Capítulo 10
Tyler
Tardé dos minutos en darme cuenta de lo que realmente me había llevado ante la puerta de aquel hombre; celos, simples y poderosos celos.
Soy una persona racional que suele controlar sus impulsos emocionales y mírenme ahora, parado frente a la puerta de una oficina, reconociendo que había ido hasta ahí arrastrado por un sentimiento extraño que no había sabido controlar.
El cansancio, la frustración, el agobio, la ira...
Como deportista de élite aprendí a gestionar todo ello para hacerme más fuerte, incluso el dolor físico se convirtió en mi aliado en la pista.
Pero los celos... era la primera vez que me arrastraban de manera tan irracional.
—¿Puedo ayudarle? —Un hombre estaba parado delante de mí, esperando una respuesta a su pregunta.
—Yo... Lo siento, me he equivocado. —Tenía que salir de allí antes de que toda esta locura me explotase en las manos.
—¿Señor McKinney? —¿Cómo sabía...? Una sonrisa conocedora apareció en sus labios—. Sí, creo que sí. Soy Marco Ferraro, y creo saber por qué está aquí. —Me tendió la mano para saludarme con cortesía.
—De verdad, he de irme. Esto no ha sido una buena idea. —Seguro que más de uno se echaba atrás con esa excusa. ¡Era un terapeuta sexual! Por favor.
—Estás aquí por uno de mis pacientes. —Ladeó la cabeza como si estuviera leyendo dentro de mí—. ¿Una mujer?
—Sí. —Me obligué a responder con la verdad.
—La ley me prohíbe hablar sobre mis pacientes, pero puedo ayudarte. —Señaló la puerta de su despacho con elegancia, invitándome a pasar. Debía de seguir algo perturbado, porque entré.
—No sé ni por qué estoy aquí. —Mentira, sí lo sabía, me habían arrastrado los celos. Él sonrió como si hubiese escuchado la respuesta que ocultaba en mi mente.
—Puedo ayudarte a entenderlo. A fin de cuentas, es parte de mi trabajo. —Se sentó frente a mí, con un movimiento elegante que me hizo sentir envidia. El hombre sabía moverse con estilo.
—En la puerta pone que eres terapeuta sexual, no psicólogo. —Leer las letras grabadas en el rótulo fue lo que me hizo despertar, tomar conciencia de dónde estaba y por qué. Fue mezclar las palabras «Dennise» y «sexo» lo que hizo explotar la bomba.
—La misión de un terapeuta sexual es asesorar y guiar a las personas en el desarrollo de su sexualidad, pero no sabría hacer bien mi trabajo si no conociese a fondo la psique humana, al menos en lo que se refiere a sexo y relaciones personales.
El mismísimo Freud se encargó de sentar las bases entre psique y traumas sexuales.
Así que no te extrañes si te digo que estás donde debes estar.
—Una manera extraña de retener a un cliente. —Marco sonrió.
—Todavía no lo eres, pero algo me dice que acabarás siéndolo. No obstante, ya que dispongo de tiempo, podemos charlar de eso que te preocupa. Quizás pueda orientarte con tu problema.
—Sé lo que debo hacer para solucionarlo —le aseguré.
—Es posible. ¿Puedo hacerte algunas preguntas? Quizás te ayuden a aclarar algunos conceptos.
—¿No me vas a preguntar por la paciente que me ha traído hasta aquí? —Si quería ayudarme, ¿no era bueno saber dónde estaba la raíz de mi problema?
—Dejémosle a ella al margen de momento. Ahora me interesa ayudarte a ti.
—De acuerdo. ¿Qué quieres saber? —Me rendí, porque el hombre parecía realmente interesado en ayudarme, o tal vez le interesaba asegurarse la compensación económica de la terapia de un nuevo paciente.
—Voy a exponerte mi teoría, y tú me dirás si me equivoco o he acertado. —Ese fue mi momento de sonreír. El tipo se la iba a jugar y eso me gustaba. Veríamos hasta dónde era capaz de ir.
—Adelante.
—No sé qué tipo de relación tenéis ni desde cuándo, pero sí sé que te preocupa y que sientes una necesidad de protección hacia ella que raya la obsesión.
Te gusta demasiado, y por tu intento de huida de antes, está claro de que eres consciente de que no es sano, al menos para ti.
—Apreté los dientes, porque el tipo había acertado.
—Solo somos amigos —confesé, porque quería que siguiese escarbando en mi herida. Quizás así pudiese ayudarme a limpiarla para que cerrase.
