El trofeo (Cazadoras 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Tyler

Si no conociese a Tara, en este momento estaría alucinando con el juego de malabares que tenía entre manos.

Llevaba toda la mañana llamando de un sitio a otro para conseguir las entradas que nos había pedido uno de nuestros representados.

Que si te doy esto por aquí, que si tú me das esto otro por allá...

Al final consiguió lo que quería, y además le dio de comer a Noa, le cambió los pañales y la durmió.

A estas alturas, la niña ya se había acostumbrado al ruido de la oficina, así que no le costó hacerlo.

Lo que me estaba distrayendo más de lo habitual era el trajín que se traían los chicos que estaban con la reforma del edificio.

Vale, el ruido era inevitable, lo entendía, pero lo que me preocupaba era que alguno de ellos acabase descubriendo el enorme cuadro de una semidesnuda Dennise que colgaba de la sala del dojo.

Ya se sabe, si lo descubría uno, lo acabarían viendo todos, y no me gustaba esa idea ni un poquito.

Dennise iba a ser mi chica, y no quería que estuviese en los sucios sueños de un montón de tipos de la construcción.

La puerta de entrada se abrió, dando paso a Dennise. Mi sonrisa creció, incluso después de ver que no venía sola. Dos hombres, dos mujeres y un niño pequeño llegaron detrás de ella.

Ella vio que Tara seguía al teléfono, así que instó al grupo a no hacer ruido. Yumi no tuvo ninguna contención cuando se lanzó sobre una de las mujeres. Estaba claro que no solo se conocían, sino que tenían una relación muy íntima, porque no se quejó del abrazo en el que la envolvió mi compañera.

—Cuánto te he echado de menos.

No seguí el resto de su conversación, porque empezaron a hablar en francés. No, no lo hablo, pero algunas palabras me sonaban, y luego estaba ese acento inconfundible.

—Hola, soy Eder, el padre de Dennise —se presentó un hombre mientras me tendía la mano, que estreché con educación.

—Yo soy Robert, su tío. —El otro hombre portaba al niño en sus brazos, así que tuvo que maniobrar con cuidado para repetir el gesto.

—Soy Tyler, uno de los socios.

—Lo siento, tengo que decirlo. Creo que te conozco, pero no recuerdo de dónde. —Los ojos de Robert trataban de reconocerme, pero su cerebro no parecía colaborar.

—Quizás de algún torneo de tenis. Estuve activo hasta hace tres años.

—Ah, claro. En el US Open del 22 —recordó.

Apreté los dientes esperando lo que venía ahora—.

Uf, Tyler McKinney. Te rompiste en el segundo set contra el serbio.

¿Cómo tienes la rodilla? —Y ahí estaba, el dolor que solo puede provocar el que tu mundo se viniese abajo en un movimiento.

Años de trabajo, de esfuerzo, de sacrificios, todo se esfumó, como si no hubiese servido de nada.

—Bien, aunque no para regresar al circuito profesional.

—Jugaba al tenis para mantenerme en forma, pero no podía llevar la rodilla hasta los límites que suponía un encuentro profesional.

Si lo hacía, acabaría con algo más que una prótesis como las de los abuelos.

Al menos contaba con un plan B. Como decía mi madre, no hay que poner todos los huevos en la misma cesta.

—Me encantaría echar un partidillo contigo un día de estos.

—Por supuesto —miré al padre de Dennise, que nos observaba en silencio—. Podríamos jugar unos dobles. —Si quería ganarme a mi futuro suegro, lo mejor era caerle simpático desde el principio.

—¿Tenis? Yo es que esas cosas tan refinadas... No te ofendas, tampoco me gusta el golf. —Miró hacia Robert, que puso los ojos en blanco.

—Mi cuñado se clasifica a sí mismo como más rústico.

—Yo prefiero más los deportes de contacto, tipo baloncesto, fútbol europeo, rugby. —¿Y darle la oportunidad de vapulearme? ¿Que yo le hiciese morder el polvo y luego me odiase? Ninguna de las dos opciones era buena idea.

—No practico ninguno de ellos, pero puedo conseguir entradas para los New York Knicks. —Tener un representado que jugaba con ellos me facilitaría las entradas. Sí, nuestra bolsa de clientes había crecido en estas semanas, algo que llenaba nuestras huchas de manera considerable.

—Me gusta este chico. —Eder golpeó mi hombro de esa manera que hacen los colegas, y me gustó, porque eso era bueno para mis planes. Ganarse al suegro: hecho.

—Eder, convence a tu hija para que nos enseñe el resto del edificio —pidió una de las dos mujeres. Eder la tomó por los hombros con familiaridad.

—Mini, este chico va a conseguirnos entradas para el baloncesto. —Eso a ella no le entusiasmó.

—Genial, así tendré tiempo libre para estar con mi hermana.

—No les gustan los deportes, como a mí —dijo Eder como si lo dijese en confidencia, pero permitiendo que todos le escucháramos.

—Soy Dominique, la madre de Dennise —se presentó ella. Bien, pues tenía que encontrar algo con lo que camelármela también a ella.

—Seguro que puedo encontrar algo con lo que compensarte. ¿No es así, Tara? —alcé la voz para que se incorporase a nuestra conversación.

—Seguro que sí. —Me guiñó un ojo en respuesta.

—Por Dios, que cosita más linda. —Mini se lanzó a tomar a Noa de brazos de su madre, quien me miró algo sorprendida.

—Lo siento, está en plan abuela —justificó Eder, ganándose un codazo de su mujer. Aunque ella no desistió de su intención de acomodar a Noa entre sus brazos.

—Ya te tocará a ti. Seguro que serás peor que yo. —Eder puso los ojos en blanco.

Un nieto, un hijo de Dennise y mío. Involuntariamente mi vista se desvió hacia ella. Sí, la idea me seducía tremendamente. Pero, poco a poco, primero la conquista, luego ya alzaría mi bandera en esa plaza.

—No hay mucho que ver, mamá —dijo Dennise mientras se acercaba a nosotros—. Ahora está lleno de operarios trabajando ahí arriba, y está todo lleno de polvo y escombros. Además, eres tú la que siempre dice que a los trabajadores no hay que molestarlos cuando están a lo suyo.

—Sí, tienes razón —convino su madre. Aunque supuse que era más porque había encontrado otra cosa que le llamaba más la atención que una casa en obras, y la tenía justo en sus brazos.

Por la forma de mirar a Noa, estaba claro que necesitaba un bebé en su vida.

Que no se preocupase, su yerno se pondría a ello en cuanto fuese posible.

Pensándolo bien, mejor nos ahorrábamos la tournée por el edificio, no fuera a ser que nos encontráramos con cierto lienzo artístico que era mejor que mis suegros no descubriesen.