El Troll Capítulo 11
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Capítulo 11

CHLOE

—Gracias por venir. Seguro que están muy ocupados. —Apago la tele mientras les indico con un gesto a los dos agentes que se sienten. Los dos parecen no haber empezado siquiera a afeitarse. Ruby los mira con recelo hasta que, supongo, decide que vienen en son de paz.

—Gracias. —El moreno, el que más pinta tiene de ir todavía al instituto, se sienta primero en mi sofá, y su compañero lo hace a su lado. Forman una estampa extraña en mi salón tan de chica, con casi todos los muebles blancos y las lucecitas.

—Perdonen la pregunta, pero ¿son solo agentes de apoyo comunitario y no policías de verdad?

Mi hermano llama a esos agentes polis de pega . Una vez le eché la bronca por decirlo, pero ahora no lo haría. Necesito aquí a gente que haga algo de verdad para ayudarme, no que asienta con cara compungida y luego se largue a marcar un par de casillas en un formulario.

—En realidad acabo de terminar la formación —responde el que parece mayor, sacando pecho bajo el chaleco reflectante mientras habla—, pero mi compañero aquí presente sí es agente auxiliar. —Lo señala—. Soy el agente Toby Connor, y este es el agente auxiliar Jake Smith.

El hecho de que hayan mandado a estos dos a atender mi denuncia lo dice todo.

No esperaba precisamente a un inspector jefe, pero di en el clavo cuando le dije a Elsie que difícilmente la policía haría nada por ayudarme.

Aun así, al menos han mandado a alguien en vez de despacharme sin más cuando llamé por teléfono.

—Estamos aquí para atender unas denuncias que ha presentado por comentarios ofensivos en Instagram. —La voz del agente se vuelve más seria—. ¿Esos comentarios iban dirigidos a usted?

—Sí. Los he borrado de la plataforma; bueno, desaparecieron solos cuando bloqueé las cuentas, pero hice capturas de pantalla de lo que se había escrito. —Le tiendo el móvil—. Si va pasando por lo que tengo guardado, podrá leerlo todo. Verá que va a peor a medida que avanza.

Han llegado dos más incluso en las horas transcurridas desde que Elsie se fue a casa, después de convencerme por fin de que lo denunciara a la policía.

Quizá deberías haberte comprado algo mejor que un perro de bolso. Ese perro de bolso no te va a proteger mucho.

¿Qué se siente al estar sola en casa todas las noches? A lo mejor no lo estás por mucho tiempo más.

Al principio, lo que más me preocupó fue la referencia a Ruby. Al fin y al cabo, mis vídeos promocionan libros, no tienen nada que ver con ella. Pero luego, revisando vídeos antiguos, resulta que Ruby ha aparecido de fondo en un par de ellos mientras grababa.

—Pero ese último mensaje fue el que me convenció de poner una denuncia —digo cuando por fin termina de pasar las capturas y le entrega el móvil a su compañero—. Tendrá que reconocer que suena a amenaza.

—Entiendo por qué lo ve así —responde—. Pero, con suerte, no es más que alguien que se divierte intentando asustarla. Nos encontramos con esto constantemente.

— Con suerte —repito su palabra, y me sube el tono de voz—. Con suerte no me tranquiliza. —Miro fijamente a los ojos del agente, de un azul penetrante. Seguro que trae locas a todas las crías—. ¿No ha visto los emojis que usan de vez en cuando? Está el ataúd, ha habido un cuchillo...

—Guerreros del teclado, eso es lo que son —dice el agente auxiliar mientras va pasando los mensajes—. Solo son valientes tras la supuesta seguridad de sus pantallas.

Supongo que, para lo joven que es, no le falta razón, pero no me basta.

Necesito que actúen; necesito que estos agentes me digan qué van a hacer para garantizar mi seguridad.

Toda mi rutina se ha ido al garete. Normalmente estaría relajándome en bata con una taza de cacao, pero sigo con el vestido de verano que llevaba antes en el jardín.

—Por lo que insinúan estos mensajes —continúo—, hay bastantes posibilidades de que quienquiera que los esté enviando esté planeando salir de detrás de la pantalla más pronto que tarde.

