Capítulo 1
CHLOE
—¿Que eres qué ?
—Soy bookfluencer . —Sonrío mientras me preparo para explicarle en qué consiste exactamente mi trabajo a la dependienta del Tesco. Está claro que la curiosidad por saber qué hago con mi palo selfi en el pasillo de los libros ha podido con ella.
—¿Has oído hablar de los influencers de redes sociales? —Tengo la sensación de que es la millonésima vez que le explico a alguien en qué consiste mi trabajo.
—La verdad es que no —responde, con cara de sentirse un poco avergonzada, como si la hubiera pillado en un renuncio.
—No te preocupes. —Sonrío—. Casi nadie ha oído la palabra bookfluencer. En fin, eso es lo que soy: una influencer en internet, pero de libros.
—Ah. —Me dedica una sonrisa de entendida, como si por fin le hubiera caído la ficha, aunque noto que seguramente no ha sido así.
—Algunos influencers de redes sociales promocionan ropa o cosas para la casa —continúo—. ¿Estás en Instagram?
Niega con la cabeza. —Pero mi hija tiene una cuenta.
—Ah, vale… En fin, yo ayudo a promocionar libros para los autores, convenzo a los lectores de que les den una oportunidad. Eso es lo que estoy haciendo hoy. —Señalo los libros nuevos y relucientes a lo largo del pasillo.
—¿Como una bibliotecaria? —Levanta una ceja mientras otra dependienta se acerca sigilosa por detrás de nosotras, seguramente con ganas de meterse en la cautivadora conversación de su compañera.
—Bueno, algo así como una bibliotecaria.
—¿No estarías mejor en un sitio como Waterstones, en vez de en el Tesco? —Levanta una ceja—. A lo mejor allí no tendrías que contestar a tantas preguntas tontas de las dependientas.
—Voy a menudo, sí, porque allí sí que nos reconocen a las bookfluencers como parte del mundo del libro, pero de verdad que no me importan tus preguntas. —Le sonrío.
—Pero no te pagan por esto, ¿verdad? —La otra dependienta da un paso adelante.
—Sí que me pagan. Todavía tengo que pellizcarme al pensar que lo que empezó grabando mis reseñas se ha convertido en mi trabajo de verdad.
—¿Y quién te paga?
—Autores, editoriales, libreros… De verdad, se me ocurren formas peores de pasar los días.
Se miran la una a la otra. Espero no haber sonado despectiva con lo de cómo se ganan la vida ellas. Tengo que quitarle hierro.
—Antes de esto era auxiliar docente.
—Sí, te imagino trabajando con niños. Tienes ese aire.
—Adoraba a los niños con los que trabajé todos esos años, y la profesora a la que ayudaba era encantadora, pero el sueldo apenas daba para sobrevivir.
No voy a añadir que nunca sentí que mi tiempo me perteneciera; al menos no de lunes a viernes, de ocho a cuatro, ni lo demoledor que era que me estuvieran diciendo constantemente dónde tenía que estar y qué tenía que hacer.
Sandra Mason a la caja cuatro, por favor. Hay un cliente esperando.
—El deber me llama. —La primera dependienta suspira—. La encargada seguramente me ha visto cotorreando contigo.
—Atención al cliente —dice su compañera—. En fin, te dejamos con lo tuyo.
—Ha sido un placer conoceros a las dos —respondo.
—Y como era de esperar… —Sonrío a la cámara del móvil, en el extremo de mi palo selfi, y luego le doy a pausa cuando un anuncio retumba por la megafonía.
—El nuevo lanzamiento de Leanne Delaney tiene su propio expositor en el Tesco.
—Giro la cámara hacia la impresionante pila del último libro de mi autora favorita—.
Con cubiertas con letras en relieve metalizado y todo.
—Señalo el texto plateado que brilla bajo los fluorescentes de la tienda—.
Por no hablar de los cantos tintados. —Agarro uno de los libros por el lomo y lo giro para enseñar las dagas estampadas en el borde de las páginas—.
Y encima parece que quien lleva esta tienda tiene sentido del humor.
—Subo la cámara hacia el cartel que hay encima del expositor: «Thrillers retorcidos para mentes retorcidas».
