Capítulo 8. El secreto de 1943
La noche había cubierto por completo el paisaje cuando el tren entró en una región donde apenas quedaban luces visibles.
De vez en cuando aparecía una casa aislada, iluminada por una lámpara débil, o los restos de una fábrica cuyo esqueleto se recortaba contra el cielo oscuro.
El resto era silencio, campos devastados y bosques que parecían extenderse hasta el infinito.
Dentro de los vagones, nadie dormía. El ataque contra Samuel había terminado con cualquier ilusión de seguridad.
Algunos pasajeros permanecían sentados con las maletas entre las piernas; otros vigilaban las puertas de sus compartimentos como si esperaran que en cualquier momento alguien pudiera aparecer al otro lado.
Después de las desapariciones de Brenner, Stein y Keller, la presencia de un asesino ya no era una sospecha.
Era una certeza. Y, sin embargo, Jakob empezaba a comprender que el asesinato no era el centro de aquella historia.
Los muertos parecían ser únicamente las piezas visibles de algo mucho más antiguo.
Samuel había sido trasladado a uno de los compartimentos vacíos.
Elise Hartmann, que había trabajado como enfermera durante la guerra, había conseguido detener la hemorragia del hombro.
La herida no era mortal, pero el anciano había perdido mucha sangre y permanecía débil, con los ojos cerrados y una respiración irregular.
Jakob había decidido que dos pasajeros permanecieran cerca de él durante la noche.
No confiaba en ninguno, pero necesitaba asegurarse de que nadie volviera a acercarse.
El problema era que tampoco podía confiar plenamente en quienes vigilaban.
Después de lo ocurrido, cualquier persona podía estar ocultando una parte de la verdad.
Anna permanecía sentada junto a la ventana del compartimento.
—Quiero saber quién era mi padre —dijo.
Jakob estaba de pie frente a ella.
—Lo sabrás.
—¿Cuándo?
—Cuando podamos comprobarlo.
—¿Y si Samuel muere?
Jakob no respondió. Anna volvió la cabeza hacia el cristal.
—Siempre me dicen que espere. En 1943 me dijeron que olvidara. Después me dijeron que no preguntara. Ahora me dicen que espere. ¿Cuánto tiempo más tengo que hacerlo?
Jakob se sentó frente a ella.
—Dos años.
Anna lo miró.
—¿Qué?
—Llevo dos años esperando entender qué ocurrió aquella noche.
—Usted sabía que yo estaba viva.
—No.
—Sí lo sabía.
Jakob bajó la mirada.
—Sabía que te había sacado de aquella casa.
—¿Y luego?
—Luego me ordenaron que dijera que no había encontrado a nadie.
Anna permaneció inmóvil.
—¿Y obedeció?
Jakob tardó en responder.
—Sí.
La palabra quedó suspendida entre ambos. No había excusas que pudieran suavizarla. Anna apartó la mirada.
—Entonces usted también forma parte de esto.
Jakob aceptó el golpe de aquellas palabras sin defenderse.
—Sí.
Durante mucho tiempo había intentado convencerse de que aquella mentira había sido necesaria.
Se había repetido que la guerra había obligado a hombres como él a tomar decisiones imposibles, que había falsificado documentos para proteger a una niña, que había mentido porque la verdad podía haberla llevado directamente a la muerte.
Pero ahora comprendía que las mentiras no desaparecen cuando termina la guerra.
Cambian de forma. Se esconden en los archivos, en los recuerdos, en los nombres falsos y en las fotografías que alguien conserva durante años esperando el momento adecuado para devolverlas al mundo.
Anna volvió a mirarlo.
—¿Qué ocurrió después de que me sacara de la casa?
Jakob cerró los ojos.
—Te llevé hasta una estación.
—¿Cuál?
—La misma en la que hemos estado esta noche.
Anna no dijo nada.
—Había un tren preparado —continuó Jakob—. No era un tren de pasajeros. Transportaba prisioneros.
—¿Y me subió a él?
—No.
Jakob respiró profundamente.
—Te entregué a una mujer.
