Capítulo 11. La última estación
Las puertas dejaron de cerrarse una tras otra después de unos minutos, pero el silencio que quedó en los vagones resultó todavía más inquietante.
Nadie sabía quién había estado caminando por el tren ni qué había ocurrido durante aquellos instantes en los que los pasajeros permanecieron inmóviles, escuchando los pasos aproximarse desde el extremo del convoy.
Jakob había recorrido todos los compartimentos sin encontrar a nadie.
Las ventanas continuaban cerradas, las puertas exteriores aseguradas y las conexiones entre los vagones intactas.
El tren seguía avanzando con la misma obstinación, como si nada hubiera ocurrido, atravesando un paisaje cada vez más oscuro en el que las señales de la guerra aparecían de manera intermitente: puentes reconstruidos de forma provisional, estaciones sin tejados, depósitos de locomotoras convertidos en montones de hierro y pueblos donde las personas caminaban entre edificios reducidos a paredes desnudas.
El mundo parecía estar intentando volver a empezar, pero dentro de aquel tren el tiempo había retrocedido dos años.
Anna se encontraba a su lado.
—¿Cuánto falta?
Jakob miró por la ventana.
—Poco.
—¿Hasta dónde?
—Hasta la última estación.
Anna permaneció callada.
—¿Y después?
Jakob la miró.
—Después cada uno seguirá su camino.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Esto no terminará allí.
Jakob comprendió que tenía razón. La última estación no era el final.
Era el lugar donde dejarían de estar protegidos por el anonimato del tren.
A partir de allí, los pasajeros podrían dispersarse por ciudades diferentes, cambiar de nombre, destruir documentos y volver a desaparecer.
Si el asesino esperaba hasta la llegada, perdería el control sobre ellos.
Por eso Jakob estaba convencido de que el último asesinato ocurriría antes de llegar. Y quizá no sería el último.
El convoy comenzó a reducir la velocidad. Los pasajeros levantaron la cabeza. A través de la lluvia aparecieron las primeras luces. La ciudad estaba cerca. La estación también.
Friedrich Bauer seguía desaparecido. Nadie había encontrado su cuerpo.
Los documentos que habían aparecido en la caja metálica habían desaparecido misteriosamente del compartimento después de que Jakob los dejara sobre una mesa durante unos minutos.
Samuel permanecía herido. Elise lo vigilaba.
Los hermanos Adler habían dejado de hablar.
Marta se había encerrado en su compartimento. Y nadie sabía dónde estaba Lukas.
Jakob recorrió el tren. No buscaba únicamente al asesino.
Buscaba una salida. Encontró una puerta de servicio al final del último vagón.
Estaba cerrada con llave. Intentó abrirla, pero nada ocurrió.
Entonces vio una inscripción grabada sobre el metal: 17-11-43.
La misma fecha. Jakob pasó los dedos por las cifras.
No podía ser casualidad. Alguien había preparado aquel tren mucho antes de que ellos subieran.
Volvió al vagón tres. Samuel estaba despierto.
—¿La última estación? —preguntó el anciano.
—Sí.
—Entonces ya no queda mucho tiempo.
—¿Para qué?
Samuel lo miró.
—Para decidir qué va a hacer con la verdad.
Jakob se sentó.
—Quiero saber dónde está Margaret.
—Lo sabrás.
—¿Cuándo?
—Cuando recuerdes quién era el séptimo.
Jakob permaneció inmóvil.
—Ya sé que era mi esposa.
Samuel negó.
—No.
—¿Entonces quién?
—No era una de las personas que estaban en la casa.
Jakob frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—La fotografía tenía siete personas.
—Sí.
—Pero había una octava.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Samuel sonrió débilmente.
—Usted.
Jakob quedó en silencio.
—Yo estaba allí.
—No.
Samuel negó lentamente.
—Usted no estaba solamente allí.
Jakob se inclinó hacia él.
—Explíquese.
—Usted llegó después.
—¿Después de qué?
—Después de que todo hubiera ocurrido.
Jakob sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
—Eso no es posible.
—Lo es.
—Yo recuerdo haber entrado en la casa.
—Entró.
—Recuerdo haber encontrado a Anna.
—La encontró.
—Recuerdo a mi esposa.
