El tren de los exiliados Capítulo 12. La verdadera identidad de Anna
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Capítulo 12. La verdadera identidad de Anna

Durante unos segundos nadie se movió. La estación parecía haber desaparecido alrededor de ellos, como si las voces de los pasajeros, el ruido de las ruedas sobre los raíles y las órdenes de los ferroviarios hubieran quedado al otro lado de una pared invisible.

Jakob solo veía a la mujer que permanecía junto a la columna.

Había imaginado aquel rostro cientos de veces durante los dos años anteriores, lo había reconstruido en sueños, lo había visto desaparecer bajo el humo de una explosión, lo había enterrado mentalmente junto a los millones de muertos de aquella guerra, y sin embargo allí estaba.

Margaret no llevaba el abrigo que él recordaba ni tenía el mismo aspecto que en la fotografía que guardaba en su cartera.

El cabello, antes oscuro, mostraba ahora mechones grises; su rostro parecía más delgado y había una cicatriz pequeña junto a la sien.

Pero eran sus ojos. Jakob habría reconocido aquellos ojos entre una multitud de diez mil personas.

—Margaret.

Ella no respondió inmediatamente. Miró primero a Jakob y después a Anna. En aquella mirada había algo más que emoción. Había miedo. Un miedo contenido durante demasiado tiempo y que ahora, al encontrarse frente a las personas que había intentado proteger, parecía a punto de quebrarse.

Anna dio un paso hacia ella.

—¿Me conoce?

Margaret cerró los ojos durante un instante.

—Sí.

La respuesta fue apenas un susurro.

—¿Quién soy?

Margaret abrió los ojos.

—Eso es precisamente lo que intenté evitar que descubrieras.

Jakob sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Evitar que descubriera qué?

Margaret miró alrededor. Había demasiada gente.

Demasiados soldados. Demasiados rostros desconocidos.

El hombre que permanecía junto a ella no había cambiado de posición.

Era alto, de cabello oscuro y rostro anguloso.

Parecía un hombre cualquiera entre tantos hombres que habían aprendido a vestir con discreción durante los últimos meses de la guerra.

Pero Jakob lo había visto antes. No solo en la fotografía. Lo había visto aquella noche de 1943.

El recuerdo llegó como un golpe. Un despacho. Una lámpara encendida. Un hombre sentado frente a él. Una carpeta sobre la mesa. Una orden. Jakob volvió a mirar al desconocido.

—Usted.

El hombre sonrió ligeramente.

—Ha tardado mucho.

Anna retrocedió. Margaret se interpuso entre ambos.

—No aquí.

—¿Por qué? —preguntó Jakob—. Ya no tenemos nada que perder.

—Sí que lo tenemos.

Margaret miró a Anna.

—Ella.

Anna permaneció inmóvil.

—¿Qué soy?

Margaret tardó unos segundos en responder.

—Eres la hija de una mujer que murió intentando salvarte.

Anna negó lentamente.

—Eso ya me lo han dicho.

—No sabes toda la verdad.

—Entonces dígamela.

Margaret miró a Jakob.

—No puedo hacerlo aquí.

—¿Por qué?

—Porque todavía nos están observando.

Jakob recorrió la estación con la mirada.

Tenía razón. La multitud ofrecía demasiados escondites.

Un hombre junto a un puesto de periódicos parecía mirar hacia ellos desde hacía varios minutos.

Dos soldados permanecían inmóviles cerca de la entrada principal.

Una mujer con un pañuelo oscuro fingía buscar algo en una maleta mientras observaba de reojo.

Jakob comprendió que el peligro no había desaparecido con la llegada. Había cambiado de forma.

—Tenemos que salir —dijo.

Margaret asintió. Caminaron por el andén sin detenerse.

Samuel avanzaba apoyado en Elise. Lukas permanecía unos metros detrás.

Los hermanos Adler habían desaparecido entre la multitud.

Nadie sabía dónde estaba Karl Brenner, y nadie había encontrado todavía el cuerpo de Bauer.

La guerra había terminado, pero las personas que habían construido su poder sobre ella todavía sabían desaparecer con una facilidad aterradora.

Margaret condujo al grupo hacia una salida lateral.

No explicó adónde iban. Tampoco Jakob preguntó.

Había aprendido que las respuestas, durante aquellos días, tenían un precio.

Atravesaron un pasillo estrecho y abandonaron la estación por una puerta secundaria.

Al otro lado encontraron una calle húmeda y casi vacía.

La ciudad mostraba las heridas de la guerra: fachadas abiertas, tranvías detenidos, ventanas cubiertas con tablones y montones de ladrillos junto a las aceras.

Sin embargo, entre aquella destrucción aparecían pequeños signos de vida.

Una mujer vendía pan en una esquina. Dos niños corrían detrás de una pelota hecha con trapos.

Un anciano barría los restos de cristal frente a una tienda.

Era extraño contemplar aquella vida cotidiana, como si el mundo hubiese decidido continuar sin esperar a que los muertos terminaran de despedirse.

Margaret los condujo hasta una casa pequeña situada al final de una calle estrecha. Entraron uno por uno. El hombre que había permanecido junto a ella cerró la puerta.

Jakob lo miró.

—Ahora sí.

El hombre se quitó el abrigo.

—Mi nombre es Heinrich Weiss.

Anna se quedó inmóvil. Jakob sintió un golpe en el pecho. Weiss. El mismo apellido. El mismo que el suyo.

