Capítulo 8
TARA
—Pero, mamá, no es justo. —Olive le pega una patada al sofá—. Todos los demás de mi clase van.
—Es que esta vez no nos lo podemos permitir. —Voy a pasar por alto que mi hija acabe de darle una patada al sofá. Al fin y al cabo, casi entiendo que esté tan enfadada conmigo por negarle el viaje de esquí del colegio—. A lo mejor la próxima vez las cosas han mejorado.
—No me puedo creer que me hagas esto —grita, echándose la melena rubia y brillante por encima de un hombro.
El mío nunca se pareció ni de lejos a eso cuando yo tenía su edad.
Era más como el de mi otra hija: castaño apagado y todo enredado.
Pero Olive se levanta a las seis y media cada mañana para plancharse el pelo y maquillarse antes de ir al colegio, y eso se nota en lo impecable que va siempre.
Hasta guarda cremas faciales en una neverita portátil que se compró con el dinero de su cumpleaños—.
¿Qué les voy a decir a todas mis amigas?
—Diles la verdad —respondo—. Diles que, si tuviéramos el dinero que pide tu colegio, lo gastaríamos en unas vacaciones en familia, no en que te largues tan campante cinco días a los Alpes franceses.
Menudo lujo sería poder irnos de vacaciones. Ahora mismo, no creo que Franky pudiera despegarse del ordenador el tiempo suficiente para pasar siquiera un día en la playa, y mucho menos unas vacaciones en condiciones. Eso, para empezar, si nos sobrara algo de dinero.
—Te odio. —Olive vuelve hacia la puerta con gesto teatral, y Stella abre un ojo desde su rincón del sofá, como diciendo: contrólate .
—Me estás arruinando la vida. —Y entonces Olive sale de la habitación como alma que lleva el diablo, con el pelo ondeando por la ráfaga que levanta su furia, y da un portazo.
Apunto al televisor con el mando y bajo el volumen del telediario de las nueve para intentar oír lo que Franky le dice a Olive en el recibidor. Seguro que va a llamarle la atención a nuestra hija después de cómo acaba de hablarme.
Pero la casa sigue en silencio, salvo por los pasos de Olive subiendo las escaleras a pisotones y a toda velocidad. Mia se ha quedado a dormir en casa de una amiga, que es fin de semana. Ojalá yo también estuviera lejos de esta casa.
Me levanto del asiento y cruzo la moqueta con paso decidido. Si Franky no piensa hacer nada cuando me gritan te odio , entonces me toca a mí encargarme de que su comportamiento tenga consecuencias.
Cuando abro la puerta de un tirón, parece que llego justo a tiempo.
Mi marido minimiza a toda prisa la ventana del ordenador al darse cuenta de que me acerco por detrás.
Pero no es lo bastante rápido para impedir que vea la web que estaba visitando.
Se me olvida de golpe echarle la bronca por no reñir a Olive y me invade una furia nueva.
Franky está en una puñetera web de citas.
—¿Pero qué cojones? —Me planto detrás de él y me contengo para no estamparle el monitor en la cabeza. Con razón no tenía ninguna prisa por reprender a nuestra hija.
—¿Qué? —No se da la vuelta, pero veo cómo se le pone roja la nuca.
—He visto lo que estabas mirando. O mejor dicho, a quién . —Intento no gritar; no quiero que Olive nos oiga discutir, pero a ver quién no grita en una situación así.
—Ah, eso . —Se ríe, pero es una risa cargada de nervios. Sigue sin darse la vuelta para mirarme a los ojos. Sabe que lo calo, y siempre se le nota en la cara cuando miente—. Es documentación para el libro.
—Debes de pensar que soy gilipollas, Franky.
—De verdad, el libro va de catfishing .
—No me creo ni una palabra de lo que dices. No me extraña que ya no haya quien te despegue de ese trasto. Y menos si estás hablando con mujeres como ella . —Señalo la pantalla.
—Te lo juro, Tara. Las cosas ya están bastante mal en nuestra vida. ¿Cómo iba a complicarlas todavía más?
—Pues apártate y déjame mirar el ordenador. —Alcanzo a ver un nombre de mujer en la pestaña que ha minimizado. Antonia.
—Está bien, mira. —Con un suspiro, como si la culpa fuera mía, hace clic en la pestaña y vuelve a abrir la pantalla.
Ahí, ocupando toda la pantalla, está el perfil de una mujer de melena oscura, tez olivácea y ojos con maquillaje ahumado. Antonia, Harrogate, 35. No cuesta entender por qué le podía interesar tanto a mi marido. Es despampanante.
—Estoy usando a esta mujer como protagonista —explica—. De verdad, así es como empiezo: con fotos de internet. Mis personajes tienen que estar basados en personas reales.
—¿Y cómo sé yo que no os habéis estado escribiendo? —Busco en la pantalla algún icono de mensajes, pero ya la ha vuelto a cerrar antes de que consiga localizar nada. Pero volveré a entrar en su cuenta. Averiguaré lo que se trae entre manos aunque sea lo último que haga.
—¿Crees que tendría tiempo o fuerzas para algo que no sea mi trabajo y nuestra familia? —Mi marido pondrá voz tierna, pero no me creo nada de lo que dice. O sea, ¿qué hombre se mete en una web de citas con su mujer en la habitación de al lado? Documentación para el libro. Menuda chorrada.
—No puedes echarme en cara que no me fíe de ti, Franky. Lo único que veo, día tras día, es tu nuca delante de ese ordenador.
—Lo siento, cariño. Pero merecerá la pena, ya lo verás.
—Lo dudo mucho, la verdad.
La música de Olive arranca a todo volumen sobre nuestras cabezas, y la oigo dando golpes en su cuarto. Voy a tener que dejar aparcado lo de Franky. Apenas me quedan fuerzas para pelear. Al menos hasta que tenga más pruebas.
—Hablando de gente en internet, me ha bloqueado la cuenta.
Está cambiando de tema; seguro que lo hace a propósito para despistarme.
—Mira. —Abre Instagram, busca primero a Chloe Taylor y le sale una lista interminable de otras Chloe Taylor.
Después, Franky escribe twisted sister en la barra de búsqueda y, en lugar de Chloe Taylor, le sale el grupo de rock de los ochenta. —He intentado buscarla en Facebook y en TikTok. —Parece furioso—. Pero me ha bloqueado en todas partes.
—¿Es por el mensaje directo que le mandaste el fin de semana pasado? ¿Ese que dije que era Guerra y paz?
—¿Quién sabe? —Se encoge de hombros—. Pero la encontraré. Me da igual cuánto tarde: le voy a demostrar que con Franky Newsome no se juega, ni se le ignora. Estoy hasta las narices.