.
Seguramente se la envíe cuando dé con las palabras justas para el pie de foto.
En estas últimas dos semanas, odiar a esta mujer se ha convertido en una obsesión que no me suelta. Pero ha dejado paso a algo aún más profundo.
Querer acabar con ella.
Salgo de su dormitorio y me dirijo a la habitación de enfrente, su despacho. Respiro hondo para contener la tentación de destrozar el equipo fotográfico que ha dejado aquí; en su lugar, saco una hoja de papel de encima de una bandeja.
Una factura del móvil. Así que ya tengo su número.
A continuación, cojo el bloc de notas que hay junto al monitor del ordenador y saco un boli del portalápices.
¡ADIVINA QUIÉN HA ESTADO AQUÍ!
Quizá debería añadir: «Te veré pronto».