El trofeo (Cazadoras 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

La sonrisa traviesa de la tía Desiré debía de ser un reflejo de la mía. Aquella maldita bruja sabía perfectamente los pasos que había que dar, y lo que conseguiríamos con cada uno de ellos. De no estar de mi lado, realmente me daría miedo. Casi me daba lástima el tío Robert, casi.

—Te dije que Marco no se resistiría. Ha adiestrado a tantas cazadoras que le sería imposible negarse a pasar al otro lado para equilibrar las cosas. En el fondo es un sentimental, no puede negarlo.

—Así que estabas segura de que lo haría. Va a enseñar a Tyler a ser un buen amante.

—¿Crees que ellos son los únicos que tiene derecho a disfrutar del sexo?

—dijo mi tía con una sonrisa aún mayor de la que posaba la taza de café sobre la mesa—.

¿Por qué condenarte a tener sexo mediocre el resto de tu vida?

Lo único que hemos hecho ha sido darle un poco más de picante a la nuestra. —La forma de mirarme me decía algo más.

—¿Tú lo has hecho con Robert? Quiero decir, ¿le enviaste con Marco? —Ella sonrió con picardía.

—Digamos que el período de cuarentena después del parto yo lo pasé recuperándome y él aprendiendo a tratarme con más cuidado —dio otro sorbo a su café, para dejar que yo misma me respondiese.

—Eres una picarona, Desiré —la acusé.

—Pero una que tiene mucho y buen sexo con su marido. Además, no es lo mismo. A Robert lo ha enseñado a atender a una mujer cuyo cuerpo ha cambiado con el embarazo y parto de su hijo. Si no me equivoco, con tu Tyler hará un trabajo más exhaustivo. Me das envidia.

—Se supone que esto lo hacemos por amor, no por buen sexo —le recordé.

—Ya. Que te guste tu trabajo no significa que lo hagas gratis, ¿verdad?

— Touché .

—¿Tu amiga no sospecha que saboteases tu teléfono?

—No, ni tampoco sabe que hice un volcado de seguridad antes, por si acaso.

—Esa es mi chica, trabajando sobre seguro. —Me guiñó un ojo de forma cómplice.

—¿Y ahora?

—Eso lo decides tú, cariño. Ya eres una cazadora, y no es tu primera presa. Seguro que tienes una buena idea de qué hacer. Estoy aquí para apoyarte en lo que necesites, pero nadie dirige tus pasos. —Que me lo recordase me hacía sentir un poco de inestabilidad, pero sabía que podía hacerlo.

—Entonces creo que prepararé el próximo empujoncito. Pero esperaré un poco a que la magia de Marco surta efecto. —Desiré sonrió con malicia.

—Enseñé a una chica lista. Y golosa.

—¿Qué le voy a hacer? Me gusta el chocolate. —Ello y yo sabíamos de qué hablábamos.

—Con un chico como el tuyo, yo también me volvería una adicta.

—Calla, que tú tienes a Robert. —Decir su nombre ensanchó la sonrisa de Desiré.

—Sí, no me quejo.

—¡Mami! —Reconocería la voz de mi primo entre un millón de niños de dos años, bueno, puede que exagere, pero sí que no era posible que otro niño gritase de esa manera en aquella cafetería.

Robert caminaba hacia nosotras con Óscar en sus brazos, ambos sonriendo como si hubiesen encontrado la salida de un laberinto.

No estaba segura de cuál de los dos estaba más feliz de ver a Desiré, su hijo o su marido.

Pero los que se estaban llevando toda mi atención eran las dos personas que caminaban detrás de ellos, siguiendo su zigzagueo entre las mesas.

—Papi. —Salté sobre mi progenitor como si fuese el último caramelo la noche de Halloween.

—Ya sabemos quién es su favorito —refunfuñó mi madre detrás de él.

—No seas boba. —Aferré su cuello para unirnos los tres en un abrazo que daría envidia a una familia de koalas—. Os he echado de menos —reconocí, mientras metía la nariz en el cuello de mi padre para inhalar su olor y emborracharme de él.

—Eso no pasaría si vivieras en Francia —me reprochó mamá.

—¿Quieres que llame a la abuela para que se lo expliques?

—Era una pelea que tenía mi abuela materna con mi madre, decía que apenas se veían porque estaba casi todo el día viajando.

Y mi padre ídem de ídem. Mi tía los veía más que el resto de la familia, y eso que ella vivía en Estados Unidos, como yo.

—Mami, mira que papatos me ha traído la tita. —Óscar levantó sus relucientes playeras nuevas para que las viese su madre.

—Es que me lo como con esa lengua de trapo. —Mi madre estrujó los mofletes de Óscar, consiguiendo que este soltase una carcajada.

—¡Qué bonitos! ¿Le diste las gracias? —El sonrojo vergonzoso de Oscar reveló que no fue así.

—Digamos que tenía un poco de vergüenza, ¿verdad? —comentó Robert. Sabía que eso se debía a que no recordaba a mis padres. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía seis meses la última vez que los vio.

—Eso lo arreglamos enseguida, ¿verdad, tesoro? ¿Qué se dice cuando te hacen un regalo? —Desiré esperó a que su pequeño articulase las palabras que le habían enseñado desde pequeñito. La educación se enseña desde la cuna, es lo que Robert decía.

—Gracias. —Sus ojos apenas se atrevieron a mirar a mis padres.

—Ya hablamos de que los papás de la prima Dennise viven en Francia. ¿Cómo se da las gracias en francés? —le animó su madre.

— Merci. —Sus mejillas se sonrojaron un poco más, pero eso no le libró de otro achuchón cariñoso de mi madre.

—Eres lo más bonito del mundo, mon chéri .

—Más te vale no tardar mucho en darle un nieto a tu madre. Ya está en esa fase. —Los ojos de mi madre se entrecerraron ante el comentario bromista de mi padre.

—No le metas presión a la niña —me defendió. Menos mal, porque soy demasiado joven como para que empiecen con eso.

—Y hablando de mi pequeña emprendedora, ¿cuándo nos vas a enseñar dónde tienes montada esa oficina tuya? —Papá pasó su brazo sobre mis hombros, con la suficiente firmeza como para saber que no conseguiría escapar hasta que le diese una respuesta.

—¡Acabamos de llegar, Eder! Déjalo para mañana, ahora lo que quiero es comer, irme a la cama y dormir diez horas seguidas —le regañó mi madre.

—Está bien, cariño. Comida y cama. Ya veremos si te dejo dormir. —Papá le guiñó un ojo de forma traviesa.

—No puedo contigo. —Mamá puso los ojos en blanco, pero no podía ocultar que le encantaba que papá fuese así de picarón. ¡Ja!, ellos dos caerían dormidos sobre la almohada antes de haberla tocado. Es lo que tienen los vuelos transatlánticos, que son mortales.

Interiormente recé para que el primer encuentro de mis padres con Tyler fuese bien, porque ya saben lo que dicen, la primera impresión es la que cuenta.