Capítulo 18
Tyler
¿Cómo puedes contenerte cuanto tienes a una mujer como Dennise entre tus brazos?
Sencillo, no puedes. Su olor, su sabor, su tacto, todo en ella era adictivo, como ese primer bombón que robas de la caja y que te deleita no solo por su sabor sublime, sino por el simple hecho de que lo sientes como algo prohibido.
Pero la tentación sigue ahí, y necesitas robar otro más, porque uno es demasiado poco.
Así era Dennise; la tentación contra la que es inútil luchar, y por fin lo había asumido.
No tenía suficiente con devorar su boca como si no pudiese saciar mi hambre, necesitaba más, sentir cada centímetro de su cuerpo pegado al mío, cartografiar ese mapa inexplorado que me moría por descubrir.
Para lograrlo, primero tenía que deshacerme de toda aquella maldita ropa que se interponía en mi camino.
Una pequeña rendija, solo necesité eso para adentrarme entre la tela y aquel calor abrasador que necesitaba tocar sin nada de por medio. Su piel era suave, como la seda, como el satén de una sábana lista para una noche de pasión.
En cuanto me señaló el camino a su cuarto no pude esperar, la alcé con determinación para que sus piernas estrecharan mi cintura y llevarla hasta el altar donde la veneraría como se merecía.
Una cama, una maldita cama era todo lo que necesitaba para tenderla y poder admirarla en todo su esplendor.
Nada de lugares oscuros, nada de espacios reducidos donde no podamos apenas movernos.
Quiero disfrutar de ella con plena libertad.
Metí la nariz en su cuello para inhalar los restos del perfume que se puso en la mañana, para encontrar algo más, algo que solo emana de su piel, ese olor a ella que puede volver loco a cualquier hombre.
Ese mismo perfume lo he percibido en docenas de mujeres, y en ninguna de ellas me produce esta sensación de vértigo que me arrastra sin remedio.
Tropecé con algo duro en mi camino, pero no era una cama, sino ¿un escritorio? ¿Qué hacía una mesa de escritorio en una habitación? Ya daba igual, asenté su trasero sobre la dura superficie, que la mantenía a la altura perfecta. Al final iba a ser mejor esa mesa que una cama.
—No voy a dar marcha atrás —le advertí. Esperé un par de segundos, esperando que ella retrocediese.
—Más te vale. —Tiró de mi camisa, para acercarme lo suficiente como para poder besarme con todo lo que tenía dentro. ¡Dios!, acabaría convirtiéndome en una hoguera.
Sin abandonar aquella lucha de poder que mantenían nuestras lenguas, traté de quitarle la camiseta bajo la que escondía los tesoros que quería alcanzar.
La prenda se atascó en sus brazos, ya que ella también estaba intentando quitarme la camisa, liberando cada botón que la mantenía cerrada.
Le ahorré el trabajo sacándomela por la cabeza.
Cuando lo conseguí, mis ojos quedaron atrapados por la visión de sus magníficos pechos desnudos.
¡Diablos!, había valido la pena esperar por verlos, pero ahora que los tenía delante me maldije interiormente por haber tardado tanto tiempo en conocerlos.
Aparté sus manos de mi cinturón, para poder acceder a aquellos dos tentadores y cremosos globos o, mejor dicho, a los inhiestos pezones que me desafiaban con arrogancia. Sabían a pecado.
—Tyler. —Mi nombre escapó de sus labios en un jadeo que me encantó escuchar.
Pero lo que me erizó la piel fue sentir sus dedos adentrándose entre mi pelo para aferrar mi cabeza y que no parase de dispensarle aquella caricia.
Tampoco es que tuviese intención de hacerlo, no hasta que hubiese conseguido endurecerlos un poco más, lo justo para arrancarle un par de gemidos más.
—No tienes ni idea de lo que he deseado hacer esto. —Acaricié la curva de su pecho con las yemas de los dedos, midiendo con delicadeza la forma que me había obsesionado desde que vi su perfil en aquella sensual fotografía del dojo.
Mientras sentía el peso de un pecho en mi mano izquierda, mi boca pasó a su otro pecho para brindarle el mismo tratamiento que al anterior.
Cada gemido que escapaba de su garganta era la más hermosa melodía que jamás hubiese escuchado antes, y me inflaba el ego saber que yo era el artífice de aquella canción. Bueno, el ego y mi pene.
Cuando estuve satisfecho con mi trabajo en sus pechos, rápidamente pasé a trabajar en su parte inferior.
¡Mierda!, mis dedos sintieron la humedad entre sus piernas sin haberle quitado los pantalones del pijama.
