El Troll Capítulo 3
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Capítulo 3

CHLOE

—¿Has visto esto, Elsie?

Mientras mamá trajina en la cocina con los moldes para el Yorkshire pudding y el delicioso olor a rosbif nos envuelve, le enseño a mi cuñada la ristra de mensajes que me ha mandado Franky Newsome últimamente.

Mis sobrinos están callados por una vez, los dos absortos en sus respectivas pantallas, con mi perra acurrucada a su lado en el suelo. Mi hermano también está pegado a su pantalla, con el ceño fruncido, casi su expresión permanente.

—Madre mía, menudo gilipollas engreído. —Elsie se ríe mientras recorre la pantalla de mi móvil.

—Y un creído de cuidado, por lo que dice el mensaje. —Papá se asoma por encima del hombro de Elsie, detrás de su sillón. Lleva puesta la ropa vieja de jardinear, así que seguro que mamá no tardará en mandarle que se cambie para comer—. ¿Sus libros merecen la pena?

—Con la actitud que tiene, me da igual que sus libros sean mejores que los de Leanne Delaney. —Hago una mueca—. Vamos, ¿quién narices se cree que es?

—¿Ya tienes fecha para el estreno de la película? —Elsie se inclina hacia delante en el sillón, con cara de emoción—. Ojalá pudiera ir yo. Me he leído el libro dos veces, y con Maretta Charles y Brandon Guest de protagonistas, apuesto a que la película puede ser incluso mejor que el libro.

—Yo también lo creo. —Recupero mi móvil.

—Ya no puede quedar mucho.

—El martes de la semana que viene. —Hago una mueca de pura emoción al pensar en el evento, que por fin puedo contar en días en vez de en meses—. Hasta me van a alojar en un hotel de cinco estrellas.

—Cómo vive la otra mitad, ¿eh? —Papá me da un empujoncito juguetón en el hombro—. Pero espero que te lleven en coche con chófer por Londres. No me gustaría imaginarme a mi niña borracha como una cuba, deambulando sola por una ciudad grande y peligrosa.

—Que ya soy mayorcita, papá. —Sin embargo, en el fondo me reconforta la preocupación de mi padre por mi seguridad, así que sonrío.

Estaría bien que mi hermano pensara igual, pero me temo que esos días quedaron muy atrás.

Aun así, me alegro mucho de que mamá me mandara un mensaje para recordarme esta comida.

No hay nada que me haga más feliz que estar entre los míos.

Miro por la ventana el jardín soleado en el que Matt y yo correteábamos de pequeños, el jardín en el que mi padre, ahora que se acaba de jubilar, tiene tiempo de volcarse en cuerpo y alma.

—Bueno, niños, creo que ya habéis tenido bastante rato con esas pantallas. —Elsie cruza una pierna enfundada en vaqueros sobre la otra—. Seguro que a la tía Chloe le gustaría ver algo más que vuestras coronillas. Y al abuelo también.

—La verdad, será mejor que vaya a ver si vuestra madre necesita una mano. Ya sabéis lo agobiada que se pone con el asado del domingo.

—Jo, mamá, solo cinco minutos más —protesta mi sobrino, Jonathan.

—¿Qué es eso que os tiene tan enganchados? —Me levanto del sofá y me arrodillo junto a mi sobrina en la alfombra mullida para investigar—. ¿Qué hay más interesante que vuestra querida tía?

Jonathan está obsesionado con una demo de un videojuego en YouTube, y Hannah está mandando SnapChats a sus amigas del cole.

—Tú estás igual de enganchada a tu pantalla, Chloe. —Mi cuñada se ríe—. Te echo toda la culpa a ti de su adicción. Y a él . —Señala con la cabeza en dirección a mi hermano.

—Estáis pendientes de lo que hacen, ¿verdad? —Miro de mi hermano a mi cuñada. Puede que me esté pasando de la raya, pero con nueve y once años, Hannah y Jonathan son muy pequeños para andar mandando mensajes.

—Pues claro que sí —salta él sin siquiera levantar la vista del móvil—. Y no necesitamos que alguien que nunca ha tenido hijos nos dé lecciones de cómo ser padres.

Ay.

—¡Matt! —Elsie frunce el ceño y luego articula en silencio la palabra perdón .

—Solo quería decir que hay mucho chalado suelto —añado después en voz más baja—. Y muchos parecen venir directos a por mí.

