Capítulo 15
Tyler
Tenía que hacer algo, dar el primer paso, pero era condenadamente difícil encontrar el momento apropiado.
¿Cómo le dices a una chica que te mueres por besar sus tentadores labios?
¿Cómo decirle que te levantas cada mañana pensando que hoy es el día y te acuestas llamándote cobarde?
El gran Tyler McKinney, el rey de la pista, no era más que un ratón asustado cuando estaba a solas con ella.
Su presencia me abruma, su mirada de sobrecoge, toda ella es una diosa inalcanzable que cada día que pasa se aleja más de mi mano.
Por si mi estado de ánimo no estuviese suficientemente decaído, en ese momento estaba en un estudio de grabación viendo a mi rival salir casi desnudo de una bañera de madera.
Aquel maldito trasero estaba destrozando mi autoestima, porque no podía dejar de escuchar los suspiros y los comentarios picantes que corrían entre las asistentes femeninas que pululaban a mi alrededor.
Menos mal que Dennise no estaba aquí, porque habría caído como las demás.
Lo peor de todo no es eso, sino saber que Jack se merece a alguien bueno a su lado, alguien como mi diosa. Es un buen tipo y he llegado a tomarle aprecio, en serio. Si no fuese mi rival, podría considerarle casi un amigo. El tipo era difícil de odiar, y eso me cabreaba aún más.
—Y corten —gritó el director—. Ha sido buena.
Alguien corrió hacia Jack para que pudiese cubrirse con una toalla antes de salir de la bañera.
—Me siento como una pasa —confesó mientras se acercaba a mí—. Lo tengo todo arrugado. —Alcé una ceja ante su comentario.
—Acabas de quitarle todo el sex-appeal al asunto.
—Puede que las mujeres lo encuentren caliente, pero te juro que eso es lo más alejado de cómo me siento.
Estoy arrugado, pegajoso de maquillaje, deshidratado por haber pasado horas debajo de esos focos.
Solo tengo ganas de comer algo y meterme en la cama.
No sé cómo los actores hacen esto todos los días —se quejó.
—Bueno, cobran una buena suma por ello —le recordé.
—Ya, yo prefiero ser perseguido por seis tíos de más de cien kilos de un extremo al otro del campo, a repetir esto.
—Miró hacia atrás, donde se encontraba parte del set de rodaje.
Cuando el fondo verde fuese sustituido por la recreación real, esto se parecería más a una escena del antiguo oeste, pero ahora era algo raro.
—¿Qué te parece si te invito a cenar? Seguro que una cerveza fría y algo de carne te levanta el ánimo.
—Ojalá pudiese saltarme la dieta y tomarme esa cerveza. —Su expresión se entristeció. A veces olvidaba lo dura que era la vida de los deportistas de élite.
—¿Cerveza sin alcohol? —le ofrecí.
—Eres duro negociando —sonrió.
—Ese es mi trabajo —reconocí. Aunque la realmente dura era mi socia. ¡Ah, mierda!, era imposible no pensar en ella.
La llegada de un mensaje me hizo mirar el teléfono. Justo pensando en mi torturadora, y ahí aparecía.
— Tenemos una reunión en el Hilton de Times Square con Trevor Atkins en una hora.
Llevábamos todo un mes bailando con ese jugador de béisbol y no había sido posible concertar una cita. Ahora ella había conseguido ese pequeño milagro, así que no lo desperdiciaría.
—Me parece que tendremos que posponer esa cena —reconocí ante Jack.
—¿Trabajo? —supuso.
—Sacrificios que uno tiene que hacer para pagar el alquiler. —Mi comentario arrancó una carcajada de Jack.
—A mí me lo vas a contar.
—Si te vistes rápido te llevaré a casa —le ofrecí.
—Tengo para rato. —Se pasó un dedo por encima del pecho, para mostrarme la pasta pringosa que lo recubría—. Vete, ya me las apañaré. —No sería un buen representante si dejaba tirado a mi cliente.