Samuel cerró los ojos.
—Pero no recuerda por qué estaba allí.
Jakob permaneció inmóvil. Aquella era la pieza que faltaba. La razón por la que Margaret había aparecido en los documentos. La razón por la que su nombre estaba vinculado a Anna. La razón por la que alguien quería que Jakob recordara.
—Mi esposa no era una víctima —dijo.
Samuel abrió los ojos.
—No.
—¿Trabajaba con ellos?
—No.
—¿Entonces?
—Trabajaba contra ellos.
Jakob sintió un vacío en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que usted lo supiera.
Las luces del tren parpadearon. Anna apareció en la puerta.
—La ciudad.
Jakob se levantó. A través de la ventana podían verse edificios iluminados.
La última estación estaba a pocos minutos.
Los pasajeros comenzaron a recoger sus pertenencias.
Algunos parecían aliviados. Otros tenían la mirada perdida.
Nadie hablaba de lo ocurrido. Era como si todos hubieran decidido que el silencio podía protegerlos. Jakob sabía que no era así.
La estación apareció finalmente delante de ellos.
Era grande, parcialmente reconstruida y llena de personas.
Soldados, trabajadores ferroviarios, refugiados, mujeres con niños y hombres cargando maletas esperaban bajo las luces.
Había vehículos militares en las calles próximas y grupos de personas buscando nombres en tablones improvisados.
Después de semanas de ruina, aquella estación parecía una promesa de normalidad.
Pero Jakob no sintió alivio. Sintió miedo.
Porque sabía que entre aquella multitud podía haber alguien esperando.
El tren redujo la velocidad. Los frenos comenzaron a chirriar.
Samuel pidió que lo ayudaran a levantarse.
—Tengo que bajar.
—No —dijo Jakob.
—Si no bajo ahora, morirán más personas.
—¿Quién?
Samuel miró a Anna.
—Los que todavía no saben que están en peligro.
El tren entró en la estación. Los pasajeros comenzaron a levantarse. Jakob miró hacia el exterior. Había decenas de personas. Demasiadas. No podía controlar el movimiento.
Entonces escuchó un ruido. Un golpe debajo del suelo. Jakob se quedó inmóvil. Volvió a escucharlo. Tres golpes. Anna lo miró.
—La puerta.
Jakob recordó la casa. La puerta roja. Los golpes. La niña. La voz de Margaret. Todo apareció en su mente al mismo tiempo. No eran recuerdos separados. Eran partes de una misma escena.
Y finalmente la recordó. La noche del 17 de noviembre de 1943. La casa. La nieve. Los hombres. Los documentos. Margaret. Anna. Y el tren. Pero también recordó algo que nunca había querido recordar.
Él había sido quien abrió la puerta del sótano. Él había sido quien encontró los documentos. Él había sido quien descubrió los nombres. Y él había sido quien entregó aquella carpeta a la persona equivocada.
Jakob retrocedió.
—No.
Anna se acercó.
—¿Qué ocurre?
Jakob la miró.
—Yo los condené.
—¿A quiénes?
—A todos.
La expresión de Anna cambió.
—¿Qué hiciste?
Jakob cerró los ojos. La memoria continuó regresando.
Había entregado la carpeta a un superior creyendo que las autoridades la utilizarían para detener a los responsables.
Pero aquel hombre había sido parte de la red.
Había leído los nombres y había ordenado inmediatamente que se eliminara a los testigos.
Margaret había comprendido el peligro antes que él.
Había intentado advertirle. Y Jakob no la había escuchado.
Hasta que fue demasiado tarde. Un ruido metálico sonó detrás de ellos.
Jakob se volvió. La puerta del compartimento oculto estaba abierta. Alguien había bajado.
—Quédate aquí —dijo.
Anna negó.
—Voy contigo.
Descendieron. La habitación estaba vacía.
Pero sobre la mesa había una fotografía.
Jakob la recogió. Era una fotografía de Margaret.
Estaba viva. Más delgada. Más envejecida.
Pero viva. Detrás de ella aparecía una pared de piedra.
Y junto a la fotografía había una dirección.
Jakob la leyó. Reconoció el lugar. Era un antiguo edificio administrativo situado a pocos kilómetros de la estación.
