Capítulo 10. Los supervivientes
Durante unos segundos, Jakob no fue capaz de reaccionar.
La pequeña habitación oculta bajo el vagón parecía haberse quedado sin aire.
Frente a él, Lukas Stein permanecía inmóvil en el último escalón de la escalera, sosteniendo una lámpara que proyectaba sobre su rostro una luz amarillenta y temblorosa.
Anna lo observaba con los ojos abiertos, incapaz de pronunciar una palabra.
Samuel, que había sido trasladado hasta allí con ayuda de Elise y Friedrich, permanecía sentado contra una de las paredes, respirando con dificultad.
La revelación acababa de alterar todo lo que Jakob creía saber.
Margaret estaba viva. Su esposa, a quien había llorado durante dos años, cuya fotografía había llevado consigo en el bolsillo interior del abrigo y cuya muerte había convertido su vida en una sucesión de días vacíos, podía seguir respirando en algún lugar.
Pero había algo más inquietante: Lukas sabía dónde estaba, conocía aquel compartimento y parecía haber esperado durante años el momento en que Jakob regresara hasta allí.
—¿Dónde está? —preguntó Jakob.
Lukas no respondió inmediatamente.
—¿Dónde está Margaret?
—No puedo decírtelo todavía.
Jakob avanzó hacia él.
—Dos años.
Su voz era baja, pero contenía una rabia que apenas conseguía controlar.
—Dos años creyendo que estaba muerta.
Lukas no retrocedió.
—Porque era necesario.
—¿Para quién?
—Para ella.
Anna intervino.
—¿Por qué?
Lukas la miró.
—Porque tu padre todavía tenía hombres buscándola.
Anna palideció.
—Mi padre está muerto.
—Eso es lo que quieren que creas.
Jakob miró a Samuel. El anciano no parecía sorprendido.
—Tú sabías que estaba viva —dijo Jakob.
Samuel bajó la cabeza.
—Sí.
—Todos lo sabían.
—No todos.
—Entonces dime quién.
Samuel permaneció callado. Jakob comprendió que no conseguiría respuestas mientras continuaran allí abajo.
—Subimos.
Lukas negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ahora todos saben que existe este lugar.
—Nadie sabe nada.
Lukas levantó la mirada hacia el techo.
—Ellos sí.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿Quiénes?
Lukas no respondió. Entonces se escucharon golpes sobre sus cabezas. Tres. Lentos. Precisos. Anna se estremeció.
—La puerta.
Jakob comprendió que alguien estaba llamando desde el vagón. Lukas apagó la lámpara. Durante varios segundos permanecieron completamente a oscuras. Después escucharon una voz.
—Jakob.
Era Friedrich Bauer.
—¡Abra!
Jakob miró a Lukas.
—¿Qué hacemos?
—Nada.
—Es uno de los pasajeros.
—Precisamente.
Los golpes volvieron a sonar.
—¡Jakob!
Esta vez la voz parecía más nerviosa.
—Han encontrado a alguien.
Jakob abrió la trampilla. Subió primero. Friedrich estaba en el vagón.
—¿Qué ocurre?
—Marta ha encontrado algo.
—¿Qué?
—Los documentos.
Jakob miró hacia atrás. Lukas seguía debajo.
—¿Dónde está Marta?
—En el cuarto vagón.
Jakob salió.
El resto de los pasajeros se había reunido allí. Nadie hablaba. Marta Vogel sostenía una carpeta contra el pecho. Tenía el rostro desencajado.
—La encontré en una de las maletas de Keller.
Jakob extendió la mano.
—¿Qué es?
—Una lista.
—¿De qué?
Marta lo miró.
—De nosotros.
Abrió la carpeta. Había una hoja con los nombres de todos los pasajeros, pero no era la misma lista que Jakob había encontrado en el compartimento oculto.
Esta había sido escrita recientemente. Junto a cada nombre aparecía una fecha y una palabra en orden: vigilar, interrogar y eliminar. Jakob sintió un frío en el estómago.
—¿Quién escribió esto?
Marta negó con la cabeza.
—No lo sé.
Friedrich tomó la hoja.
—Mi nombre está marcado como eliminar.
Elise se acercó.
—El mío también.
Uno de los hermanos Adler dio un paso atrás.
—El mío dice interrogar.
El otro miró el documento.
—El mío también.
El miedo comenzó a transformarse en algo más peligroso. Desconfianza. Todos empezaron a mirarse.
—¿Quién la escribió? —preguntó una mujer.
—¿Quién de nosotros sabe lo que ocurrió?
—¿Quién mató al hombre del primer vagón?
—¿Quién hizo desaparecer a Brenner?
Las preguntas se mezclaron y las voces aumentaron. Jakob levantó una mano.
—¡Silencio!
Nadie obedeció.
—¡Silencio!
El vagón quedó finalmente callado. Jakob observó los rostros.
—Hay personas aquí que estuvieron relacionadas con 1943.
Friedrich se volvió hacia él.