—Pero tú quieres más. ¿Ella te ha rechazado? ¿Se lo has dicho siquiera?
—Es complicado —confesé.
—Algo te frena, puede que sea el miedo a perder lo que ya tienes con ella, a que no sea el momento adecuado o a que ella no sienta lo mismo. —Recordé aquel momento en la cafetería, cuando creí ver indicios de que mis insinuaciones no eran rechazadas.
—Puedo destruir muchos futuros si la cosa no sale bien, no solo los nuestros. —Marco asintió comprensivo.
—Has intentado apartarte, pero lo que sientes cada vez tira más de ti en dirección contraria.
—Estar a su lado a diario no ayuda a mejorar mi situación —confesé con tristeza.
—Sé cómo te sientes. —Pude advertir en su expresión que era algo que había padecido en su propia carne, un dolor así no puede entenderse si no se ha vivido.
—¿Te pasó algo parecido? —La pregunta escapó de mi boca antes de que me diese tiempo a pensar si era apropiado hacérsela. Estábamos aquí para hablar de mi problema, no de su vida.
—Hace mucho tiempo de eso, pero sí. Ella me ayudó a convertirme en lo que soy hoy, podemos decir que fue mi mecenas, mi amiga, mi confidente.
Forjamos un vínculo tan fuerte que creí que todo lo que nos separaba no era importante.
—Marco parecía perdido en sus recuerdos, unos que lo entristecían y de los que todavía era incapaz de huir.
—Pero lo fue. —Mi voz pareció devolverle al presente.
—No. Todo lo que yo creía que eran impedimentos realmente no lo eran, el amor es capaz de luchar en los campos más complicados.
Pero no puedes luchar solo, y debes saber contra quién lo haces.
Yo creí que luchaba contra nuestras diferencias, pero al final estaba luchando contra ella. —Esbozó una sonrisa triste.
—Ella no estaba enamorada de ti —reconocí.
—Digamos que ella me quiso lo suficiente como para dejarme ir, pero yo no la amé tanto como para luchar hasta las últimas consecuencias.
Es probable que seguir adelante nos hubiese destruido a ambos, pero yo en aquel momento fui incapaz de verlo.
O quizás fue ella la que no entendió que yo estaba dispuesto a pagar cualquier precio por seguir a su lado.
En fin, mi historia tuvo su momento, y ya pasó.
Ahora centrémonos en arreglar la tuya. —Nunca imaginé que este hombre me abriera su corazón, que me mostrase su vulnerabilidad.
Y seguramente por eso, decidí que valía la pena arriesgarse a abrir un poco el mío.
—Yo no quiero dejarla escapar. No sé lo que siento por ella, solo sé que lo que sea me hace soñarla.
Anhelo ver su sonrisa, escuchar su voz. Lo único que me anima cada día cuando me despido de ella es saber que al día siguiente volverá a estar ahí.
—¿De verdad sentía eso? Sí, pero no había tenido narices de reconocerlo hasta ese momento. ¿Qué me había hecho esa mujer?
—Suena a que estás preparado para arriesgarte. —Sus ojos parecieron recuperar el brillo, como si tuviese una motivación delante de él.
—Es posible —admití.
—Pero tienes miedo a fracasar.
—Estoy aterrado. —¿Y si perdía lo que tenía? Era una tortura vivir así, pero era una agonía que me mantenía a flote.
—Entonces habrá que hacer que no fracases. —Su comentario me confundió.
—Eso no depende solo de mí. —En los asuntos del corazón debían de estar implicadas ambas partes, todo el mundo lo sabía.
—Mírate. Eres un regalo para la vista, seguro de ti mismo y de tus capacidades. Puedes seducir a cualquier mujer que se te ponga por delante. —Esa confianza me infló el ego. Que alguien como Marco reconociese mi potencial era un balón de oxígeno que no esperaba.
—Eso mismo pienso yo —reconocí con orgullo. Sí, podía conquistar a Dennise, estaba convencido.
—Pero no serías el primer libro que comienza bien y luego decepciona con el argumento o la trama. —¡Zas!, un jarro de agua fría. ¿Qué había visto en mí que no le convencía? ¡Si no me conocía!
—¿Qué insinúas? —pregunté ofendido.
—Que de atraparla te encargarás tú, pero yo te enseñaré a conservarla a tu lado. —Mis cejas se alzaron al entender a qué se refería.
—¿Con el sexo? —Su sonrisa depredadora me dio muy buenas vibraciones.