Capítulo 4
TARA
—Mira esto, Tara, no me lo puedo creer. —Apenas he cruzado el umbral tras un largo día de trabajo y Franky ya está despotricando. Está pálido y cansado. Mando a Stella de vuelta a su cesta cuando intenta hacerme fiestas alrededor de los pies. No tengo energía ni siquiera para la perra.
—¿Y ahora qué pasa? —Dejo caer las bolsas de la compra junto a la puerta y cruzo a toda prisa el recibidor.
Tiene abierta la ficha de uno de sus libros, así que no puede ser nada demasiado grave.
Frunzo la nariz por el olor: una mezcla de sudor y perro.
Por mucho que limpie, no consigo quitar ese tufo rancio.
—Me gustaría verla a ella escribir un libro.
—Se le endurece la voz mientras señala la pantalla con el dedo—.
No tiene ni idea de lo que me ha costado escribir esto, ni del tiempo que le he dedicado, para que luego venga ella a destrozarme cada palabra que he escrito.
¿Qué clase de persona le hace algo así a la obra de otro?
Repaso la reseña que tanto lo ha alterado.
Espantoso es quedarse corto. Estrellas negativas , reza el titular. Ay, madre. Con razón tengo siete llamadas perdidas en el móvil. Seguramente lleva toda la tarde intentando desahogarse.
—¿Te lo puedes creer? —Su voz es una mezcla de abatimiento y furia.
—Espera, deja que la lea entera. —Miro a mi marido y enseguida me arrepiento de haberlo hecho. Últimamente apenas lo reconozco. A saber cuándo se afeitó por última vez, y lleva la misma ropa que ha llevado todo el fin de semana.
O sea, dos horas de mi vida que nadie me va a devolver. No pude leer semejante bodrio más que eso y, la verdad, ni yo me creo que aguantara tanto, esperando a ver si la cosa mejoraba.
Es una pena que el libro fuera tan espantoso, porque la idea podría haber sido brillante en manos de un autor decente; hasta de uno con una pizca más de talento que Franky Newsome.
Llegué a la cuarta parte, y eso quedándome dormida dos veces por el camino. La prosa es farragosa, demasiado descriptiva y recargada. La historia es aburrida y, sinceramente, no hay trama que valga.
Está claro que al autor le encanta oírse a sí mismo, pero a mí, desde luego, no me gusta ni un ápice.
—Es solo una reseña, Franky. La opinión de una persona.
—Le pongo la mano en el hombro, pero se la sacude de encima.
No sé para qué me molesto. De hecho, hay días en que no sé ni para qué me molesto en volver a casa.
Atrás quedaron los días en que me preguntaba qué tal el trabajo.
Es como si el mundo entero girara en torno a él y solo a él.
—Pero no es solo la opinión de una persona. —Hunde la cabeza entre las manos.
La reseña siguiente también es negativa. El titular dice: Esto podría haberlo escrito un niño.
Hagas lo que hagas, no compres este libro. Ahórrate el dinero. Gástatelo en algo más provechoso que este montón de tonterías pretenciosas.
Debajo hay varias reseñas del mismo estilo.
De acuerdo, era el primer libro de Franky, y sé por lo que él mismo dice que los autores a menudo necesitan tres o cuatro libros para encontrar su voz y su estilo, pero, la verdad, esto no es bueno.
Respiro hondo. Es hora de decir lo que llevo tiempo posponiendo.
Con la solicitud del préstamo denegada, y ahora esto, la conversación que tenemos pendiente ya no se puede aplazar más.
Lo del préstamo me ha dejado hundida. Llevo todo el día queriendo ponerme en contacto con esa tal Jade Harrison de la cooperativa de crédito para rebatir su decisión y ver si podemos recurrir, pero he estado hasta arriba en el trabajo.
No tiene ni idea de hasta qué punto contábamos con que nos aprobaran la solicitud.
—Vas a tener que buscar trabajo, Franky. —Retrocedo un paso, preparándome para la inevitable explosión—. No podemos seguir así de precarios.
—Pero dijiste que apoyarías mi carrera como escritor. —Se levanta del asiento. Es tan alto que, de pie, me saca una cabeza—. Me prometiste que podría dedicarme a escribir.
—Has tenido dieciocho meses. —Le planto cara. Me niego a dejarme intimidar por él, ni por él ni por nadie, la verdad—. Y por desgracia, no ha salido bien.
Hace dieciocho meses las cosas eran distintas.
Tras el despido de Franky teníamos lo que parecía bastante dinero en el banco, sentíamos que nuestra casa estaba relativamente a salvo y mi marido estaba ilusionado y contento con lo de escribir.
Entonces no había tanta presión; por eso todavía le quedaba algo de tiempo y de energía para los demás de la casa.
—¿Así que me exiges que renuncie a lo único que importa en mi vida? —Se deja caer de nuevo en el asiento, pero gira la silla para que sigamos cara a cara.
—¿Y yo, y las niñas? ¿Nosotras no importamos? —Justo en ese instante Stella salta de su cesta y viene trotando, meneando la cola—. ¿Y la perra? Seguro que ni la has sacado de casa hoy.
Baja la cabeza. De algún modo, parece que consigo abrirme paso entre su autocompasión. —Lo siento, cariño.
Me llama cariño , para variar. A lo mejor se ha acordado de que soy su mujer y no solo la criada.
—¿Dónde están Olive y Mia? —Recuerdo cuando las dos venían corriendo a la puerta, hicieran lo que hicieran, a recibirme al volver del trabajo.
Pero ahora que una de ellas es adolescente, lo de traer a la perra a casa ha resultado ser una gran decisión.
Al menos hay alguien en esta casa que se alegra de verme cuando llego.
Franky señala hacia arriba con un movimiento de cabeza, indicando que las dos están donde suelen estar, en sus habitaciones, a salvo de su mal humor.
—Supongo que van a necesitar que les haga la cena, ¿no?
Su silencio lo dice todo mientras la luz del monitor se le refleja en la cara.
—¿Te has movido siquiera de delante de esa pantalla desde esta mañana?
—Todo esto de las reseñas me ha afectado.
—¿Te parece que estás siendo justo, Franky? —Levanto los brazos—. Yo me he pasado el día de pie en esa panadería, ¿y esperas que llegue a casa, saque a la perra, haga la cena, me ocupe de la casa y atienda a las niñas, mientras tú te quedas ahí sentado persiguiendo tu quimera?
—¿Quimera?
—Pues no paga ninguna factura.
—Si esa Chloe Taylor hubiera hecho lo que le pedí y grabado un solo vídeo para promocionar uno de mis libros, estaríamos en otra situación.
—Se pasa la mano por la barba pelirroja incipiente—.
He visto lo que ha hecho por otros autores, pero conmigo ni siquiera se plantea hacerme el favor.
¿Viste el mensaje que me mandó ayer, ese en el que me doblaba la tarifa?
—Claro que lo vi. —No quiero que vuelva a saltar, pero habría sido más amable por su parte ignorarle los mensajes que contestarle así.
—Podría haberlo cambiado todo con un solo vídeo. —No suelta el hueso.
—Pues tendrás que pensar en otra solución milagrosa. Como buscar trabajo.
—Hay otra cosa que tengo que contarte, Tara.
—¿Qué?
—Nos ha llegado una carta de la asesora hipotecaria. —Saca un sobre que tenía al lado del teclado.