El trofeo (Cazadoras 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

No es que hubiese escuchado toda la conversación, pero sí lo suficiente para entender de qué iba.

Tara le había dicho que no podía poner en peligro nuestra alianza empresarial por un calentón.

Entendía su miedo a quedarse sin trabajo, o al menos sin uno que tuviese el potencial de cubrir sus necesidades económicas, como lo hacía este.

Pero eso no era bueno para mis planes. ¿Cómo seducir a un hombre que no quiere ser seducido?

Si ponía en un lado de la balanza el futuro de un bebé casi recién nacido y, en el otro, un revolcón con una mujer que acababa casi de conocer, yo tampoco dudaría.

Y Tyler ya las había acogido a ambas hacía tiempo, no las abandonaría precisamente ahora.

Sin que me vieran, regresé a la cocina, como si realmente hubiese ido al baño. Podía esperar unos minutos para ir a mear, o eso esperaba. Mientras tanto, aprovecharía ese tiempo para enriquecer mi plan con algunos detalles extra. Tyler podría resistir todo lo que quisiera, pero acabaría cayendo.

Ahora tenía delante un reto más complicado, pero no me detendría.

Quizás Tara me estaba haciendo un favor, porque Tyler tendría que hacer grandes esfuerzos por resistirse, y todos sabemos lo bien que nos sabe esa tentación cuando luchamos contra ella y al final perdemos.

El fracaso nunca nos sabe tan bien como en ese momento.

—Yumi, ¿te apetece una sesión en el gimnasio antes de meternos en la ducha? —Sus ojos me miraron como si estuviese loca.

—Apenas he dormido anoche, estoy molida —reconoció. Tenía que motivarla, así que la provoqué donde sabía que surtiría efecto.

—Pensé que un poco de ejercicio intenso nos ayudaría a despertarnos. Aunque si estás tan cansada que te da miedo que pueda ganarte... —Alcé el hombro como para quitarle importancia, pero ya sabía que había tocado su punto débil. Yumi era coqueta, pero por encima de todo, era competitiva.

—No tendrás esa suerte. —Se puso en pie y se llevó los restos del bollo a la boca mientras se dirigía a su habitación—.

Te espero en el tatami. —Era muy consciente de que haberla azuzado de aquella manera no iba a ser bueno.

Seguramente pondría más empeño para derribarme una y otra vez.

Pero si quería llegar a mi objetivo, necesitaba hacer sacrificios, y un cuerpo dolorido por una intensa sesión de kárate no era el peor de ellos.

Revisé mi correo, anoté el número de teléfono de nuestro primer cliente y le envié un mensaje instantáneo ofreciéndole una hora de reunión. La respuesta acababa de llegar cuando Tara y Tyler regresaron a la cocina para despedirse.

—Lo tenemos todo. Volveré en una hora para ir a esa reunión.

—Tranquilo, he confirmado la reunión con Spencer Madox dentro de dos horas. Tienes tiempo de tomarte una buena ducha, desayunar en condiciones y ponerte al día sobre su caso antes de que pase a recogerte por tu apartamento. —Las cejas de Tyler se alzaron sorprendidas.

—¿No prefieres que pase a recogerte?

—Nos vamos a reunir en su apartamento. Tendrías que dar demasiada vuelta solo para recogerme. Seamos prácticos, yo te recojo a ti. —Antes de que pudiese replicarme, Yumi regresó para arrojarme unos guantes de entrenamiento.

—Ve cambiándote mientras estiro las colchonetas. Voy a patear tu culo flacucho —amenazó con sus ojos entrecerrados sobre mí.

—¿Qué nos hemos perdido? —preguntó un curioso Tyler.

—Cada uno tiene su método para prepararse para una reunión. El nuestro es darle un poco al kárate. —Le guiñé un ojo antes de pasar por su lado para ir a mi cuarto a cambiarme.

—Pero esos son guantes de entrenamiento de boxeo —le escuché decir mientras me alejaba.

—Es que me gusta mezclar cosas —le aclaró Yumi.

Cuando ella y yo estábamos en el tatami, justo detrás de nuestra oficina, ellos ya habían abandonado el edificio, y si de algo estaba segura era de que la cabeza de Tyler estaría imaginándome con un atuendo deportivo lanzando golpes contra mi adversario.

¿Podía haber algo más caliente para un hombre que una guerrera en ropa ajustada? Los videojuegos nos dicen que no.

Cuarenta minutos después, mis pulmones luchaban por respirar todo el aire que les faltaba a mis exhaustas células, mientras mi agotado cuerpo languidecía sobre una colchoneta. Aun así, era el momento de dar el segundo paso de mi nuevo plan de ataque.

—Desde aquí realmente se ve vacío, como decías el otro día. —Yumi giró la cabeza para apreciar la enorme sala.

—Demasiada luz desaprovechada. —Esa era la visión de una artista.

—Lo dices como si esto fuese una galería de arte. —Noté el momento en que su ceja derecha se alzó.

—¿Crees que no quedarían bien unos cuadros aquí?

—Señaló con sus brazos extendidos la pared que dividía las antiguas cocheras, lo que ahora era nuestra sala de ejercicios y las oficinas.

Afortunadamente para mi plan, la parte superior de la división era de un material casi transparente, lo que dejaba pasar la luz natural del exterior de una estancia a otra.

Algo bueno si quieres ahorrar energía, y mucho más si quieres que los del otro lado se mueran por ver lo que había a este otro.

—Tú eres la experta, pero ya que eres una artista consumada, yo aprovecharía toda esta luz para lucir mi obra. —Había visto parte de su trabajo y tenía algo en mente que nos vendría bien a ambas.

—¿Te refieres a los bocetos que te mostré? —Oh, sí. Lo hacía.

—¿Te atreverías a hacerlo conmigo? —le sugerí.

—¿Quieres decir como mi modelo?

—Sé que fue una idea loca tuya, pero ¿por qué no? Ahora tenemos el lugar perfecto para volvernos locas. Nadie va a verlo si es que te da vergüenza, aunque me encantaría ser la musa de un gran artista. ¿Qué dices? —Su sonrisa traviesa me dijo que había conseguido lo que quería.

—Que ya no te puedes echar atrás. —Extendió su mano para ayudarme a levantarme, o tal vez para sellar el trato. A mí me servían ambas cosas.

—¿Qué necesitas? —Sus ojos escrutaban la gran pared, como si estuviese imaginando lo que iba a hacer con ella.

—Un día de tu tiempo. Del resto me encargo yo.

—Yo me daría prisa. Los mercados están abiertos y nuestra mecha ya ha sido encendida. Es cuestión de tiempo que nuestra agenda esté llena. —Nada como meterle prisa.

—Yo lo tendré todo preparado esta misma tarde. ¿Tú cuándo tienes libre? —Sonreí antes de responder.

—¿Mañana? Trataré de despejar mi agenda todo el día para ti. —Yumi se abalanzó sobre mí para estrujarme.

—No te arrepentirás. Voy a convertirte en un icono del arte.

—Espero que sea más como el retrato de Marilyn Monroe que la lata de sopa de tomate de Andy Warhol —la piqué.

—Cuando te veas, te sentirás hermosa, te lo aseguro. —Yo quería más.

—Eso no será difícil, es lo que veo cada mañana frente al espejo después de arreglarme. —Yumi me desafió con la mirada.

—Entonces tendré que hacer que seas irresistible. —Eso podía servirme.

—Veamos cuántos puntos consigues —desafié de vuelta. Como dije, Yumi era muy competitiva y, solo por eso, sabía que su trabajo sería espectacular, no podía ser menos.