—¿Hablas de ese tal Franky Newsome? —pregunta Elsie.

—Entre otros. No me importaría tanto, pero los que tienen el morro de comentar mi aspecto o no tienen foto de perfil, o parecen salidos directamente de la cámara de los horrores.

—No sé quién sería capaz de hacer comentarios ofensivos sobre tu aspecto —dice Elsie—. Ni puñetero caso.

—¡La comida está lista! —Hasta a Ruby se le levantan las orejas cuando, poco después, la voz de papá brama desde la cocina.

Con la comida del domingo siempre es el mismo ritual.

Papá preside las fuentes mientras entramos y nos servimos, tan orgulloso como si hubiera cocinado él toda la comida, aunque lo único que hace es remover la salsa y ayudar a mamá a sacarlo todo del horno.

Ella se estresa cocinando para tanta gente, pero le encanta tenernos a todos juntos, siempre y cuando después recojamos la cocina y le preparemos una taza de té.

—Bien hecho, papá. —Paso junto a él y cojo el plato que me ofrece mi madre, con el delantal puesto—. La salsa tiene mejor pinta que nunca.

Ruby se acurruca junto a la puerta trasera, y su pelaje rojizo se confunde con el color del felpudo. Tendrá su propio plato de comida, pero no hasta que los demás hayamos terminado de comer.

—Qué bonito que hoy estemos todos aquí. —En vez de servirse carne en su propio plato, la deja en el mío—. Te hemos echado de menos, Chloe.

—Lo siento. —No es muy habitual que papá diga algo tan sentido. La cocina se queda un momento en silencio hasta que habla mi hermano.

—A mí nunca me dices esas cosas —suelta—. Solo al ojito derecho.

—Ay, Matt. —Elsie pone los ojos en blanco—. Déjalo ya.

—Nos preocupamos cuando pasamos tanto tiempo sin saber de ti —añade mamá.

Me alegra que no le siga la corriente a mi hermano. Él solito queda como un idiota con sus comentarios ridículos.

—Os prometo que a partir de ahora me esforzaré más por venir los domingos. Es solo que…

—¡El trabajo! —dicen Hannah y Jonathan a la vez antes de partirse de risa.

—Pero ahora eres tú la jefa, ¿no? —Papá se seca la frente, cada vez más despejada, con un paño de cocina—.

Así que digo yo que podrás elegir tu horario, sobre todo el fin de semana.

Y más ahora que eres una crítica de libros tan importante.

—Me hace una reverencia burlona y luego vuelve a la fuente de carne.

—Anda ya, papá. Además, si alguna vez se me suben los humos, no tengo más que pasarme por aquí para que me los bajen. —Miro de reojo a mi hermano, deseando que me devuelva la sonrisa como habría hecho en otros tiempos. Pero, como siempre, frunce aún más el ceño.

—Abuela. —Jonathan coge sus cubiertos del bote que hay en el centro de la mesa—. Creía que no podíamos usar el móvil durante la comida, y a la tía Chloe no para de encendérsele el suyo. —Señala hacia donde lo he dejado, junto al mantelito individual más cercano a la ventana.

—Chivato. —Le revuelvo el pelo—. Si vas a chivarte, jovencito, a lo mejor me voy yo sola a los columpios cuando hayamos comido.

—¿Eso significa que puedo recuperar mi tablet si no voy al parque? —Se le sube la voz y se le ilumina la cara.

—No, no significa eso. —Elsie niega con la cabeza—. Te guste o no, vienes al parque cuando hayáis hecho la digestión. Un poco de aire fresco y correr un rato es justo lo que necesitáis tu hermana y tú.

Suspiro de felicidad mientras me siento a la mesa con mi familia y doy sorbos al vino tinto afrutado que mamá ha servido para los adultos. Para esto son los domingos, para estar con la gente a la que quiero: desconectar y comer algo delicioso, aunque mi hermano sea un puñetero amargado.

Por ahora, los libros, los autores engreídos e incluso mi ídolo, Leanne Delaney, dejan de ocuparme la cabeza. Solo temporalmente. Mañana se retoma la programación habitual.

Mientras los niños se preparan para ir al parque, no puedo resistirme a echar un vistazo al móvil solo para ver cuántas visualizaciones ha sumado la publicación de esta mañana, la que grabé en el supermercado, desde la última vez que miré.