—Los estudios demuestran que la probabilidad de que eso ocurra es baja. —Está claro que el agente recién formado repite como un loro lo que ha aprendido en su formación policial.

—Pues hay estudios que demuestran que una de cada diez mujeres que sufren violencia online tiene que soportar que derive en violencia fuera de internet. —Voy un paso por delante de estos dos adolescentes—. Y eso son solo los casos denunciados .

Los dos se remueven en sus asientos del sofá, pero ninguno responde.

—¿Quieren que les enseñe el estudio que encontré? Es de una fuente fiable. —Miro a uno y luego al otro.

—No, no será necesario. —El agente Connor parece ruborizarse—. La policía solo puede intervenir cuando se ha producido una amenaza real, o cuando alguien ha sufrido violencia.

—¿Entonces tengo que esperar a que aparezca en mi casa y me ataque, es eso lo que me está diciendo? —Señalo hacia la ventana. He bajado las persianas para aislarme de la oscuridad, pero ya no me siento segura en mi propia casa.

El comentario sobre Ruby tenía su lógica.

A lo mejor me sentiría más segura si tuviera un rottweiler enorme.

Les he pedido a los vecinos de ambos lados que estén atentos por si ven a alguien merodeando, pero ellos tienen su propia vida.

No pueden pasarse las veinticuatro horas del día, siete días a la semana vigilando la calle.

Es en días como este cuando desearía no estar soltera.

Aunque el miedo no es razón suficiente para lanzarse a una relación.

Recibo un montón de atención online, de la buena, pero haría falta alguien bastante espectacular para convencerme de renunciar a la vida de soltera que me he construido.

Y la mayor parte del tiempo soy perfectamente feliz estando sola.

Hoy no es una de esas veces.

—No, en absoluto, pero ¿puedo preguntarle una cosa? ¿Ha denunciado estos comentarios a Instagram? —Le quita el móvil a su compañero más joven y me lo devuelve.

—Por supuesto, pero lo único que recibo son mensajes automáticos que dicen que revisarán el contenido si infringe sus normas.

Y luego nada . —Agito el móvil en el aire—.

Otras personas también han pulsado el botón de denunciar en estos comentarios.

Pero ya sabe cómo son las redes sociales: hoy en día todo son bots.

Es imposible dar con un humano de verdad.

Como con ustedes, me dan ganas de añadir.

Esto es una completa pérdida de tiempo. No les interesa y solo están aquí porque se lo han ordenado sus superiores.

El agente auxiliar está más interesado en acariciar a Ruby, que se ha puesto cómoda a sus pies.

Ella se hace amiga de cualquiera que le preste un poco de atención.

Y el agente de verdad parece interesado sobre todo en salir de aquí con el mínimo papeleo posible.

—¿Así que Instagram no le ha contestado nada tras sus denuncias?

—Nada. —Alzo las manos.

—¿Cuántas denuncias ha puesto?

—He perdido la cuenta, la verdad. Al menos treinta.

—Quizá hayan tomado alguna medida, como dar avisos o eliminar cuentas de usuario sin comunicárselo. —Le sube el tono al final, dejando lo que acaba de decir casi en pregunta. Como si yo pudiera tener respuesta.

—He consultado unas guías en internet que dicen que las redes sociales a menudo —marco comillas con los dedos alrededor de la palabra a menudo , porque estoy segura de que es más un deseo que una realidad— colaboran con la policía cuando se presentan denuncias, así que está claro que les corresponde a ustedes empezar a investigarlo por mí, y solo entonces intervendría Instagram.

—Vale, muy bien, déjelo en nuestras manos. —El agente Connor saca una libretita del bolsillo y garabatea lo que parece un número—. Reenvíe todas las capturas desde su móvil y se las llevaré a mi sargento para que las revise.

—¿Y cuándo sabré algo? —Cojo el papel. Al menos está haciendo algo .

Se encoge de hombros. —Ahora mismo va todo muy lento. Tenemos personal de baja, gente todavía de vacaciones...

—¿Por qué cree, si no, que necesitan a gente como yo en el cuerpo? —El agente auxiliar Smith se ríe.

