Capítulo 2
TARA
—¿Por qué algunas personas lo tienen todo mientras otras no tienen nada? —Franky levanta la vista del ordenador mientras yo voy de un lado a otro por el recibidor con el plumero.
El hueco bajo la escalera se ha convertido en el diminuto despacho de mi marido, literalmente el único rincón de toda la casa donde cabía su mesa sin que nadie tropezara con ella y se hiciera daño.
No es que las niñas pasen mucho tiempo aquí abajo últimamente; están demasiado ocupadas poniendo eso que ellas llaman música —yo lo llamo ruido— en sus cuartos.
—En vez de quedarte ahí sentado torturándote, ¿por qué no te haces útil y sacas al perro? —La verdad es que me vendría bien quitarme a Franky de en medio. Desde luego, me vendrían bien veinte minutos de paz. No habla más que de su trabajo y de sus libros, y no hace más que quejarse.
—Mírala, con su contrato para el cine y todo el mundo alucinando con sus libros. —Señala la pantalla—. ¿Por qué cojones no me pasa a mí algo así para variar?
—A lo mejor te esfuerzas demasiado —respondo. Me gustaría decirle a lo mejor sus libros son mejores que los tuyos , pero me cortaría en seco.
—Vivimos en un mundo en el que el ganador se lo lleva todo, Tara, y yo, desde luego, estoy a punto de plantarme y hacerme valer. —Mi marido se reclina en su silla giratoria y se cruza las manos detrás de la cabeza—. Lo que yo escribo es tan bueno como lo de esa mujer.
—Quizá si dedicaras más tiempo a escribir y menos a compararte con quienes llevan mucho más tiempo en esto…
—Leanne Delaney empezó a escribir casi al mismo tiempo que yo, para que lo sepas; lo he leído en su biografía.
—Franky se gira en la silla para mirarme por debajo del flequillo demasiado largo, pero noto que en realidad no me ve.
Hace mucho que no me ve. Ni siquiera se dio cuenta ayer, cuando volví a casa después de que en la peluquería me destrozaran el pelo.
Dije que quería un corte bob, pero, en lugar de imitar la preciosa foto que encontré en internet, ahora el pelo apenas me llega a las orejas.
Estuve a punto de gritar ¡para! después del primer tijeretazo, pero entonces me di cuenta de que ya era demasiado tarde.
Tampoco es que se pudiera volver a pegar el pelo en su sitio.
—Así que a lo mejor ella simplemente hace las cosas de otra manera.
—Ha contado con el apoyo de gente como Chloe Taylor . —Nunca había oído a nadie pronunciar el nombre de otra persona con semejante desprecio.
Franky vuelve a la pantalla y abre una imagen de la influencer, o bookfluencer , como se hace llamar ella, en quien ha depositado todas sus esperanzas de éxito. —Seguro que a Leanne Delaney no le cobra tres mil libras por cinco vídeos de mierda.
—Seguro que le cobra bastante más. —Me agacho a recoger los zapatos de Olive y Mia del felpudo y colocarlos en el zapatero. Debería gritarles que bajen a hacerlo ellas mismas, pero no me oirían con el estruendo que tienen montado arriba.
—Le he mandado otro mensaje —dice Franky.
—¿A quién? —Seguro que no le está escribiendo a la autora. Demasiado ocupada y demasiado importante para hacerle caso a Franky.
—A The Twisted Sister , que es como se la conoce en Instagram.
—¿La bookfluencer?
—Sí. Calculo que, si le escribo las veces suficientes, conseguiré que cambie de opinión.
—¿Sobre qué? —Me pongo de pie otra vez para mirar mejor su pantalla. El asunto con esta mujer lo tiene obsesionado.
—Sobre que baje sus tarifas.
—Por favor, no te comprometas a nada, Franky. No podemos permitirnos más gastos.
—Pero ella podría encumbrar o hundir mi carrera. Si consigo que me cobre menos, que recomiende mis libros es una obviedad.
—¿Y qué pasa con la hipoteca para la que se supone que estamos ahorrando la entrada? Si esa asesora hipotecaria que fuimos a ver la semana pasada consigue cuadrarnos todo, vamos a necesitar hasta el último penique.
—Tendríamos mucho más de lo que necesitamos con que consiga que haga un vídeo.
—Lo que nos queda en el banco no es para malgastarlo en una bookfluencer de mierda.
No voy a mencionar que compruebo cada dos por tres que sigue en nuestra cuenta conjunta; solo serviría para montar una bronca.
—No es ninguna bookfluencer de mierda . —Frunce el ceño mientras abre la pantalla de mensajes—. En fin, lee este mensaje que le he mandado. A ver qué te parece.
El mensaje que le ha enviado es como un ensayo en miniatura. Joder, solo de verlo tan denso en la pantalla ya echa para atrás.
No entiendo cómo puede justificar el cobro de unas tarifas tan desorbitadas por apenas treinta minutos de su tiempo.
También me consta de buena fuente que ha hecho vídeos gratis para otros autores noveles, así que ¿por qué no me concede la misma cortesía?
Por el bien de su reputación online, le insto a rebajar su tarifa a trescientas libras.
Sería un reflejo más justo del esfuerzo que conlleva.
Un saludo, Franky Newsome, autor de thriller psicológico.
