El Troll Capítulo 13
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Capítulo 13

TARA

Esta mañana solo he alcanzado a ver el nombre de la mujer que se puso en contacto con mi marido, pero no el contenido de su mensaje. Ha vuelto al jardín antes de que me diera tiempo a investigar más.

Kaylene.

Con un nombre así, solo puede ser la misma mujer con la que Franky salía de adolescente.

Al fin y al cabo, no es precisamente un nombre como Lisa o Jennifer.

Vive en York, que yo sepa, así que está a apenas una hora en coche de donde vivimos.

Perfectamente podrían haber retomado lo suyo donde lo dejaron, sobre todo ahora que anda buscando a alguien que le alimente el ego.

Algunas esposas le habrían pedido explicaciones ahí mismo al ver su nombre, pero yo no soy de esas: necesito pensar primero.

Y desde que vi ese mensaje me he pasado todo el día pensando.

Esto, justo después de pillarlo en esa página de citas, es la gota que colma el vaso de nuestro matrimonio. Pero necesito estar segura antes de dar ningún paso. Necesito más pruebas.

Franky entra en el salón con una cerveza en la mano, echa a la perra del sillón y se deja caer en él. Todo un milagro verlo lejos del ordenador. —¿Y qué vamos a hacer con la casa? —pregunta.

—¿En qué sentido? —Saco los pies de debajo de mí. Apenas soporto estar cerca de él después de todo lo que he descubierto, así que seré breve.

—¿Dónde vamos a vivir? —Da un trago a la botella.

—¿Por qué esperas que yo tenga todas las respuestas? —Miro el reloj—. En fin, ahora no puedo hablar: voy a recoger a Mia del plan de pizza y bolos. Ya deberían estar terminando.

—Pensaba que habíamos quedado en que podía volver andando con sus amigas.

Le lanzo una de mis miradas. —Eso lo decidió ella sola.

—Vale, pues. —Levanta los brazos—. Me daré una vuelta hasta el parque de ocio. Antes de irme, ¿te preparo un baño?

—¿ Qué ? —Me enderezo en la silla.

En los quince años de historia de nuestra relación, Franky Newsome no se ha ofrecido ni una sola vez a prepararme un baño. Tiene que tener mala conciencia.

—Antes, mientras estabas en el trabajo, me he puesto a pensar que no sé qué haría sin ti en mi vida.

—¿Eh? —Desde luego, ahora sí tiene toda mi atención—. ¿Qué te traes entre manos, Franky?

—Que te valoro, nada más. Solo quiero que lo sepas.

—Me lo preparo yo sola el baño, gracias. —Mi voz suena cortante. En cuanto se duerma esta noche, voy a hurgar en su móvil, aunque no se acueste hasta las tres de la madrugada. Conseguiré la prueba que necesito y luego…

Y luego, ¿ qué ? Tampoco es que tengamos una casa por la que pelear, ni dinero por el que librar una batalla. Ni tampoco lo imagino peleando por la custodia de las niñas. Lo único que echaría de menos sería que le cocinara y le limpiara.

Pero como decía mi abuela, hay más de una manera de despellejar a un gato.

—¿Piensas venir a la cama? —Normalmente me daría igual, pero necesito que se duerma para lo que traigo entre manos.

Si le saco lo de Kaylene o lo de esa Antonia que hace poco tenía en la pantalla a todo Technicolor, no hará más que inventarse algo para despistarme.

Me dan ganas de decir que inventar historias es lo que mejor se le da, pero eso no sería del todo cierto.

Si lo fuera, no estaríamos tan mal de dinero.

Franky apenas levanta la vista del ordenador mientras paso por detrás de su silla y sigo por el pasillo hasta el pie de la escalera. Al menos esta vez no está cerrando la pantalla a toda prisa antes de que vea algo que no debería.

Al llegar al rellano, veo a Mia metiéndose en su habitación.

—¿Lo has pasado bien esta noche? —le pregunto, pero la puerta de su cuarto ya se ha cerrado de un portazo.

Ninguna de mis hijas quiere hablar conmigo últimamente.

Pensaba que al menos los críos esperaban a la adolescencia para empezar con la hostilidad, pero parece que Mia copia a su hermana mayor.

Seguramente todavía le escuece que su padre haya ido andando a buscarla esta tarde.

Pero no pienso dejarle pasar la mala educación, así que me dirijo a su cuarto.

—¿No me has oído, Mia? —Empujo la puerta de su habitación. Hace poco que la redecoramos, y ahora ojalá no nos hubiéramos molestado: ¿quién sabe dónde acabaremos viviendo?

—¿Qué?

—Te he preguntado si lo has pasado bien con tus amigas. No me has dicho ni pío desde que has llegado a casa.

Se encoge de hombros. —Estuvo bien.

—¿Solo bien?

—Estoy cansada.

—Vale. Te dejo dormir. Nos vemos por la mañana. —Le lanzo un beso y ella pone una mueca. A ver si tengo más suerte con su hermana. Apenas ha vuelto a dirigirme la palabra desde que rechazó el viaje del colegio esta semana. Voy a la puerta de al lado, en el rellano.

—No te quedes hasta muy tarde con ese ordenador, Olive.

—Señalo su pantalla, resistiendo el impulso de compararla con su padre.

Al oír mi voz, Stella estira las patas sobre la alfombra.

Normalmente no me gusta que la perra esté en las habitaciones de las niñas, pero ya qué más da.

