El Troll Capítulo 10
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Capítulo 10

TARA

—No me puedo creer lo que acaba de llegar por correo, joder.

Franky irrumpe a zancadas en el jardín, donde estoy sentada a la mesa de bistró, intentando disfrutar de cinco minutos de paz antes de ir a trabajar.

Hay que cortar el césped y quitar las malas hierbas de los parterres, pero no puedo con todo.

Stella, que quizá percibe el estado de ánimo de mi marido, sale sigilosa de debajo de la mesa y se mete de nuevo en casa en cuanto él aparece.

Tengo un día de perros por delante. Una de las empleadas me ha mandado un mensaje diciendo que está mala, y otra se niega a volver después de que le echara la bronca por estar con el móvil cuando debería estar trabajando.

Ya me está martilleando la cabeza, y lo único que quiero es tomarme el café del lunes por la mañana en paz antes de tener que salir para el turno.

En vez de eso, mi marido se cree con derecho a interrumpir mi preciado rato a solas para seguir desahogándose. Normalmente, aquí en el jardín estoy a salvo de él. Pero esta mañana, por lo visto, no.

Lanza una hoja de papel sobre la mesa y luego saca de un tirón una de las sillas que compramos el año pasado en las rebajas de fin de verano.

Paseo la vista por los muebles de jardín y el pensamiento me llega antes de que pueda evitarlo: si nos vemos obligados a dejar esta casa, no podremos permitirnos ningún otro sitio con jardín.

Todo esto tendrá que quedarse atrás cuando nos vayamos.

No. No puedo ser tan derrotista.

Que la cooperativa de crédito nos haya denegado el préstamo no significa que la asesora hipotecaria no vaya a poder ayudarnos.

—No puede hacer nada. —Se deja caer en la silla, frente a mí, al otro lado de la mesa.

—¿Quién no puede? —Despliego la hoja de papel de una sacudida.

—Tú léelo.

Mira por dónde, la carta es de Brenna Styles, la asesora hipotecaria. Debo de ser telépata.

En primer lugar, mis disculpas por haber tardado más de lo esperado en evaluar su situación hipotecaria. También lamento no poder darles noticias más positivas en esta carta.

No, no, no, no. Doy un buen trago al café, deseando que fuera vino, antes de mirar de reojo a mi marido, que está sentado con la cabeza entre las manos mientras yo sigo leyendo.

El regusto amargo del café se me queda en la lengua.

Me atrevería a decir que está a punto de sumársele otra clase de amargor.

Como comentamos en nuestra reciente reunión, había varios factores que jugarían en su contra con numerosas entidades hipotecarias.

En primer lugar, las deudas con incidencias. Como usted mencionó, la mayoría de sus pagos están más o menos al día, pero mantienen retrasos en el impuesto municipal y en una de sus tarjetas de crédito, y esto ha quedado reflejado en las consultas de solvencia realizadas.

En segundo lugar, el hecho de que el señor Newsome sea autónomo y tenga menos de dos años de cuentas completas. Incluso con dos ejercicios presentados, lo que usted me mostró aún no acredita un negocio sostenible.

Y, por último, lo que usted gana con su puesto de encargada de tienda no bastaría para hacer frente a las cuotas hipotecarias. Ninguna entidad estaría dispuesta a prestar más de cuatro veces y media su salario anual.

He calculado que, para cubrir la cantidad necesaria tras la entrada que usted dice poder reunir, tendrían que pedir prestado casi siete veces lo que usted gana al año.

He recurrido a las entidades más dispuestas a asumir riesgos y, dado que todas han rechazado su solicitud, me temo que el resultado sería casi con toda seguridad el mismo con cualquier banco o sociedad de crédito hipotecario convencional.

Comprendo que esta noticia es decepcionante, pero, si cambia su situación, pueden ponerse en contacto conmigo en el futuro. Les adjunto mi factura por los honorarios acordados previamente, de 400 libras, por las gestiones que he realizado en su nombre.

—¡Cuatrocientas libras! Pues que espere sentada. —Tiro la carta al suelo y resisto las ganas de pisotearla como haría Olive cuando la vida no le sale como quiere—. ¿Y qué coño vamos a hacer ahora?

—Mamá, ¿me das dinero para la pizza y los bolos del cumpleaños de Caitlyn después del cole?

—Parece que Mia se ha alisado el pelo, o al menos se lo ha alisado Olive, y se ha embadurnado la cara de maquillaje.

Debería montar un pollo porque mi hija de diez años vaya arreglada como una adolescente, pero no tengo energía.

—Déjanos un momento. Tu padre y yo estamos hablando.

— Nunca tienes tiempo para hablar conmigo . —A Mia se le crispa la cara de rabia.

—Haz lo que dice tu madre.

—Pero es que tengo que irme ya . Mis amigas están todas esperando en la puerta.

Franky se levanta de la silla y saca un par de billetes del bolsillo. Me sorprende que no salga también una nube de polillas. —Toma, cariño. ¿Alguien te trae a casa?

—No, vuelvo andando con mis amigas. —Se da la vuelta sin darle las gracias.

—Me dan ganas de llamar al trabajo y decir que estoy mala. —Ahora que ha llegado esta carta, me vendría bien un buen lingotazo. Nunca he encontrado respuestas a mis penas en el fondo de una botella vacía, pero eso no quita que pueda al menos intentarlo.

—Igual deberíamos darle largas al casero. —Franky suelta un largo suspiro—. A lo mejor conseguimos aguantar hasta después de Navidad si le hacemos creer que tenemos algo en marcha con lo de la hipoteca.

—Aguantar hasta después de Navidad. —Miro fijamente al cielo.

La idea es de lo más deprimente. Significa que, después de pasar unas Navidades miserables haciendo malabares para llegar a fin de mes, nos arrastraremos de alquiler particular en alquiler particular en pleno enero buscando una casa nueva. Eso si es que hay alguna.

—Lo siento, cariño… siento que todo esto sea culpa mía. Si no me hubieran despedido, entonces…

—Ahora sí que vas a tener que buscarte un trabajo de verdad, Franky. —No pienso intentar que se sienta mejor llevándole la contraria, tranquilizándolo con que esto no es del todo culpa suya.

Estoy hasta las narices. De verdad. Hace apenas unos días nos denegaron el préstamo y ahora este rechazo. Por no hablar de cuando lo pillé en una web de citas: sigo sin creerme que estuviera ahí solo para documentarse para un personaje.

— Sí que tengo un trabajo de verdad, Tara.

—Hablo de uno que pague algunas facturas.

En concreto, el alquiler más alto que nos van a obligar a pagar cuando otro compre esta casa.

—La idea de que posibles compradores entren y salgan de nuestra casa el año que viene me llena de pavor—.

Por no hablar de todos los gastos de la mudanza.

—Apuro lo que queda del café y dejo la taza de golpe sobre la mesa.

—¿Queda más en la cafetera? —Franky me mira esperanzado. Tiene pinta de querer quedarse aquí fuera a hablar, pero yo lo único que quiero es que me deje en paz. Estoy tan cabreada con él ahora mismo que siento que podría estallar.

—¿Y yo qué sé?

—Vuelvo enseguida. —Justo cuando desaparece de nuevo dentro de la casa, su móvil pita con un mensaje.

Me sorprende que lo haya dejado en la mesa, porque normalmente no lo pierde de vista. Pero está claro que este rechazo de la hipoteca lo tiene con la cabeza en otra parte.

Alargo la mano por encima de la mesa y agarro el móvil para mirarlo más de cerca.

Entonces suelto un jadeo al ver el nombre en la pantalla.