—De eso nada. Voy a buscarte transporte. —Busqué en mi agenda, hasta que encontré a la única persona que sabía estaría disponible—. Vamos, ve a quitarte eso —le animé.
—Hola —me saludó jovial la voz de Yumi.
—Necesito que me cubras. Dennise ha conseguido una entrevista con un cliente y necesito que alguien se ocupe de llevar a Jack a su casa en cuanto salga del rodaje. —Esperé unos largos segundos a escuchar su respuesta.
—Claro. Pásame la dirección. —Bien, un problema resuelto.
—Te envío ubicación.
Después de haber solucionado el transporte de Jack, me puse de camino al lugar de nuestra reunión. La casualidad quiso que viese el coche de Dennise entrando en el aparcamiento del hotel delante de mí. Solo tuve que seguirla y estacionar a su lado.
—Esto es coordinación —fue su saludo.
—Eso parece. —Caminamos juntos hasta el ascensor.
—Atkins nos espera en el restaurante Tranzit, en la última planta.
No tengo que explicar cómo fue la reunión, Dennise es capaz de envolver en su meñique a cualquier hombre, no solo a mí.
Cuando salimos de allí, el tipo no solo nos tendría como representantes en su próxima negociación, sino que estaba deseoso de hacerlo.
Lo único que no me gustó fue los intentos descarados del tipo de ser encantador.
Por fortuna, Dennise fue una profesional que supo lidiar con sus insinuaciones con elegancia, aunque no le rechazó totalmente, cosa que no me gustó.
Pero, en fin, este era el juego que tenía que soportar por trabajar con ella. Era magnética.
Entramos de nuevo en el ascensor, directos al estacionamiento subterráneo, con tan mala suerte de que un grupo realmente numeroso entró detrás, arrinconándonos en una esquina de la cabina.
Cubrí con mi cuerpo a Dennise, para que ninguno de esos sobreexcitados y probablemente ebrios hombres se acercase demasiado a ella y se sintiera tentado de tocarla.
Lo malo fue que nos quedamos frente a frente, tratando de que mi cuerpo no se acercase demasiado y hacerla sentir incómoda al invadir su espacio personal.
Mientras, yo estaba en el paraíso teniéndola tan cerca que podía sentir su respiración golpeando en mi pecho.
Al principio ella no sabía dónde mirar, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, ya no pudimos liberarnos.
Sus ojos eran mucho más que hermosos, eran profundos, atrayentes, y sobre todo tentadores.
Podría perderme dentro de ellos, ahogarme en sus profundidades, y no desear escapar jamás de ese abismo.
Durante aquel eterno trayecto mi corazón luchó por no escapar de mi pecho, mientras todo mi ser luchaba por no moverse en una dirección ni en otra.
No podía ir más allá, pero ni un terremoto me llevaría un milímetro en dirección contraria.
Habíamos establecido una extraña conexión imposible de romper, abstrayéndonos del resto del mundo que nos rodeaba.
Solo estaba ella, el agitado subir y bajar de su pecho mientras trataba de respirar el aire que parecía faltarle, la punta de su tímida lengua calmando la sequedad de sus labios. Era un infierno.
Solo fui consciente de que estábamos solos en la cabina cuando el pitido de la puerta al cerrarse me hizo notar que no tenía a nadie a mi espalda, que el calor que sentía no provenía de más cuerpo que el mío, y la figura acorralada que no dejaría escapar.
—Quiero besarte —confesé en un susurro junto a su boca.
—Pues hazlo. —Aquellas dos palabras me lanzaron al abismo, ya no había marcha atrás.
Asalté su boca con la necesidad del que no puede resistir más, con la avaricia del que no quiere dejar que escape una insignificante migaja de aquel néctar, con el hambre y la sed del que ha vagado durante días por el desierto.
Y ella se entregó a mí, como si mi conquista fuese lo único que esperaba para ser salvada.
¡Dios!, aquello era el paraíso y no pensaba abandonarlo nunca.