Con rapidez me deshice de ellos, le abrí las piernas y me arrodillé para venerar el cáliz de mi deseo.
Ese sería mi templo, mi refugio y mi hogar.
—Tyler ¿qué...? Mmmm —El resto de su pregunta quedó en el aire cuando deslicé mi lengua por el punto en el que asomaba su clítoris.
Sus rodillas me estrujaron con fuerza, como si tratasen de retenerme.
¡Como si yo quisiese escapar! Ahora la tenía a mi merced, no iría a ninguna parte, no hasta que terminase con todo lo que había venido a hacer.
Sus gemidos se intensificaron, su respiración se volvió errática, mientras yo me dedicaba a torturarla de la manera que Marco me había enseñado.
¡Gracias, maestro! Nadie me había explicado antes cómo había que hacerlo.
Como un idiota, creía que lo estaba haciendo bien, porque Sondra jamás dijo nada al respecto.
Pero me equivocaba. Como dijo el maestro Yoda del sexo, primero despierta el clítoris y después succiónalo como si fuese su tercer pezón; con delicadeza porque es muy sensible, pero con constancia.
Para saber si lo estás haciendo bien, bastará con que escuches sus gemidos.
Si ella sisea es que la haces daño, si permanece callada es que no estás consiguiendo nada, ni bueno ni malo.
Pero ahí estaba mi brújula sonora, indicándome que había encontrado el norte.
—¡Tyler!, voy a... ¡Oh, Dios! —Sus piernas temblaron, mientras una pequeña sacudida estremeció su cuerpo. ¡Oh, sí!, esa era la señal de mi victoria, su primer orgasmo.
Estaba sonriendo como un estúpido arrogante cuando me incorporé, pero es que no podía ser de otra manera, la había llevado al éxtasis con solo unas pequeñas atenciones de mi boca.
Deslicé mis dedos en su resbaladiza entrada, torturándome con el placer de sentir la calidad de su interior.
No podía esperar más. Saqué el envoltorio de mi bolsillo, lo rasgué y me coloqué el preservativo con una rapidez que incluso a mí me sorprendió.
—Esto no ha terminado. —De una lenta estocada me deslicé por aquella entrada que me llevaría al paraíso, o al infierno, me daba igual, iría contento a ambas partes si era donde ella me guiaba—.
Dennise. —Susurré su nombre con la agonía que me atenazaba sentirla a mi alrededor.
Aquel camino lo recorrería algún día sin nada entre nosotros, cuando la hubiese convencido de que fuese totalmente mía.
Empecé a moverme dentro de ella, tomando un ritmo creciente, mientras nuestras bocas luchaban por no separarse.
No iba a durar mucho, el tirón en mis pelotas cada vez era más intenso, avisándome de que pronto me derramaría en su interior como un tierno adolescente.
Era el momento de poner en práctica la segunda lección de Marco: no puedes dejarla a mitad de un orgasmo, aunque antes le hayas dado ya uno, debes hacerla llegar contigo, que vea que su placer es parte del tuyo.
Y lo era, por eso deslicé mi mano sobre su monte de Venus, para masajear de nuevo aquella parte sensible de su anatomía.
Debí de ser demasiado impaciente con mis caricias, porque su siguiente orgasmo empezó a sacudirla de nuevo, más fuerte, más demoledor.
Sus paredes me aprisionaron con ferocidad, arrastrándome a un lugar que antes apenas había tocado.
Sí, he tenido orgasmos antes, muchos, pero nunca así, este parecía más...
más completo, como si además de mi propia satisfacción, conseguir la suya lo hubiese hecho mucho más especial, más satisfactorio.
Me derrumbé exhausto sobre su cuerpo, apenas tuve fuerzas para besar el suave valle entre sus pechos, mientras notaba como su respiración luchaba, al igual que la mía, por estabilizarse.
—¡Wow!, ha sido... —no terminó la frase, como si le costase encontrar las palabras para continuar. Justo eso provocó una sonrisa arrogante y satisfecha en mí.
—Todavía no he terminado contigo. —Tiré de ella para incorporarla, pero sin que mi pene abandonase el que sería desde ese día mi santuario, mi rincón favorito de todo el jodido planeta—. ¿La cama? —pregunté.
—Allí. —Señaló una puerta a mi derecha.
—Bien. —La pegué a mi cuerpo y, con su trasero en mis manos, caminé hacia la que sería la segunda parada de la noche.
Solo había usado un preservativo, me quedaba el resto de la caja.
¿Venirme arriba? El que se estaba poniendo duro mientras sentía la carne de Dennise a su alrededor era mi animado pene.
Bueno, quizás no tendría que cambiarle el impermeable antes del segundo round.