—¿Todas?
—No.
—Entonces diga quiénes.
Jakob miró a los pasajeros.
—Todavía no lo sé.
—Miente.
La palabra salió de la boca de Paul Adler.
Jakob lo miró.
—¿Qué has dicho?
—Que usted miente.
—¿Por qué?
Paul señaló la carpeta.
—Porque su nombre también está ahí.
Jakob tomó la hoja. Era cierto. Junto a su nombre aparecía una palabra: vigilar. Pero debajo había otra anotación que la contradecía: no eliminar. Jakob sintió que todos lo observaban.
—Eso significa que alguien quiere que llegue al final del viaje.
Marta negó lentamente.
—O significa que alguien necesita que usted llegue vivo hasta el final.
La diferencia era enorme.
Anna apareció entonces en el pasillo. Todos se volvieron hacia ella. Su rostro estaba pálido.
—¿Dónde está Lukas? —preguntó Jakob.
Anna miró a los pasajeros.
—No viene.
—¿Por qué?
—Dice que todavía no.
Friedrich se acercó.
—¿Quién es Lukas?
Nadie respondió.
Marta miró a Jakob.
—El hombre que desapareció en la estación.
—No desapareció —dijo Anna.
—¿Entonces?
Anna respiró profundamente.
—Estaba escondido.
—¿Dónde?
—Debajo del vagón.
El silencio fue inmediato. Friedrich miró a Jakob.
—¿Existe un compartimento oculto?
Jakob comprendió que ya no tenía sentido ocultarlo.
—Sí.
Los pasajeros reaccionaron con incredulidad.
—¿Qué hay allí?
Jakob no respondió.
Marta dio un paso hacia él.
—¿Qué ha encontrado?
—Documentos.
—¿Sobre nosotros?
—Sobre 1943.
Paul Adler palideció. Su hermano Martin lo miró.
—Tenemos que hablar.
—Aquí no.
—No podemos seguir escondiéndolo.
Jakob los observó.
—Entonces empiecen.
Martin respiró profundamente.
—Nosotros no éramos hermanos.
Un murmullo recorrió el vagón.
—Nos conocimos en 1943.
—¿Dónde?
—En la estación.
—¿Trabajaban para el ferrocarril?
Martin negó.
—Trabajábamos para quienes controlaban el transporte.
Paul cerró los ojos.
—No sabíamos lo que hacían.
Martin lo miró.
—Yo sí.
Jakob sintió que algo se cerraba dentro de él.
—¿Qué transportaban?
Martin tardó en responder.
—Personas.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Martin negó con la cabeza.
—No sabe qué personas.
El hombre tragó saliva.
—Transportábamos a quienes habían sido declarados muertos.
Jakob frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Personas que oficialmente ya no existían.
Anna se acercó.
—¿Por qué?
Martin la miró.
—Porque algunos eran testigos.
—¿De qué?
—De nombres.
—¿Qué nombres?
Martin miró hacia Jakob.
—Los de quienes estaban ayudando a sacar personas del país antes del final de la guerra.
Jakob comprendió que la red era mucho mayor de lo que había imaginado. No se trataba únicamente de desapariciones. Había una operación organizada para borrar identidades, mover personas y destruir pruebas.
—¿Quién dirigía todo?
Martin no respondió.
Paul sí.
—El padre de Anna.
Anna cerró los ojos.
—¿Cómo se llamaba?
Los dos hermanos permanecieron en silencio. Finalmente Martin pronunció el nombre. Jakob lo reconoció. Era el nombre que había visto en documentos clasificados. El nombre de un funcionario que había desaparecido poco antes de terminar la guerra.
—No murió —dijo Jakob.
Martin negó.
—No.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos.
—Mentira.
Martin levantó la mirada.
—Lo vimos por última vez en 1944.
—¿Dónde?
—En una estación.
—¿Cuál?
Martin miró a Anna.
—La misma.
Jakob comprendió entonces que aquella estación no había sido simplemente un escenario del pasado.
Había continuado funcionando como punto de encuentro clandestino incluso después de que oficialmente hubiera quedado destruida.
La guerra había terminado en muchos lugares, pero algunas redes no habían terminado con ella.
Habían cambiado de nombre, habían cambiado de uniforme, habían cambiado de país y habían aprendido a sobrevivir.
Jakob regresó al compartimento donde Samuel permanecía herido. El anciano estaba despierto.
—Todos están hablando —dijo Samuel.
—Ya no pueden callar.
—Eso es peligroso.
—Necesito saber dónde está Margaret.
Samuel lo miró.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si lo sabes, ellos también lo sabrán.
Jakob se inclinó.
—¿Quiénes?
Samuel señaló la puerta.
—Los supervivientes.
Jakob permaneció inmóvil.
—¿Los pasajeros?
—Algunos.
—¿Cuántos?
Samuel respiró con dificultad.
—Los suficientes.
—¿Y qué quieren?
El anciano miró hacia Anna.
