Capítulo 11
No tenía ni idea de lo que Marco podría enseñarme, pero por su cara de suficiencia sabía que sería bueno.
No es que me considere un mal amante, Sondra nunca se quejó.
Pero siempre venía bien contar con algo más de «artillería».
Quizás, si hubiese tenido más con lo que retenerla...
¡No!, ella nunca me amó realmente, solo fui un títere que manejaba a su antojo y cuando solté los hilos, ella simplemente mostró sus auténticas intenciones.
Cuando decidí abandonar Starline ella trató de hacerme cambiar de opinión, pero fue la primera vez que mis principios no me permitieron ceder a sus demandas. Fue la amenaza de romper nuestra relación lo que me dejó claro el puesto que ocupaba para ella.
Pero Dennise no era así, ella pensaba en las personas.
Ella luchaba por darle a la gente lo que quería, no lo que ella consideraba que necesitaba.
Para Sondra, yo debía tener un buen trabajo con el que ganar mucho dinero que costease nuestro alto nivel de vida.
Dennise también me estaba ofreciendo unos altos ingresos, pero su forma de conseguirlo tenía cierta ética. Exprimir, sí, pero nunca al más débil.
—Seguro que estás pensando que eres bueno. —La voz de Marco me devolvió al presente.
—Tengo un buen número de conquistas. —Sabía que me había ganado esa medalla.
—No te confundas. Acostarte con muchas mujeres no significa que seas bueno, sino simplemente que tienes algo que las atrae hacia ti.
Normalmente suele ser el aspecto físico, y viéndote es evidente que esa es tu mejor baza.
Además, hay que sumarle el componente económico que parece que tienes muy bien cubierto.
—Era evidente que se refería a mi ropa de diseñador.
—Ninguna se ha quejado de que la dejase insatisfecha —me defendí.
—Raramente suelen hacerlo. Muchas incluso fingen sus orgasmos para no dañar nuestro ego.
—¿Estás dando por hecho que no soy bueno en la cama? —le acusé, bastante ofendido.
—Un hombre guapo no suele serlo. Los guapos, ricos o poderosos no tienen que esforzarse por ser buenos en la cama, porque su físico, su dinero o su poder harán que las mujeres se metan en ella.
En cambio, un tipo feo sin unos recursos enormes detrás tendrá que esforzarse por conseguir que las mujeres vuelvan a su cama, si es que quiere follar regularmente.
Y no te asustes por la palabra, follar es lo que hacemos normalmente. Hacer el amor es otra cosa.
—¿Y tú vas a enseñarme a follar o a hacer el amor? —Mi pregunta quizás sonó con un tono algo punzante, incluso agresiva.
—Puedo enseñarte a volver loca a una mujer con el sexo, a echarla a perder para cualquier otro hombre, a dejar una huella sobre su piel que ningún otro pueda borrar.
Lo que hagas con ese conocimiento es cosa tuya.
Lo que sí puedo garantizarte es que cuando folles con una mujer, los dos os divertiréis mucho más, y que esa experiencia para ella será imborrable.
—¿Dónde tengo que firmar? —Tenía que reconocer que el tipo sabía cómo venderse.
—Creí que ibas a preguntarme cuál es la diferencia entre follar y hacer el amor.
—Creo que lo sé.
—Ah, ¿sí? Explícamela.
—Como tú has dicho, follar no es nada más que sexo, pueden estar o no implicados los sentimientos. Pero cuando le haces el amor a alguien que amas es más una entrega de ti mismo que recibir placer sin más. Os estáis compartiendo mutuamente. —Al menos ese era mi concepto.
—Esa es una forma un poco bucólica de describirlo, pero no es del todo correcta.
—¿No?
—Cuando le haces el amor a una mujer la estás tratando como si fuera una diosa, el ser más importante de tu existencia, aquel por el que respiras y que domina tu vida.
Veneras cada centímetro de su cuerpo, te deleitas en sus suspiros de placer, te alimentas de sus gemidos y alcanzas la cima del Olimpo cuando consigues arrancarle un buen orgasmo.
Y no te digo nada de cuando la llevas a ese límite dos o tres veces antes de alcanzar el tuyo propio.
Porque en ese momento, sabes que no se trata solo de tu placer físico, sino de ser consciente de que se ha entregado completamente a ti y has superado sus límites con tus caricias.
Es más que entrega, es éxtasis de los sentidos, y tú has sido el artífice de esa rara locura.
—¡Mierda! —Yo quería todo eso.
—Y ahora dime —se inclinó hacia mí—, ¿ella es lo que quieres? ¿Serás capaz de quedarte a su lado el resto de sus días? Porque, si no lo haces, habrás destruido su vida por solo un capricho pasajero. —Eso me hizo pensar seriamente, ¿ella era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida?
—No estoy seguro de hacer frente a esa responsabilidad. Ya estuve en una relación seria antes, y lo que yo creía amor no duró tanto como pensaba. —¿Y si ahora me equivocaba también?
—Sabes que es amor cuando no puedes contenerlo, cuando estás lleno de dudas, cuando te hace sufrir, cuando no te importan las consecuencias.
Pero el amor es efímero. Cuando te acostumbras a la dosis de hormonas que ese sentimiento hace fluir por tu organismo, toda esa euforia acaba desapareciendo.
Sí, quedará el cariño, la amistad, y si es auténtico, una unión sin la que no te sentirás completo, aunque todo haya cambiado.
El sexo acabará desapareciendo, pero ni todos los pecados, ni la garantía de que puedas vivir toda esa pasión de nuevo con otra persona, podrá alejarte de ese vínculo.
Porque perderías a la persona que te hace sonreír, perderías a la amiga, perderías la garantía de que tu corazón siempre permanecerá a salvo en sus manos, porque confías en ella.
El amor pasa de ser una devastación, un huracán que arrasa con todo, a algo tan sereno como la calma que se respira después de la tormenta. —Vaya, me había dejado sin palabras.
—Yo solo sé que no quiero hacerle daño, ni que nadie se lo haga. Quiero protegerla —reconocí.
—¿Nada de sexo? —preguntó dubitativo.
—Oh, sí. Mucho sexo. Estoy en un punto en el que no pienso en otra cosa.
—Entonces, como he dicho, estás en el sitio correcto. —Su sonrisa de suficiencia era todo lo que necesitaba para estar seguro de que efectivamente, este era el camino que debía tomar.