Capítulo 7
EL TROLL
Esta mujer lo tiene todo.
Ya lo sabía por el entorno ostentoso que muestra en internet, pero estar aquí fuera, mirando por sus ventanas desde la oscuridad de la calle, confirma todo lo que odio de ella.
Su casa y su jardín son absurdamente enormes. La repisa de la chimenea y las barandillas están cubiertas de lucecitas, y el interior, por lo que alcanzo a ver, parece impecable.
Está sentada en el salón, con la cara iluminada por el móvil, cuando de pronto levanta la cabeza de golpe, como si notara que la observan. Cuando se levanta del sofá, me agacho detrás de un coche, con el corazón martilleándome en el pecho. No quiero que me vea.
No es el momento adecuado.
Me incorporo un poco de la posición en cuclillas y compruebo, a través de las ventanillas del coche, que ya no mira hacia aquí, pero sí mira.
Hay un instante en que parece que nuestras miradas podrían haberse cruzado, así que me agacho un poco más, con las rodillas doloridas por mi mala forma física.
Mira a izquierda y derecha antes de bajar las persianas, primero en una ventana y luego en la otra, dejándome fuera, en el frío de la tarde de septiembre.
Pero nunca podrá dejarme fuera del todo.
Su sombra cruza el cristal esmerilado de la puerta principal camino de su reluciente cocina.
Espero que también baje las persianas ahí, pero en vez de eso saca una copa de uno de los armarios, luego una botella de la nevera, y se sirve una copa de vino bien generosa.
Casi puedo oír el gluglú del vino al caer.
Se me hace la boca agua al verla beber de su copa, mientras imagino el sabor del vino en mi propia lengua. Seguro que es del caro, no un vino peleón del súper. Al fin y al cabo, todo en ella rezuma dinero.
Solo hay un coche en la entrada, y me imagino que solo habrá un cepillo de dientes junto a su lavabo. No hay señales de que viva ningún hombre con ella: ni botas en el felpudo de la entrada, ni un segundo coche.
Vuelve al salón, seguramente otra vez al móvil. Está claro que no tiene nada mejor que hacer con su tiempo. Lo único que tiene es ese perro que lleva a todas partes: una compañía comprada por alguien incapaz de ganarse una de verdad.
Antes veía y leía todo lo que publicaba. Día tras día tras día. Me hervía la sangre por toda la atención que recibe, por no hablar de los lujos de los que disfruta. No solo la casa, sino también las vacaciones y los hoteles.
Al final se me hizo insoportable, y no pude aguantarme las ganas de decirle a ella y a sus supuestos fans lo que pensaba de esa mujer.
Algunos, no muchos, salen de vez en cuando en su defensa, pero la mayoría me dejan decir lo que pienso. Varias personas dan «me gusta» a los comentarios que publico. Está claro que están de acuerdo. Algunas hasta me lo dicen, y añaden sus propias opiniones. Me encanta cuando pasa.
¿Por qué a algunas personas les va todo rodado sin tener que esforzarse siquiera? Mientras los demás peleamos por cada palmo. ¿Y por qué la gente como ella va por ahí como si fuera alguien especial? Cuando no es más que una trepa con suerte.
No salva vidas. No construye ni arregla nada. Es un cero a la izquierda. Todos esos miles de seguidores y ni una sola persona de verdad sentada a su lado en ese sofá. Patético.
Pero lo más triste es que ni siquiera se da cuenta.
Tampoco presta atención a lo que pienso. Lo único que parece capaz de hacer es darle al botón de bloquear. Y me obliga a ingeniármelas y a crear cuentas nuevas para poder seguir llegando hasta ella.
Pero lo que le he dicho hasta ahora no parece haberle afectado ni lo más mínimo.
Así que voy a tener que subir la apuesta.