El trofeo (Cazadoras 3) Capítulo 9
38%

Capítulo 9

Tyler

No podía apartar la mirada de la imagen incompleta que se escondía al otro lado de la pared.

Mis ojos volvían constantemente hacia ese punto, tratando de imaginar lo que había por debajo de la cintura de la mujer.

El tatuaje seguía hacia abajo, estaba seguro, pero no sabía si lo que quería era completar la imagen del dibujo o ver más de aquella piel que me tenía cautivado.

Llevaba días intentando entrar en el dojo de las chicas, como Yumi lo había llamado. Era un lugar en el que ellas entrenaban o meditaban, y según habían dejado claro, era solo suyo. Nunca había oído hablar de un dojo que tuviese aquel tipo de decoración, pero, en fin.

Solté un suspiro pesado antes de volver a revisar la información en la pantalla de mi ordenador, tenía que centrarme en nuestro cliente.

—No, no, no. —La súplica de Dennise me hizo alzar la cabeza hacia donde ella se encontraba. Su figura estaba inclinada sobre su escritorio, observando su teléfono con sufrimiento.

—¿Qué ocurre? —Yumi se adelantó a pronunciar la pregunta que tenía en mi boca.

—No puede ser. —La voz de Dennise casi fue un susurro.

—Oh, mierda. —Yumi ya estaba a su lado, observando lo que había provocado aquella angustia en Dennise.

—Dime que se puede arreglar. Por favor. —Mis pies ya me habían acercado hasta ellas para comprobar qué era lo que ocurría.

—¡Mierda! —Sí, ese fui yo. No pude contener la maldición. La pantalla del teléfono de Dennise parecía haberse vuelto loca.

—Vamos a arreglarlo. —Yumi corrió hacia su escritorio para tomar su teléfono y hacer una llamada—.

Tengo un problema, el teléfono se ha vuelto loco...

Sí... Ahá... —miró su reloj de muñeca—, 20 o 25 minutos....

perfecto. —Se giró hacia Dennise y dijo—: Si vamos ahora puede intentar salvarlo, o al menos lo que hay dentro. —Dennise suspiró antes de asentir.

—Está bien. No puedo vivir sin teléfono.

—Soltó el aire pesadamente, como si le costase dar el siguiente paso.

Abrió su cajón, tomó una pequeña agenda, localizó el número y antes de que le pidiese el teléfono a Yumi yo ya le estaba ofreciendo el mío—.

Gracias. —Se alejó un poco buscando intimidad, pero, aunque fingí dársela, no perdí detalle de lo que decía.

—Hola, tengo que anular la cita de hoy, soy Dennise Legrand...

Sí, a las cuatro. —Miró el reloj, como si sopesase si tuviera tiempo después de reparar el teléfono.

Según marcaba el enorme reloj de la entrada, lo dudaba—. Llamaré para pedir una nueva, gracias.

—Yo conduzco. —Yumi meneó las llaves en su mano.

—¿Puedes...? —No le di tiempo a Dennise a terminar la frase.

—Yo me quedo al mando, no te preocupes. —Sin su teléfono operativo, solo quedaba el mío para que nuestros clientes contactasen con nosotros.

—Cierra cuando te vayas. Ya sabes cómo se conecta la alarma —me recordó mientras se alejaba detrás de Yumi.

—Lo sé. Ve tranquila.

Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, revisé mi alrededor.

Estaba solo. Tara había ido al pediatra, así que, si quería, podía irme de allí sin tener que justificarme.

Podía... Me morí el labio inferior conteniendo la mala idea que se había instalado en mi cabeza.

Sin ellas aquí, podía echarle un vistazo al dojo de las chicas y nadie lo sabría.

Esperé con el corazón en un puño, sentado en mi escritorio, a que su coche se marchase.

En cuanto lo vi alejarse calle abajo a toda velocidad, mi trasero salió disparado hacia la puerta.

En menos de un minuto estaba dentro del santuario privado de las chicas.

Cuando alcé la vista hacia el enorme lienzo colgado en la pared, ya sabía que iba a sacarle una foto a aquella obra de arte, como también sabía que no pensaba compartirla con nadie, y mucho menos con Jack.

Aquella visión sería solo mía, porque los únicos ojos masculinos que la admirasen serían los míos.

Mis pelotas estuvieron de acuerdo. No podría tenerla, pero tampoco permitiría que ningún desgraciado fantaseara con ella.

¿De verdad Dennise se había atrevido a que la inmortalizasen de aquella manera?

Oh, por supuesto que sabía que era ella.

Aquel perfil lo he admirado en silencio durante demasiado tiempo.

Podría decirse que lo tengo grabado en mi retina a fuego.

Su elegante cuello, la delicadeza de sus labios, la gracia de sus dedos...

Pero lo que me estaba arrastrando al infierno era ver el contorno de uno de sus pechos.

Se perfilaba su forma, provocando la tensión de toda mi zona media.

Aquella imagen era mucho más de lo que había pensado en un principio, era pecado, era un sueño prohibido, era la encarnación de la tentación en su máxima expresión, era una promesa de sexo con la diosa, era...

Era lo que iba a conseguir, me daba igual lo que dijese Tara, aunque lo haría con cuidado, porque no pensaba dejar que se escapara.

¿Hacía calor? No, era yo el que sudaba. Tuve que desabrocharme el botón superior de la camisa para no acabar asfixiado.

Dennise me estaba matando, aunque ella no lo supiera.

¡Mierda!, ¿tenía idea de lo que provocaba en un hombre esa imagen?

Seguramente sí, por eso lo escondían en su santuario prohibido.

Salí porque no quería seguir sufriendo, pero con una idea en mente: iba a ir a por ella y no permitiría que nadie más se acercase.

Tenía que protegerla de los hombres sin escrúpulos que querrían...

¡Mierda!, yo era uno de ellos. Tenía que hacérmelo mirar.

¿Tendría su terapeuta un hueco para mí? Acaricié el teléfono en mi bolsillo, ya tenía su número.

Un momento, aquel terapeuta no era lo que necesitaba, porque Dennise regresaba de sus sesiones bastante alterada.

¿Y si ese tipo había visto en Dennise lo mismo que yo?

¿Y si quería ponerla en contra del resto de los hombres?

Bueno, solo en mi contra, porque era a mí a quien miraba raro.

¿También miraba así a Jack? No me había fijado.

Por curiosidad regresé al escritorio de Dennise pues, ya que había violado su privacidad mirando y sacándole una foto a su provocativa imagen, ¿qué me impedía ir más allá?

Abrí su agenda y, con el número que había quedado registrado en mi teléfono, finalmente localicé el del tipo.

Ahí estaba, Marco Ferraro, terapeuta sexual.

Esas dos últimas palabras me hicieron maldecir.

Aquel hijo de puta estaba trabajándose a Dennise, no podía ser de otra manera.

Tomé aire, intentando recuperar la calma y pensar con claridad.

No, un profesional no lo haría. Aun así... Marqué el número y esperé.

—Gabinete terapéutico, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ah, hola. Quisiera concertar una cita con el señor Ferraro. Sé que le ha quedado libre un hueco a las cuatro, ¿podría recibirme?

No sé cómo conseguí convencerla, pero la secretaria me tomó los datos y me dio la cita.

No tenía mucho tiempo, así que cogí las llaves del coche, activé la alarma y salí pitando hacia la consulta de ese tipo.

Iba a buscar algunas respuestas, y más le valía dármelas todas, y si alguna no me gustaba... Calma, Tyler, respira.