Anna se tensó.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿No lo sabe?
—Nunca supe su nombre.
—¿Cómo puede recordar sus manos y no su nombre?
—Porque no me dijo quién era.
Anna permaneció en silencio. Jakob continuó.
—Solo me dijo que podía esconderte. Que nadie te buscaría allí.
—¿Y confió en ella?
—No tenía otra opción.
—¿Y después?
—Volví a la casa.
Anna levantó lentamente la mirada.
—¿Por qué?
Jakob recordó el pasillo, la nieve, el olor a humo y el cuerpo de un hombre junto a una pared.
—Porque había otra persona.
—¿Quién?
—Un niño.
Anna palideció.
—¿Un niño?
—Sí.
—¿Qué le ocurrió?
Jakob no respondió inmediatamente.
—No lo encontré.
Anna cerró los ojos.
—Entonces había dos niños.
Jakob la miró.
—¿Qué?
—Yo recuerdo a otro niño.
El silencio se hizo más profundo.
—¿Quién era?
Anna se llevó una mano a la frente.
—No sé.
—¿Cómo era?
—Más pequeño que yo.
—¿Su hermano?
—No.
—¿Entonces?
—No lo sé.
Anna comenzó a respirar con dificultad.
—Pero estaba allí.
Jakob se inclinó hacia ella.
—¿Qué recuerdas?
—Una habitación.
—¿Qué habitación?
—Una habitación debajo de la casa.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿Un sótano?
Anna asintió.
—Había muchas camas.
—¿Cuántas?
—No lo sé.
—¿Había otros niños?
Anna cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta cayó entre ambos como una piedra. Jakob se levantó.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no lo recordaba.
—Ahora sí.
Anna abrió los ojos.
—No quiero recordar.
Jakob comprendió entonces que la pérdida de memoria de Anna no era únicamente una enfermedad ni el resultado natural del trauma.
Alguien había construido su olvido. Alguien había eliminado nombres, fechas y lugares de su memoria porque recordar significaba reconocer a personas que todavía podían estar vivas y comprender lo que había ocurrido con aquellos que no lo estaban.
En el pasillo se escucharon pasos. Jakob salió. Era Elise.
—Samuel ha despertado.
Jakob volvió inmediatamente al compartimento. El anciano tenía los ojos abiertos. Parecía más lúcido que antes.
—Quiero hablar con usted —dijo.
Jakob se acercó. Samuel miró a Anna.
—Ella también debe escuchar.
Anna se sentó junto a él. Samuel respiró profundamente.
—En 1943 hubo un traslado.
Jakob permaneció atento.
—Oficialmente, eran prisioneros destinados a otro campo.
—¿Y en realidad?
—Nunca llegaron.
—¿Cuántos?
Samuel cerró los ojos.
—Veintisiete.
Anna palideció.
—¿Veintisiete?
—Veintisiete hombres, mujeres y niños.
Jakob sintió que una parte de su memoria comenzaba a encajar.
—¿Quién organizó el traslado?
Samuel miró hacia la puerta.
—Personas que nunca aparecieron en los documentos.
—Nombres.
—Los documentos fueron destruidos.
—Pero alguien sobrevivió.
Samuel asintió.
—Algunos.
—¿Dónde están?
—No lo sé.
—Miente.
El anciano lo miró.
—Ojalá pudiera.
Jakob sacó su libreta.
—¿Qué ocurrió el 17 de noviembre?
Samuel guardó silencio durante varios segundos.
—El tren salió de la estación a las dos de la madrugada.
—¿Cuál?
—La estación donde hemos estado esta noche.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿A dónde iba?
—A ninguna parte.
—¿Qué significa eso?
—Nunca tuvo destino.
Samuel miró a Anna.
—Era un tren para hacer desaparecer personas.
Nadie habló. El ruido de las ruedas parecía haberse alejado.
—Los prisioneros fueron subidos durante la noche —continuó Samuel—. Les dijeron que serían trasladados. Pero el tren se detuvo a pocos kilómetros. Allí los hicieron bajar.
—¿Y después?
—Los llevaron a la casa.