Al fin y al cabo, dentro de unos meses nos habrán echado de esta casa.

—Sí, sí. —Ni siquiera se gira para mirarme. Atrás quedaron los días en que yo era el Norte, el Sur, el Este y el Oeste de las niñas. Atrás quedaron los días en que a Franky ni se le habría ocurrido dejar que me fuera a la cama sola.

Señales de que tu marido te engaña , escribo en el buscador.

No consigo concentrarme en leer, y no logro parar el cerebro, que me va a cien millas por hora, así que más vale centrarme en el problema que tengo entre manos mientras espero a que Franky aparezca y se duerma.

Puede que se acueste incluso más tarde de las tres, porque algunas noches ni lo oigo cuando se desliza a mi lado.

Solo Dios sabe qué hace en el ordenador hasta esas horas de la madrugada.

Si de verdad dedicara ese tiempo a escribir sus libros, podría publicar uno cada dos meses.

Hago una mueca ante uno de los primeros resultados que me devuelve la búsqueda.

Nuevos hábitos digitales: historial de navegación borrado, apps de mensajería ocultas o pasar mucho tiempo en redes sociales a altas horas de la noche.

Se me corta la respiración. Madre mía, está subiendo por la escalera.

Deslizo el móvil bajo la almohada y alargo la mano para apagar la lámpara de la mesilla y poder fingir que duermo.

Si me pilla despierta, puede que intente seguir con lo que me estaba preguntando antes sobre lo que vamos a hacer, o, con lo mucho que dice ahora que me valora, puede que venga a la cama mucho antes de medianoche porque tiene otra cosa en mente.

Me quedo tumbada en la oscuridad, escuchándolo ducharse, mientras el siguiente resultado de mi búsqueda me vuelve a la mente.

Sobrecompensación motivada por la culpa: se muestra excesivamente amable, te colma de regalos inesperados o de repente empieza a hacer más tareas de lo normal para disimular el sentimiento de culpa.

Nunca tarda mucho en la ducha, y a los pocos minutos la puerta de nuestro dormitorio chirría al abrirse y noto su peso a mi lado mientras se mete en la cama.

Sin dejar de darle la espalda, intento regular la respiración para que suene lo más rítmica posible.

Tiene que pensar que estoy dormida. La verdad es que estoy cansada, pero con los nervios a flor de piel.

El trabajo me ha dejado hecha polvo físicamente, pero mentalmente estoy como una moto.

Y hasta que no le eche un vistazo al móvil, no hay manera de que pegue ojo.

Abro los ojos, lo justo para ver la oscuridad que nos rodea teñida por el resplandor de su móvil. Me pregunto a quién le estará escribiendo. A Kaylene o a Antonia. Solo espero que no tarde mucho en vencerlo el sueño.

Al final, la habitación vuelve a sumirse en la oscuridad y, en unos instantes, es la respiración acompasada de Franky la que llena el silencio del cuarto.

No he conocido a nadie capaz de dormirse con tanta facilidad, normalmente antes incluso de apoyar la cabeza en la almohada, pero tengo que esperar un poco.

Cuando estoy segura de que duerme profundamente, cojo mi móvil y luego rodeo la cama de puntillas para coger el suyo.

Me deslizo hasta la puerta, porque será más seguro bajar a ver qué descubro.

Abajo no habrá resplandor de pantalla que lo despierte ni respingo mío que lo alerte si encuentro algo incriminatorio.

Me ha bloqueado el acceso . Cuando nos compramos los móviles nuevos el año pasado, nos activamos mutuamente el reconocimiento facial. Pero ahora lo único que me sale es cara no reconocida .

Esto encaja con el apartado de proteger celosamente los dispositivos de la lista que estaba mirando antes, la de señales de que tu marido te está poniendo los cuernos .

No sé qué hacer. No puedo despertarlo y exigirle que me explique por qué me ha quitado el acceso. Ya sé… probaré con su ordenador. Es un iMac, así que todo lo del móvil se refleja allí.

Su contraseña es la misma desde que se dio el capricho de comprarse este ordenador: OliveMia2 .

Contraseña no reconocida.

La escribo otra vez, con más cuidado esta vez. Aquí también la ha cambiado, joder, así que pincho en la opción de restablecer contraseña . Lo que esconde sobre Kaylene y Antonia podría ser solo el principio de lo que intenta ocultarme. Como sea, tengo que entrar en este ordenador.

Enviar un enlace a un dispositivo de confianza. Levanto mi propio iPhone. Este quedó vinculado al ordenador cuando compramos todo esto con la indemnización del despido de Franky, así que espero que mi móvil siga contando como dispositivo de confianza.

Funciona, y ya estoy dentro.

En un santiamén, entro en su historial de búsquedas.

Fue el martes pasado, hacia las nueve de la noche, cuando lo pillé en aquella página.

Voy retrocediendo por la larga lista. Cuando haya revisado todo lo que pueda haber pasado entre él y Antonia, echaré un vistazo a qué otras páginas ha estado visitando.

Hago fotos para investigarlas luego desde mi propio móvil, y después me meto en la app de mensajes de Franky y empiezo a leer los mensajes entre él y Kaylene.

No son solo de hoy: el primero es de hace unas dos semanas. Y fue Franky quien dio el primer paso.

Pero entonces la voz de mi marido me da un susto de muerte.

—¿Qué coño te crees que estás haciendo?