El trofeo (Cazadoras 3) Capítulo 6
27%

Capítulo 6

Detuve el coche frente al portal de Tyler. Él me vio antes de que llegase, así que estaba abriendo la puerta del acompañante casi en el mismo instante en que paré. Retiré mi ordenador portátil del asiento a mi lado, para que él se sentase.

—Hola —saludó escuetamente. Demasiado formal para mi gusto. Coloqué mi ordenador sobre su regazo después de que se abrochase el cinturón de seguridad.

—Necesito que escojas uno de los logos para la empresa y revises la página web. —Sus cejas se alzaron sorprendidas.

—Realmente no perdéis el tiempo. —Abrió el dispositivo para encontrar varios de los diseños de Yumi.

¿De qué servía tener una graduada en Bellas Artes si no te aprovechabas de su talento?

Además, era nuestra especialista en recursos digitales y márquetin, era lógico que ella se encargase de todo ello.

Lo que Tyler y Tara no sabían era que, en esas interrupciones de la noche anterior, Yumi había aprovechado para garabatear algunos de sus diseños—.

Son buenos —dijo, mientras yo zigzagueaba entre el tráfico.

—Yumi es buena. ¿Y bien? —Escuché como Tyler soltaba pesadamente un suspiro.

—Tendría que ser una decisión entre los cuatro.

—Pues mándale unas fotos a Tara y que se decida, pero rápido. No podemos presentarnos en casa de nuestro cliente sin contar con una página web operativa. —Pude atisbar sus cejas fruncidas a causa de mi observación.

—¿Qué tiene que ver la web con el...? —Él mismo se dio cuenta—. Claro, olvidaba que el logo tiene que estar incluido en la web.

—Si te das prisa, puede estar operativa cuando lleguemos a nuestra reunión.

—¿Tan rápido?

—Llegar a donde estoy no ha sido solo por mi talento. Detrás tengo un equipo muy competente. —Él asintió conforme con mi observación.

—Nunca dudaría de ello. —Pude notar un pequeño toque de tristeza en su voz, como si mi comentario le recordase que toda mi parte de la nueva empresa era lo que necesitaba para que ellos pudieran salir a flote. Me maldije interiormente por poner piedras en mi propio camino.

Tyler envió fotografías de los logos a Tara, escogimos uno de entre las cinco opciones y después se decantó por un formato de página web.

Corrigiendo los colores para hacerlos coincidir con la paleta cromática de nuestro logo, apenas quedaba más que colgar la web.

No me pregunten cómo se hacía todo eso, Yumi se encargó de todo.

—Ha llegado a su destino —informó la voz preprogramada del navegador. Observé a mi alrededor, buscando las referencias que había repasado con los mapas posicionales de Google—. Si no me equivoco, hay un aparcamiento una calle más abajo —comenté.

—No has estado aquí antes, ¿verdad? —comentó Tyler.

—No, no he estado. —Él asintió ante mi comentario.

—No soy el único que se prepara a conciencia. —Creo que fue un halago.

—No me eches flores, McKinney. Esto ha sido fácil, cualquiera puede hacerlo. Lo que importa es lo que hagamos ahí arriba. ¿Estás preparado?

—Todo lo que puedo estarlo. —Me sonrió con picardía al decirlo. Estaba convencida de que él se encargaría de deslumbrarnos cuando llegase el momento.

Como esperaba, Tyler no decepcionó. Salimos del domicilio de Spencer Madox con un nuevo contrato entre manos. Estaba claro que el boca a boca había funcionado. Jack había hecho un inmejorable trabajo de publicidad al mencionarnos a algunos de sus conocidos.

—Tenemos que conseguirnos unas tarjetas de visita con el nuevo logo de la empresa —le sugerí mientras bajábamos en el ascensor.

—Tara puede conseguirlo rápido, con calidad y a buen precio —dijo Tyler mientras tecleaba en su teléfono.

—Entonces le diré a Yumi que prepare las maquetas para la impresión. Enviadle los teléfonos que queráis que aparezcan en las tarjetas.

—¿Tú tienes más de uno? —preguntó curioso Tyler.

—Desde que se pueden restringir las llamadas, no. Es de locos ir por ahí con dos teléfonos. No sé si te has dado cuenta, pero la vida ya es demasiado difícil como para encima complicarla más. Así que trato de hacer las cosas fáciles.

—Buena directriz vital —me elogió Tyler.

—Y hablando de trabajo. Los contratistas probablemente terminarán en un par de días la oficina. Tenemos que empezar a encargar el mobiliario y el rótulo para el frontal del edificio. Me gustaría tener un lugar en el que recibir a nuestros potenciales clientes.

—Tienes razón, eso nos daría una mejor imagen. Creo que podemos aprovechar el material del despacho provisional de mi apartamento, y el resto ir a ojearlo mañana. ¿Qué te parece? —Que yo no podía incluirme en esa excursión y Yumi tampoco. Teníamos un plan mucho más interesante entre manos.

—Lo nuestro ya está encargado, solo falta lo vuestro. Seguro que lo que escojáis está bien. Mientras no traigáis un tren de cinco vagones, creo que podemos hacerle hueco a lo que sea. —La oficina era enorme.

—¿Seguro que Yumi y tú no queréis venir? Se supone que debemos mantener una especie de cohesión con la decoración.

—Será un lugar en el que pasaremos muchas horas, y cada uno es diferente al otro.

¿No sería mejor escoger algo con lo que te sintieras cómodo?

Esto no es una academia japonesa en la que todos deben llevar el mismo uniforme.

—Sus ojos me observaron demasiado fijamente, como si acabase de hacerle un regalo inesperado, uno que apreciaría siempre.

—No dejas de sorprenderme. —Su voz sonó demasiado suave, como si sus palabras hubiesen escapado de su boca sin permiso.

—Espero que eso sea bueno —dije con una sonrisa.

—Contigo siempre es bueno —reconoció.

Mi teléfono vibró en ese momento, llamando la atención de ambos. Era uno de esos mensajes automáticos que te recuerdan una cita. Un estremecimiento se apoderó de mi cuerpo de forma anticipatoria: esa tarde tenía una nueva cita con Marco. Más conocimientos con los que conseguir mi trofeo.

—¿Estás bien? —Los ojos de Tyler me observaban preocupados.

—Eh, sí. Es solo un recordatorio de la cita con mi terapeuta —confesé, consciente de que no necesitaba dar tanta información, pero que me vendría bien que él la tuviera.

—Terapeuta. Así que no eres perfecta —trató de bromear él.

—Nunca he dicho que lo fuera. —Mi voz sonó sin rastro alguno de jovialidad. Quería que supiera que todos teníamos taras. De alguna manera, debía parecer menos perfecta de lo que él me creía. Sé que le hice pensar en ello, porque no volvió a tocar el tema.