—No le veo la gracia a nada de esta situación. —Lo fulmino con la mirada, y él se pone serio enseguida—. Quiero saber de dónde vienen estos mensajes, y quiero que detengan y castiguen a la persona, o personas, que los están enviando.

—¿Entonces cree que podría ser más de una persona, es eso lo que dice? —El agente Connor pone cara pensativa.

—Bueno, han ido llegando desde más de una cuenta, según iba bloqueándolas —respondo—. Pero me da la sensación de que la voz que hay detrás es la misma, igual que la forma en que están escritos.

—Sí, yo también lo creo —responde el agente Connor—. Quédese tranquila, sí voy a hablar con mi sargento, y usted debería mantenernos al tanto si los comentarios y mensajes siguen llegando.

—Claro que van a seguir llegando. —Golpeo el móvil contra el reposabrazos de la butaca—. Al principio llegaban cada día, pero ahora ya van por uno cada dos horas. Se crean cuentas nuevas al mismo ritmo que yo pulso el botón de bloquear.

Me alegro muchísimo de irme unos días dentro de un par de días, y Ruby se quedará con mis padres. Me sentará bien alejarme del sitio donde empiezo a sentirme como un blanco fácil. Quizá, para cuando vuelva, este sargento se haya dignado a meterle un poco más de presión a Instagram.

—Alguien volverá a ponerse en contacto con usted en unos días —responde.

—¿No van a darme un número de referencia de la denuncia?

—¿Necesita un número de denuncia?

Lo fulmino con la mirada. —¿Acaso el acoso por internet no es delito?

Se pone en pie y sus pesadas botas negras se hunden en la espesa alfombra color crema. —Como le he dicho, deje que hable con mi sargento. Ya conocemos la salida.

—No. Yo los acompaño a la puerta. —Estoy temblando de rabia por lo poco en serio que se han tomado mis preocupaciones—. Necesito asegurarme de que queda todo bien cerrado por dentro.

—No creo que tenga que preocuparse por eso. —El agente Connor se vuelve para dedicarme una sonrisa tranquilizadora cuando llegamos a la puerta principal—. Como ya le hemos dicho, el poder de estos trolls está en esconderse detrás de sus pantallas.

—Pues cuando vuelva aquí a poner marcas de la científica alrededor de mi cadáver —le grito mientras se aleja—, tal vez se arrepienta de no haberme hecho caso.

—La estamos escuchando. —Se da la vuelta desde la verja de mi jardín—. Y le prometo que tendrá noticias nuestras en los próximos días. Empieza a sonar a disco rayado.

Sin responder, doy un portazo, echo el cerrojo de seguridad y, por si acaso, paso también la cadena. Luego me dejo caer en el último escalón y me abrazo a mí misma, como si intentara consolarme. Ruby sale sigilosa del salón, se sube a mi lado y me lame el codo.

Quizá, solo por un tiempo, debería dejar de publicar en redes. Pero tengo una semana muy importante por delante, con la sesión de preguntas y respuestas y el estreno de la película.

Entonces, ¿cómo voy a hacerlo? ¿Y por qué debería?

Vuelvo a dejar el cepillo de dientes en su soporte y me quedo helada cuando Ruby gruñe a mis pies.

Mi familia se ríe a menudo de sus gruñidos y ladridos: un perro tan pequeño intentando sonar feroz. Pero oírlo ahora, después de todo lo que ha pasado, basta para ponerme los pelos de punta.

¿He cerrado con llave la puerta de atrás además de la de delante?

¿¡Y las ventanas!?

Estoy segura de que las cerré y les eché el pestillo a todas, salvo quizá la pequeña del aseo de abajo.

Conteniendo la respiración, me deslizo hasta mi dormitorio como una ladrona en mi propia casa. Ruby me sigue, todavía gruñendo, mientras cojo el móvil.

Cuando se marchó la policía, me dijeron que se pondrían en contacto. Pero no dijeron: «Llámenos si pasa algo más» . Ni tampoco: «No dude en hacernos volver si tiene miedo» .

Así que quizá piensen que soy una paranoica si los llamo otra vez tan pronto.

Entonces una notificación de Instagram aparece en la pantalla, y todas mis dudas sobre llamarlos se esfuman.

¡Mira por la ventana!