—¿Es usted...?

—Sí.

Heinrich lo miró directamente.

—Soy el padre de Anna.

Anna parecía incapaz de respirar.

—No puede ser.

Heinrich no apartó la mirada.

—Durante mucho tiempo pensé que era mejor que creyeras que estaba muerto.

—¿Por qué?

—Porque si sabías que estaba vivo, vendrían por ti.

—¿Quiénes?

—Los mismos que han estado matando a los pasajeros de ese tren.

Anna dio un paso hacia él.

—¿Usted los mandó?

Heinrich guardó silencio. Aquella pausa fue suficiente para que Jakob comprendiera que la respuesta era mucho más complicada que un sí o un no.

—Yo formé parte de aquello —dijo finalmente Heinrich—. Pero no de la manera que crees.

Jakob sintió una oleada de ira.

—Siempre dicen lo mismo.

Heinrich lo miró.

—Porque algunas veces es verdad.

—¿Cuántas personas murieron?

—Veintisiete fueron registradas como desaparecidas.

—No le he preguntado cuántas fueron registradas.

Heinrich bajó la mirada.

—Más de veintisiete.

La habitación quedó en silencio. Samuel, sentado junto a la ventana, intervino.

—No era una operación de exterminio en el sentido que usted imagina.

Jakob lo miró con dureza.

—No intente suavizarlo.

—No lo estoy suavizando.

Samuel respiró con dificultad.

—Estoy diciendo que había diferentes grupos y diferentes órdenes. Algunos debían desaparecer porque conocían determinados nombres. Otros porque habían ayudado a los perseguidos. Otros porque habían sido testigos. Y algunos fueron utilizados para fabricar identidades nuevas.

Anna miró a Margaret.

—¿Yo?

Margaret se acercó.

—Tú eras una de esas identidades.

Anna palideció.

—¿Qué significa eso?

Margaret abrió una pequeña caja de madera que estaba sobre un armario. Sacó varios documentos y los colocó sobre la mesa. Había certificados de nacimiento, fotografías, cartas y una ficha médica. Jakob se inclinó sobre ellos.

—Hay tres nombres.

Margaret asintió.

—Porque Anna nunca fue Anna.

La joven miró los documentos.

—¿Cuál es mi nombre?

Margaret tomó una de las hojas.

—El primero fue el que te dieron al nacer.

Después tomó otra.

—El segundo fue el que utilizaron para ocultarte.

Finalmente puso sobre la mesa una tercera hoja.

—Y el tercero es el nombre que habrías utilizado si todo hubiera salido como estaba previsto.

Anna observó las tres hojas. Una llevaba un nombre que no reconocía. Otra decía simplemente Anna Keller. La tercera tenía un apellido diferente, Elena Weiss.

Anna tocó el papel.

—Elena.

La palabra produjo algo dentro de ella. No fue un recuerdo completo. Fue una sensación. Un jardín. Una mujer cantando. Un vestido azul. El olor del jabón. Y una voz.

Elena.

Anna cerró los ojos. La habitación desapareció. Vio una puerta roja. Vio nieve. Vio una mano femenina sujetando la suya. Vio a Margaret. Pero Margaret no estaba sola. Había otra mujer junto a ella. Su madre. Y detrás de ellas, un hombre. Heinrich.

Anna abrió los ojos bruscamente.

—Mi madre no murió allí.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Qué recuerdas?

—Ella estaba conmigo.

—Sí.

—Y usted estaba allí.

Margaret asintió.

—Sí.

—Pero no era una casa.

Jakob la observó.

—¿Qué era?

Anna comenzó a respirar más deprisa.

—Había niños.

Samuel levantó la cabeza.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—Intenta recordar.

Anna se llevó las manos a las sienes.

—Había camas.

—¿En el sótano?

—Sí.

—¿Y qué más?

Anna abrió los ojos.

—Una puerta.

Jakob sintió un estremecimiento.

—¿La puerta roja?

Anna asintió.

—Detrás había una habitación.

—¿Qué había dentro?

Anna tardó unos segundos.

—Nombres.

Nadie habló.

—Muchos nombres —continuó ella—. Estaban escritos en las paredes.

Samuel cerró los ojos.

—Dios mío.

Anna lo miró.

—Usted estaba allí.

Samuel abrió los ojos.

—Sí.

—Y también estaba mi padre.

Heinrich no respondió.

—¿Qué hacían?

Heinrich miró a Margaret. Fue ella quien respondió.

—Intentábamos sacar a los niños de allí.

Jakob sintió que una parte de la historia comenzaba a cambiar de forma.

—Pero alguien dio la orden de detenerlos.

Heinrich asintió.

—Sí.

—¿Quién?

Nadie respondió. Jakob comprendió entonces que aquella pregunta era el verdadero centro de todo.

No quién había matado al primer pasajero.

No quién había dejado la fotografía. No quién había escondido los documentos.

Sino quién había dado aquella primera orden.

Porque mientras esa persona siguiera viva, la verdad seguiría teniendo un enemigo.

Anna volvió a mirar los documentos.

—¿Por qué me llamaron Anna?

Margaret respondió:

—Porque tu verdadero nombre aparecía en una lista.

—¿Qué lista?

—La lista de los niños que debían desaparecer.

Anna palideció.

—¿Y mi nombre estaba allí?

—Sí.

—¿Quién la escribió?