Capítulo 5
CHLOE
¿Te has mirado al espejo últimamente?
¿Y qué narices se supone que significa eso?
Vuelvo a echar un vistazo al vídeo que he publicado esta mañana, en el que enseño y comento los diez thrillers psicológicos que creo que todo el mundo debería leer antes de morir.
Cómo no, entre mis recomendaciones hay dos libros de Leanne Delaney, pero he completado la lista con algunos autores menos conocidos y un par de debuts, para darles también una oportunidad de verdad.
Como de costumbre, me he pasado casi una hora grabando, regrabando y editando lo que al final se ha quedado en poco más de dos minutos de vídeo.
Antes de eso me he pasado otra hora disimulando las ojeras, un grano del tamaño de Brasil que me ha salido en la barbilla y mi habitual pelo de recién levantada.
No hay nadie más crítica conmigo que yo, pero, si soy sincera del todo, no tengo tan mala pinta cuando me pongo delante de la cámara.
Mamá me diría que dejara de malgastar energía mental en estos comentarios asquerosos.
Pero no puedo evitar interiorizarlos. Yo era la niña empollona con gafas del colegio, la de la familia que nunca podía permitirse las marcas buenas.
Era un desastre en deportes y, en general, nada guay.
Cuando te han acosado por todo eso de adolescente, los comentarios envenenados de internet dejan moratón con mucha más facilidad.
Pulso el icono para abrir el perfil de quien ha comentado.
Está claro que se siente tan a gusto en su propia piel que ni siquiera se ha atrevido a poner una foto suya, justo como le comentaba a Elsie el fin de semana pasado.
En su lugar, ha subido una imagen de lo que parece una puesta de sol sobre el mar.
Solo tiene dieciocho seguidores, y lo único que pone en su biografía es Viviendo la vida día a día.
Ejem, sí. ¿No es eso lo único que puede hacer cualquiera?
Ruby se sube de un salto al sofá y se acurruca a mi lado, apoyando la cabeza en mi rodilla. No sé qué haría sin su compañía. Mi casa es silenciosa, demasiado silenciosa a veces, así que tenerla a mi lado lo cambia todo.
Mientras me acomodo de nuevo entre los cojines, veo unas cuantas notificaciones más abajo en el feed. La misma persona ha comentado en algunas de mis otras publicaciones.
En la publicación de ayer, Si te encantó ese libro, este te encantará , ha escrito:
Alguien debería llevarte a que te corten el pelo en condiciones.
Me pregunto si podría ser una de las chicas del colegio, una de las que me acosaban. Este sería el tipo de insulto que me habrían soltado en aquella época. A lo mejor han visto mis publicaciones de estos últimos meses y están celosas. A lo mejor piensan que ahora soy alguien, cuando no lo soy.
Sigo siendo la Chloe de siempre. Sí, puedo permitirme vivir en un sitio precioso y también viajar, pero sigo teniendo los pies bien plantados en el suelo.
Sigo soñando con conocer algún día al hombre de mi vida y formar una familia.
Miro la foto enmarcada de Jonathan y Hannah de bebés.
Quizá algún día una foto de mis propios bebés esté a su lado en el alféizar de la ventana.
O quizá no. Puede que me vaya bien profesionalmente, pero no es que los posibles novios hagan cola en mi puerta para invitarme a salir.
¿Alguien te ha dicho alguna vez lo fea que eres?
Estupendo. Justo lo que no necesitaba oír.
Este comentario apareció anteayer, en una reseña que publiqué de un debut.
Hay comentarios tan bonitos en el vídeo que da rabia que este lo haya tenido que estropear.
La verdad, esperaba que alguno de mis seguidores saltara en mi defensa, pero nadie ha dicho ni palabra.
¿Y si en el fondo todos están de acuerdo con lo que dice este troll?
¿Y si sigo siendo tan fea ahora como cuando era adolescente?
Me muero por sentirme tan a gusto en mi propia piel como sugieren los vídeos que hago. Pero lo único que ve la gente es el acabado impecable y reluciente, no lo que pasa entre bambalinas, y desde luego no lo que me da vueltas por la cabeza.
Ruby da un respingo cuando me levanto de golpe y me planto delante del espejo que hay encima de la chimenea, pasándome los dedos por la melena oscura y ondulada, a la altura de los hombros, y escudriñando la cara que llevo tantos años intentando aceptar.
La ortodoncia que aguanté durante tanto tiempo me corrigió los dientes salidos, las gafas las he cambiado por lentillas y las orejas de soplillo ahora las tapo con el pelo.
Pero ¿qué narices estoy haciendo? Estoy dejando que este idiota me coma la cabeza pero bien. Mamá se pondría hecha una furia si lo supiera.
Cojo el móvil del sofá y pulso «bloquear» en el perfil de quien me está acosando. ¿Por qué no lo he hecho directamente después del primer mensaje? ¿Por qué me he obligado a leer otros dos comentarios? Puede que haya más, pero ahora que he bloqueado a quienquiera que sea, no puedo leerlos.
Aun así, el corazón me sigue latiendo a mil cuando me vuelvo a sentar, y se me acelera todavía más cuando veo que me entra una llamada de voz por Instagram.
Dios mío, no me puedo creer quién me llama.