Hala, ha superado las treinta mil, como era de esperar cuando grabo cualquier cosa relacionada con Leanne Delaney.

No me puedo creer la suerte que tengo de estar entre las primeras personas en ver su película y, por fin, después de todos los mensajes que nos hemos mandado, poder conocerla en persona. Solo espero que se me ocurra algo que decir y no me quede muda de los nervios y la emoción.

—Mira, ya está con el mono del móvil. —Elsie se ríe y me señala—. En serio, estás igual que los críos.

—Me ha escrito ese hombre. —Debería haber dejado el móvil en el bolso, con la cremallera cerrada.

—¿Y qué dice? —Se recoge el pelo en una coleta y se coloca a mi lado, agachándose un poco porque es mucho más alta que yo.

—Te lo leo.

Han pasado varias horas desde que le escribí y veo que sigue sin contestar. ¿Y si lo dejamos en 500 libras? Esa tendrá que ser mi oferta final.

—Lo plantea como si me estuviera haciendo un favor… ¡ oferta final ! —Le pongo la pantalla delante a Elsie—. En serio, es el pesado de los cojones y ojalá dejara de escribirme. Hay un montón de bookfluencers que le grabarían un vídeo por ese precio.

—Pero ninguno tiene ni de lejos tanto tirón como tú.

Noto que se me suben los colores mientras le engancho la correa a Ruby, que espera. —Voy a tener que contestarle, ¿verdad, Elsie? Es la única forma de quitármelo de encima.

—Dile que, en exclusiva para él, le duplicas la tarifa. —Elsie se incorpora tras atarse las zapatillas, con una sonrisa de oreja a oreja—. Dile que esa es tu oferta final.

—Uf, no sé.

—Con eso sí que te lo quitarías de encima. Venga, considéralo un reto.

—Venga, tía Chloe. —Jonathan y Hannah esperan en la puerta.

Le devuelvo la sonrisa a mi cuñada antes de pasarle la correa del perro para que la sujete. —Ya sabes lo que pasa siempre que me retas.

—Por eso lo he hecho.

—Un segundito, niños. —Abro los mensajes directos y empiezo a redactar la respuesta.

Los dos protestan mientras leo en voz alta lo que voy escribiendo.

Estimado Sr. Newsome: gracias por los mensajes que me ha enviado hoy, domingo, un día que me gusta dedicar a mi familia.

He considerado su oferta detenidamente y me gustaría responder con una contraoferta exclusiva.

Por ello, he duplicado mi tarifa original a 6.

000 libras. Un cordial saludo, The Twisted Sister.

—Se va a poner hecho una furia. —Elsie agarra el pomo y abre la puerta. Los niños salen disparados hacia la verja como animales salvajes.

Salgo detrás de ellos y me giro hacia ella. —¿Le has preguntado a Matt si quería venir al parque?

Pone cara de circunstancias y asiente. —No hace falta ser adivina para saber qué ha contestado.

—Seguramente no debería haber enviado ese mensaje. No es que sea muy profesional que digamos.

—Qué va. —Elsie coge el balón del porche—. Al fin y al cabo, un negocio consiste tanto en ahuyentar a quien no te conviene como en atraer a quien sí.

—Sé que tienes razón —contesto—. Pero el mensaje que ha mandado antes el tío ese tenía, bueno, como una especie de advertencia, ¿no te parece?

—¿A qué te refieres?

—Hablaba de proteger mi reputación online . ¿Crees que podría estar planeando algo horrible?

—¿Como qué?

—No lo sé… ¿una especie de campaña de desprestigio? —Me guardo el móvil en el bolsillo—. Todos los días oyes hablar de gente a la que cancelan en internet.

Es uno de mis mayores miedos. Todo mi sustento depende de mi presencia online.

—Ese hombre es un pirado. —Elsie me lanza el balón y, con unos reflejos aún tan buenos como cuando mi hermano me hacía la misma jugada, lo atrapo al instante—. No puede hacerte nada .

Pero por mucho que mi cuñada intente tranquilizarme, no puedo evitar preocuparme por si haberme puesto a malas con Franky Newsome, autor de thrillers psicológicos, acaba volviéndose en mi contra.

Al fin y al cabo, se gana la vida matando gente. Investiga cómo cometer un asesinato sin que te pillen. Puede que solo sea sobre el papel, pero aun así me da grima.