Entonces escuchó pasos detrás.
Se volvió.
Lukas estaba en la escalera.
—Ya la ha encontrado —dijo.
Jakob apretó la fotografía.
—¿Dónde está?
—Aquí no.
—¿Dónde?
Lukas bajó un escalón.
—La han trasladado.
—¿Quién?
Lukas miró a Anna.
—Los hombres que siguen buscando los documentos.
—¿Qué documentos?
—Los que demuestran quién ordenó todo.
Jakob sintió que la respuesta estaba finalmente al alcance de la mano.
—¿Y dónde están?
Lukas lo miró.
—Con usted.
Jakob frunció el ceño.
—No.
—Sí.
—No tengo nada.
Lukas señaló el bolsillo interior del abrigo.
Jakob introdujo la mano. Encontró algo que no recordaba haber guardado.
Una pequeña hoja doblada. La abrió. Reconoció la letra.
Era la letra de Margaret. Solo había una frase: Jakob, si estás leyendo esto, significa que ya no puedo protegerte.
No confíes en quien te entregue la verdad.
Jakob levantó la mirada.
—¿Cuándo me dejó esto?
Lukas no respondió.
Anna tomó la carta.
—¿Qué significa?
Jakob la miró.
—Significa que mi esposa sabía que alguien intentaría utilizarme.
—¿Quién?
Jakob observó la puerta. Afuera, los pasajeros comenzaban a bajar del tren. La última estación estaba llena. Y entre cientos de personas, alguien estaba esperando.
Entonces Jakob comprendió el verdadero propósito del viaje.
El tren nunca había sido diseñado para llevarlos simplemente desde una ciudad destruida hasta otra que intentaba reconstruirse.
Había sido una trampa móvil, un lugar donde reunir a personas que habían compartido un secreto y obligarlas a revelar sus posiciones antes de que pudieran desaparecer entre los millones de desplazados que atravesaban Europa.
Cada asesinato había servido para cerrar una salida.
Cada desaparición había reducido el número de personas capaces de contar lo ocurrido.
Cada fotografía había empujado a Jakob un poco más cerca de una memoria que alguien había intentado destruir.
Y ahora, cuando el convoy acababa de detenerse en la última estación, comprendió que la verdadera investigación apenas comenzaba.
Porque Margaret estaba viva, Anna conocía una parte de la verdad, Samuel guardaba otra, Lukas parecía conocer el resto y, en algún lugar de aquella ciudad, los hombres que habían protegido el secreto durante dos años seguían esperando para impedir que saliera a la luz.
Jakob salió finalmente del compartimento oculto y subió al vagón.
La estación se extendía al otro lado de las puertas abiertas, llena de voces, pasos y rostros desconocidos.
Anna permanecía junto a él. Samuel era ayudado por Elise.
Los demás pasajeros descendían lentamente, algunos sin mirar atrás, otros llevando consigo el peso de una historia que ya no podían fingir que desconocían.
Jakob guardó la carta de Margaret en el bolsillo y miró por última vez el interior del tren.
Había comenzado aquel viaje creyendo que regresaba a una vida que la guerra le había arrebatado.
Ahora comprendía que nunca había estado regresando a casa.
Había sido conducido hasta allí para enfrentarse con aquello que había dejado atrás.
Y justo cuando puso un pie sobre el andén, una voz femenina llegó desde la multitud.
—Jakob.
Se quedó inmóvil. No necesitó volver la cabeza para reconocerla. Había escuchado aquella voz demasiadas veces en sus recuerdos. La voz que durante dos años había creído perdida para siempre.
Anna lo miró. Jakob se volvió lentamente.
Entre cientos de personas, a pocos metros de distancia, una mujer permanecía inmóvil junto a una columna.
Era Margaret. Estaba viva, pero no estaba sola.
A su lado había un hombre vestido con un abrigo oscuro.
El mismo hombre que aparecía en la fotografía de 1943.
El padre de Anna. El hombre que todos habían creído muerto.
Y cuando Jakob comprendió quién estaba realmente detrás de los asesinatos, entendió también por qué el tren había tenido que llegar hasta aquella estación. No habían viajado hacia el final de una historia. Habían llegado exactamente al lugar donde la historia debía comenzar.