El Troll Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—«Se le ha aplicado un recargo de 45 libras por pago atrasado en su tarjeta de crédito».

Franky gira la cabeza de golpe hacia mí. —¿Cuál?

—La tarjeta que sacaste a mi nombre.

Se queda callado, cosa que no me sorprende. Cuando la sacó, me prometió que tenía la estrategia perfecta para cuadruplicar lo que pensaba gastarse en anuncios, pero acabó siendo tan inútil como el resto de sus predicciones.

—Y la siguiente carta es —tamborileo con los dedos en la rodilla, imitando un redoble— por el impago del impuesto municipal. Excelente. Encima amenazan con mandar agentes de embargo si no se paga en los próximos veintiocho días. Franky, no podemos seguir así.

—Cuéntame algo que no sepa.

—También parece que ya tenemos la respuesta sobre el préstamo. —Agito la carta en el aire mientras me pongo de pie otra vez—. Al menos esto quizá nos saque del pozo.

—Dámela. —Franky extiende la mano—. Las cartas que abres tú parece que solo traen malas noticias.

Lo dice como si fuera culpa mía. No creo que valore lo mucho que trabajo, llevando la panadería desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde, y encima hoy, en uno de mis preciados días libres, yendo de aquí para allá limpiando la casa mientras él está ahí sentado sobre su culo mirando el ordenador.

Me saca de quicio la de horas que se tira en ese escritorio.

Y aun así, por mucho que no pare de un lado a otro, no consigo quitarme todo este peso de más que he cogido en el último año y medio. Le echo la culpa a mis niveles de cortisol, sin duda por el estrés. Y de eso culpo directamente a mi marido.

Contengo la respiración mientras Franky corta la parte de arriba de la carta con el abrecartas.

Por favor, por favor, por favor, que hayan aprobado el préstamo , digo para mis adentros.

De mi última nómina, lo que debería haber ido a pagar facturas se fue en equipar a las niñas para el nuevo curso.

Los blazers, los abrigos, los zapatos y todo lo demás del uniforme no salen baratos, y menos cuando una de ellas está en segundo del instituto selectivo, intentando no ser menos que las demás.

Todas las amigas de Olive son de familias con dinero, y no hay quien la aguante con eso.

Mia solo tiene diez años, así que no es tan materialista como su hermana de trece, pero lo veo venir.

Desde luego es lo bastante lista como para aprobar el examen de acceso al instituto selectivo (el «eleven plus») y entrar.

Así que dentro de poco tendré a las dos haciéndome sentir culpable a la mínima ocasión.

—Nuestra solicitud de préstamo ha sido denegada. —La voz de Franky es totalmente inexpresiva.

—¿Qué? —Al principio creo que lo he oído mal—. Pero ¿por qué?

Dios mío. Estaba segurísima de que nos lo iban a aprobar, sobre todo siendo a través de una cooperativa de crédito, que se supone que ayuda a quienes tienen un mal historial crediticio.

Se encoge de hombros. —La ha firmado esa estirada de la oficina de Ilkley.

—¿Jade? —Me viene a la mente la cara que puso cuando Franky le dijo que era autor autopublicado. Al salir del edificio, él había comentado: Siempre es lo mismo. Solo porque no tengo una editorial pija respaldando lo que escribo, las listillas sarcásticas como ella dan por hecho que es una mierda.

—Jade Harrison. —Franky paladea su nombre casi con aire pensativo, como si lo saboreara antes de escupirlo al suelo. Le conozco esa expresión.

Me acerco a su escritorio mientras teclea «Jade Harrison, Ilkley» en Instagram, y aparece toda una ristra de Jade Harrison en los resultados.

La que él tiene en mente es la segunda desde arriba, luciendo esa misma sonrisa condescendiente que nos dedicó al otro lado del mostrador cuando jugaba a ser Dios con nuestras finanzas.

Sabe que trabajo; podría haber aprobado nuestra solicitud.

—¿Qué haces? —jadeo—. No irás a mandarle un mensaje a ella también, ¿verdad?

—A esa me la apunto —responde con gesto sombrío—. ¿Esa es otra carta? —Mira el único sobre sin abrir que aún sostengo, con nuestra dirección escrita a mano por delante.

—A lo mejor esta es buena noticia. —Lo rasgo para abrirlo—.

Desde luego, esta carta tiene una pinta algo más amable que las demás.

Hasta podría ser de la asesora hipotecaria, para decirnos que nos la han concedido.

—Aunque, si soy sincera conmigo misma, sé que es poco probable.

Si no conseguimos ni un préstamo de la cooperativa de crédito, ¿cómo demonios vamos a conseguir una hipoteca?

Pero la carta es de nuestro casero, y confirma lo que dijo hace unas semanas cuando nos hundió el mundo.

Estimados señores Newsome:

Por la presente confirmo nuestra reciente conversación.

Tengo previsto poner a la venta el número 7 de Crosby View y les ofrezco la opción preferente de compra del inmueble.

Disponen de veintiocho días, a partir de la fecha de esta carta, para realizar las gestiones necesarias y presentar una oferta aceptable.

Un cordial saludo, Simon Bradbury (arrendador)

Cruzo los dedos para que la compra de esta casa salga adelante. Una de mis clientas de la tienda me recomendó con entusiasmo a la asesora hipotecaria; por lo visto, hace milagros. Pero en nuestro caso va a tener que hacer unos cuantos.

No podemos, no podemos perder la casa que llevamos diez años alquilando a un precio tan razonable.

Supongo que deberíamos estarle agradecidos al casero por darnos esta oportunidad de comprar, pero aun así no me creo que vaya a venderla y dejarnos sin hogar después de tanto tiempo siendo tan buenos inquilinos. Me parece que le puede la codicia.

Tampoco me creo que los astros se vayan a alinear y podamos comprarla. No con las deudas que tenemos.

Franky habla de que no tiene un plan B para su carrera como escritor, pero nosotros tampoco tenemos un plan B con lo de la casa.

Lo cual nos deja más desesperados que nunca. Franky suele decir «cuando una puerta se cierra, otra se abre» . Sin embargo, lo único que veo yo es que, miremos donde miremos, otra puerta se nos cierra en las narices.