—¿ Tú tienes la mente retorcida? —les pregunto a mis posibles espectadores mientras acerco la cámara a mi cara—. Como lectora de pruebas de este libro, os puedo asegurar que la vais a tener, sin duda, después de leer esta historia en concreto.
Una compradora me mira raro al pasar a mi lado envuelta en una nube de perfume, y yo sonrío. La verdad es que sí tiene un poco de morro presentarme en el Tesco de mi barrio sin intención de comprar nada, solo a grabar.
Pero este vídeo, uno de los tres que me han encargado grabar, es un trabajo importante. La agencia de relaciones públicas de Leanne Delaney se ha convertido en mi mejor cliente y no para de escribirme para contratar mis servicios. Tengo que tenerlos contentos.
Supongo que me escriben tanto por la película que está a punto de estrenarse, basada en uno de sus libros anteriores.
Después habrá aún más trabajo. Hasta tengo una invitación al estreno de la película.
El recuerdo del mensaje de Facebook de Leanne cuando me invitó me recorre la espalda como un cosquilleo.
Después de todo el apoyo y el cariño que nos has dado a mí y a mis libros durante todos estos años, eres la primera en la lista de invitados, Chloe. ¡Después de tanto tiempo, no veo el momento de conocerte en persona!
Todavía sonriendo para mis adentros, me dirijo a la salida del supermercado, casi tentada por el aroma a cruasanes de la cafetería. Pero tengo un montón de vídeos que editar, así que tengo que volver a casa y ponerme con lo mío.
Al salir del gélido interior del supermercado al glorioso sol de septiembre, tengo otro de esos momentos en los que recuerdo lo increíble que es ser mi propia jefa, en vez de «pertenecer» a la administración educativa.
Hoy en día, elijo cuándo trabajo, para quién trabajo y qué hago para llenar mis días.
Me invitan a presentaciones de libros y a festivales literarios, y recibo tantos ejemplares anticipados gratuitos como soy capaz de leer.
Hace poco he tenido que mandar instalar estanterías nuevas en mi despacho de casa para que quepan todos los libros.
Me dejo caer en el asiento del conductor de mi coche, un regalo que me hice cuando las cosas despegaron: un Audi TT blanco.
En su momento me pareció un capricho, pero después de años conduciendo cacharros oxidados y poco fiables, el vendedor no tuvo que insistir mucho.
Como bien señaló mi madre, no, no es práctico, pero solo estamos la perra y yo, y a ella no hay nada que le guste más que ir en el asiento del copiloto.
No tengo hijos que necesiten un asiento trasero grande, y me traen la compra a casa, así que tampoco necesito un maletero enorme.
Lo único que necesito para mi negocio es el móvil, el palo selfi y un portátil, además de que siga habiendo demanda de lo que hago.
Giro la llave de contacto; necesito un buen chorro de aire frío del aire acondicionado antes de ponerme a bucear entre las trescientas y pico notificaciones de Instagram.
A algunos, la cantidad que tengo que revisar les parecería un inconveniente, pero suelen ser todos mensajes amables y de apoyo.
Intento centrarme en esos y no en los de otro tipo que recibo con demasiada frecuencia.
Ya que estoy, mejor voy revisándolos, porque en cuanto llegue a casa, antes de que pueda ponerme con nada, Ruby, mi caniche toy, exigirá que la saque a pasear.
En uno de los vídeos de ayer, un montón de espectadores han comentado que se mueren por saber de dónde es el vestido. Mi cuñada comentó hace poco que podría ganar una fortuna promocionando marcas de ropa, pero, como ya le dije, a mí solo me interesan los libros y apoyar a los autores.
Otros espectadores han comentado que el pelo me favorece cuando lo llevo suelto en rizos, en vez de con mi empeño habitual de recogérmelo todo en un moño en lo alto de la cabeza.
Lo que no saben es que tardo una hora en dejármelo medio decente, lo lleve como lo lleve.
No hace falta que sepan que cada mañana me despierto pareciendo Medusa y que tardo al menos dos horas en verme lista «sin esfuerzo» para la cámara.
Y luego, por supuesto, están los comentarios preciosos sobre los libros que promociono. Hacen que lo que hago merezca aún más la pena.
Madre mía, tengo que empezar a leer esto hoy mismo.