—Madre mía, ya sé que eres escritor, pero esto es Guerra y paz para un mensaje de Instagram. ¿Era un borrador o le has dado a enviar de verdad?
—Pues claro que lo he enviado —responde—. Y no dudaré en repetir lo que pienso sobre la forma injusta en que trata a la gente si no recibo la respuesta que quiero.
—Repetir lo que piensas… ¿dónde?
—En Instagram, ¿dónde va a ser? —Se quita las gafas y se frota los ojos—. Y en cualquier otro sitio donde pueda, desde mi plataforma.
Me doy la vuelta. No hace falta que le diga en voz alta lo que ya sabe: que su supuesta plataforma no existe, y no veo que eso vaya a cambiar nunca.
Podrá tener estos sueños descabellados, pero da la sensación de que estamos destinados a estar siempre sin blanca.
Tal como van las cosas, no nos veo teniendo nunca un hogar estable.
—¿Vas a sacar a Stella a pasear o qué? —Señalo a nuestra vieja perra pastor alemán, en su cesta en un rincón del recibidor, que levanta una oreja al oír su nombre. Es un milagro que me haya oído siquiera por encima del bum, bum, bum que retumba a través del techo.
—Que la saque una de las niñas. —Frunce el ceño ante la pantalla—. Y, ya que estás, diles que BAJEN ESE PUTO RUIDO.
Sus gritos me hacen dar un respingo. Nunca he conocido a un hombre que grite tan alto como mi marido. Basta para que Stella se hunda todavía más en su cesta.
Me sorprende que las dos niñas lo hayan oído, pero casi al instante baja el volumen de arriba.
Si fuera yo quien les dijera a nuestras hijas que bajaran la música, no me harían ni caso, pero cuando su padre dice «saltad», ellas preguntan «¿a qué altura?
». Están tan ansiosas por mantener la paz como yo, sobre todo cuando Franky está trabajando, cosa que hace cada minuto que pasa despierto.
Y luego, por la noche, mientras los demás dormimos, se queda levantado hasta las tantas.
El ordenador se ha vuelto mucho más importante para él que el tiempo con su familia.
Una silueta aparece en el cristal esmerilado de la puerta de entrada. Pero justo cuando quien sea levanta la mano para llamar, yo ya he abierto.
—He pensado que mejor te traía esto. —Nuestra vecina, Linda, me planta un paquete en las manos mientras yo entrecierro los ojos por el contraste entre la penumbra del recibidor y el sol radiante—. Ayer no abrió nadie cuando pasó el cartero.
—Estaría en el trabajo —respondo, cogiendo el paquete—. Gracias. Que te vaya bien. —Parece que va a decir algo más, pero yo ya estoy cerrando la puerta.
—¿Y dónde estabas tú ayer cuando pasó el cartero?
—Salí un rato.
—¿Y dejaste solas a las niñas?
—Las dos estaban fuera, cada una a lo suyo.
—¿Y adónde fuiste?
—A una cafetería, a escribir un poco. ¿Qué es esto, la Santa Inquisición?
Supongo que le estoy haciendo demasiadas preguntas.
Pero, tal y como se ha estado comportando últimamente, nadie podría culparme.
—¿Y qué has pedido, por cierto? —Cruzo el recibidor y dejo el paquete al lado de mi marido—.
¿Con dinero que se supone que es para los gastos de la casa? —Más preguntas, pero me da igual.
—Solo son unos cuantos libros más sobre marketing. —Empieza a rasgar el paquete—. Ya te lo he dicho: tengo que conseguir que esto funcione. Tengo que hacer que mis libros vendan, cueste lo que cueste. Al fin y al cabo, no es que tenga un plan B.
Otra vez el síndrome del objeto brillante: hacer caso a todo tipo de consejos supuestamente revolucionarios en lugar de aplicar un poco de sentido común.
Su peor ocurrencia, de la que no me enteré hasta que ya era demasiado tarde, fue cargar los gastos de publicidad a las tarjetas de crédito.
Menos mal que cambié nuestra cuenta para que exigiera «autorización de ambos» y pude cortarlo de raíz antes de que la deuda se descontrolara aún más.
Llevo dieciocho meses viendo esta clase de desesperación una y otra vez, desde que despidieron a Franky por reducción de plantilla.
El dinero de la indemnización ha desaparecido mucho más rápido de lo que yo esperaba, y nos ha dejado en una situación casi imposible que mi sueldo, por sí solo, no alcanza ni de lejos a cubrir.
—Ayer llegaron unas cartas. —Franky señala un montón de sobres encajado entre su ordenador y la pared.
—¿Y las has guardado hasta hoy?
Se encoge de hombros mientras se las cojo, con el corazón ya en un puño al ver el fajo de sobres sujeto con una goma elástica. Por más que lo intento, no consigo imaginarme que ninguno traiga buenas noticias. El correo lleva semanas yendo a peor.
Me dejo caer en el segundo escalón, dispuesta a echarles un vistazo a estas malditas cartas para poder seguir con mi día. Casi todas vienen en esos sobres marrones con ventanilla, que suelen ser señal de malas noticias.
—«Póngase en contacto con el banco para tratar su descubierto no autorizado» —leo la primera línea en voz alta, como si esperara que Franky tuviera una solución.
Sigue callado. Estupendo. Apenas me atrevo a abrir las demás.