—Que nadie recuerde.
En ese instante, un grito atravesó el tren. Todos salieron al pasillo. El grito había venido del último vagón. Jakob corrió y encontró a Elise Hartmann junto a una puerta abierta. En el suelo había sangre, pero no había cuerpo.
—¿Qué ha ocurrido?
Elise estaba temblando.
—Bauer.
—¿Dónde está?
—Estaba aquí.
—¿Y ahora?
—Ha desaparecido.
Jakob miró la sangre. Había más que suficiente para indicar una herida grave, pero no había rastro de Bauer. El tren seguía avanzando. Las puertas exteriores estaban cerradas. Las ventanas permanecían aseguradas. Nadie podía haber bajado.
Jakob recorrió el vagón con la mirada. Los pasajeros se habían quedado inmóviles.
Entonces vio algo debajo de uno de los asientos.
Una pequeña caja metálica. La sacó. Dentro había fotografías.
Todas pertenecían a personas relacionadas con 1943, pero había una que no reconocía.
Era una fotografía reciente. La tomó entre los dedos.
Mostraba el interior de aquel mismo tren.
Los pasajeros estaban sentados exactamente donde se encontraban ahora.
La fotografía había sido tomada desde el fondo del vagón.
Y al ampliarla con la mirada, Jakob comprendió algo que le hizo sentir un vacío en el pecho.
La fotografía no había sido tomada antes de que el tren partiera.
Había sido tomada esa misma noche. Alguien estaba observándolos desde el interior del convoy.
Alguien que había conseguido fotografiarlos sin ser visto.
Jakob levantó la cabeza y miró a los pasajeros uno por uno.
Ya no veía únicamente refugiados, supervivientes, antiguos funcionarios o personas que intentaban regresar a algún lugar que alguna vez habían llamado hogar.
Veía a un grupo de desconocidos encerrados en un espacio del que nadie podía salir, unidos por una historia que ninguno quería contar y vigilados por alguien que conocía sus movimientos con una precisión imposible.
La desaparición de Bauer había destruido la última ilusión de que los asesinatos obedecían a un patrón sencillo.
El enemigo no necesitaba entrar desde fuera porque ya estaba dentro.
Podía esconderse entre ellos, sentarse junto a ellos, escuchar sus conversaciones, observar sus miedos y esperar pacientemente hasta que alguno cometiera el error de decir demasiado.
Jakob comprendió entonces que el tren no era solamente el lugar donde se estaban produciendo los crímenes.
Era el mecanismo que alguien había construido para reunir a los supervivientes en un mismo espacio y obligarlos a enfrentarse con aquello que habían intentado olvidar durante dos años.
Anna se acercó lentamente.
—Jakob.
Él no respondió.
—¿Qué ves?
Jakob le entregó la fotografía.
Anna la observó. Su rostro cambió.
—Yo conozco esta fotografía.
Jakob la miró.
—¿Cuándo la viste?
—Antes de subir al tren.
—¿Dónde?
Anna cerró los ojos.
—En una habitación.
—¿Qué habitación?
—La casa.
Jakob sintió que algo se cerraba alrededor de ellos.
—¿Quién la tenía?
Anna abrió los ojos.
—Mi madre.
Jakob sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Qué hacía?
Anna miró nuevamente la fotografía.
—Estaba escribiendo nombres detrás.
—¿Qué nombres?
Anna dio la vuelta a la fotografía. En el reverso había una lista escrita a mano. Siete nombres. Seis estaban tachados. El último permanecía intacto.
Jakob lo leyó. Era su propio nombre. Pero debajo había una segunda anotación que ninguno de los dos había visto antes: no matar a Jakob Weiss. Él debe recordar.
Jakob permaneció inmóvil mientras el tren continuaba atravesando la noche.
Comprendió entonces que todos aquellos acontecimientos no estaban sucediendo para vengar a los muertos, ni siquiera para castigar a los culpables.
Alguien había diseñado cada asesinato, cada desaparición y cada revelación para llevarlo hasta un único punto: su propia memoria.
Los demás pasajeros eran piezas de una historia que él había ayudado a ocultar; Anna era la superviviente que había sido protegida mediante una identidad falsa; Margaret era la mujer que había desaparecido porque conocía demasiado; y él mismo era el único testigo capaz de reconstruir lo que había sucedido aquella noche.
Pero la frase escrita detrás de la fotografía revelaba algo todavía más inquietante.
Alguien no quería que Jakob muriera. Quería que recordara.
Y eso significaba que la persona que estaba detrás de todo aquello no buscaba simplemente eliminar a los supervivientes.
Necesitaba que Jakob llegara vivo hasta la última estación con toda la verdad en la cabeza.
En algún lugar del tren, una puerta se cerró. Después otra. Y otra. Como si alguien estuviera avanzando lentamente por los vagones. Jakob miró a Anna y por primera vez, ambos comprendieron lo mismo. El asesino no estaba huyendo. Se estaba acercando.