Corriendo a añadirlo al carrito.
Este libro suena increíble, ya te contaré.
Gracias, esto tiene pinta de ser perfecto para mis vacaciones.
Los voy repasando todos, dándole al corazón a cada comentario.
Antes respondía a cada uno, pero ahora que el volumen asciende a cientos por publicación, se ha vuelto inmanejable.
Seguramente estoy llegando al punto en que tendré que contratar a alguien que me ayude a dar abasto con el aluvión diario, pero por ahora me encanta leer personalmente todo lo que me mandan.
Dentro de lo razonable. Aparte de los mensajes no muy agradables, que cada vez son más habituales.
Un mensaje de mi madre se desliza por la pantalla.
¿Vienes hoy a comer, cariño? Voy a hacer un asado. Vienen Matt, Elsie y los niños.
La punzada de culpa, en lo más hondo, me pilla por sorpresa.
Es como si mi madre usara la promesa de un asado del domingo y la presencia del resto de la familia para convencerme de volver a la que fue mi casa de la infancia y reunirme con ellos.
Últimamente no me he esforzado ni de lejos lo suficiente con mi familia.
Sé que he estado ocupada, pero no es excusa.
Claro que iré, mamá. Tengo ganas de ponernos al día. ¿Llevo vino? x
¡Tú, nada más! ¡Vino tenemos de sobra! x
Y de verdad tengo ganas de ponernos al día. Estar con mi sobrino y mi sobrina me recuerda lo que de verdad importa y me mantiene con los pies en la tierra.
A ellos les da igual cuántos seguidores tenga en internet o cuántos autores quieran trabajar conmigo.
Lo único que les importa es que la tía Chloe los lleve a caballito, les pregunte qué han estado haciendo y los lleve al parque.
La única pega, probablemente, va a ser mi hermano.
No sé qué le he hecho para que se enfade conmigo en estos últimos meses, pero cada vez que nos vemos está más borde.
Mi cuñada tampoco entiende qué le pasa, más allá de que en el trabajo las cosas le han ido rematadamente mal.
Tendré que pasar por casa a cambiarme los pantalones capri y los tacones por algo más apropiado para un domingo en familia, pero antes vuelvo a Instagram para revisar los mensajes directos.
Ahí es donde está el dinero de verdad, donde llegan las ofertas de las agencias de relaciones públicas y de los autores, todos peleándose por contratar mis servicios.
Al fin y al cabo, mis vídeos reciben decenas de miles de visualizaciones, muchos se hacen virales y suelen traducirse en una avalancha de ventas para el autor en cuestión.
Nada me hace más feliz que saber lo que he podido cambiar en la carrera de un autor.
Ah, tengo un mensaje precioso y lleno de gratitud de una autora debutante a la que ayudé gratis la semana pasada. Casi siempre cobro a los autores por mis servicios, pero uno de cada diez vídeos lo hago sin cobrar.
Al fin y al cabo, sé lo que es empezar, intentar crearte un público cuando sientes que estás gritando al vacío.
Incluso cuando ya hay unas cuantas personas ahí, puedes tener la sensación de que nadie te escucha.
Pasé muchos meses así, casi sin visualizaciones ni comentarios, y hasta cuando un vídeo sí despegaba, acababa cayendo entre un público de hombres cavernícolas, mucho más interesados en soltar comentarios despectivos que en los libros que yo promocionaba.
Muchísimas gracias por lo que has hecho por mí, Chloe. Mi libro ha entrado entre los cinco primeros de la lista de los más vendidos. Te mando un enorme abrazo de agradecimiento. La próxima vez podré pagarte, y merecerá hasta el último penique.
Desde luego, con esta autora habrá una próxima vez.
Ha sido un auténtico placer trabajar con ella desde su primer mensaje.
Pasa algo parecido con los demás autores con los que trabajo, incluso con los que han pagado el paquete premium.
La inversión debe de salirles a cuenta, porque siempre vuelven a ponerse en contacto para contratarme de nuevo, y siempre están llenos de gratitud.
Pero, mientras sigo bajando, me topo con un mensaje que me hace soltar un quejido en el silencio del coche. Es un mensaje de alguien insistente. Alguien a quien he acabado llamando el pesado de los cojones.
Otro mensaje furibundo más.