Jakob sintió que el aire le faltaba.
—La casa.
—Sí.
—Entonces la casa no era una prisión.
—No.
—¿Qué era?
Samuel lo miró.
—Un lugar de selección.
Jakob permaneció inmóvil.
—¿Selección para qué?
Samuel bajó la voz.
—Para decidir quién debía morir y quién podía ser utilizado.
Anna se llevó una mano a la boca.
—¿Utilizado?
—Había personas que conocían secretos. Personas que habían visto documentos. Personas que podían identificar a oficiales, colaboradores y funcionarios que querían desaparecer antes de que terminara la guerra.
Jakob comprendió entonces por qué los nombres de aquella lista aparecían junto a las palabras vivo , muerto y desaparecido . No eran simples registros. Eran una clasificación.
—¿Y tú? —preguntó Jakob—. ¿Dónde estabas tú?
Samuel sonrió con tristeza.
—Yo llevaba los registros.
Jakob lo miró fijamente.
—¿Trabajabas para ellos?
—Al principio.
—¿Y después?
—Después intenté salvar a algunos.
—¿A Anna?
Samuel negó con la cabeza.
—No.
Anna levantó la mirada.
—Entonces, ¿quién me salvó?
Samuel cerró los ojos.
—Su madre.
Anna se quedó inmóvil. Jakob sintió que aquella palabra cambiaba todo.
—Su madre estaba allí —dijo Samuel—. Y no era una víctima.
Anna se puso de pie.
—¿Qué quiere decir?
—Que había entrado voluntariamente.
—No.
—Lo hizo para encontrar a alguien.
—¿A quién?
Samuel abrió los ojos.
—A su padre.
Jakob sintió que una nueva pieza encajaba.
—Entonces ella sabía quién era él.
—Sí.
—¿Y por qué ocultó a Anna?
Samuel miró a la joven.
—Porque descubrió lo que su padre había hecho.
El tren continuaba avanzando por la oscuridad.
Nadie en el compartimento parecía capaz de hablar.
Incluso el ruido del convoy parecía formar parte de una distancia que los separaba de aquel año, de aquella casa y de las personas que habían quedado atrapadas en una historia que oficialmente nunca había ocurrido.
Jakob abrió lentamente su libreta y volvió a mirar los nombres que había anotado durante el viaje.
De pronto comprendió que todos los pasajeros no habían sido reunidos por casualidad.
Algunos habían estado relacionados con la investigación.
Otros habían participado en el traslado.
Otros habían sobrevivido. Y algunos habían ayudado a construir la mentira posterior.
El tren no transportaba únicamente refugiados.
Transportaba a los testigos de una historia que alguien había intentado borrar de los archivos de Europa.
Pero había algo que no encajaba. Jakob miró a Samuel.
—Si todo esto ocurrió en 1943, ¿por qué están muriendo ahora?
El anciano permaneció en silencio.
—¿Quién los está eliminando?
Samuel respiró lentamente.
—No es una persona.
Jakob frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Es una promesa.
—No entiendo.
—Antes de que terminara todo, hicimos una promesa.
—¿Quiénes?
Samuel miró a Anna.
—Los supervivientes.
Anna palideció.
—¿Qué promesa?
Samuel no contestó.
Jakob insistió.
—¿Qué prometieron?
El anciano volvió la mirada hacia él.
—Que si alguno de nosotros sobrevivía, nunca permitiríamos que los nombres de los muertos fueran utilizados para salvar a los culpables.
—¿Y eso qué significa?
Samuel cerró los ojos.
—Significa que alguien ha decidido cumplir la promesa.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Samuel abrió los ojos.
—El último superviviente.
En ese momento, un golpe seco resonó en el vagón. Todos se volvieron. Procedía del compartimento donde habían dejado a Samuel, pero Samuel estaba allí. El golpe volvió a escucharse, tres veces. Anna se levantó lentamente.
—Es la puerta.
Jakob la miró.
—¿Qué puerta?
Anna tenía los ojos llenos de lágrimas.
—La puerta roja.
El tren continuó avanzando. Samuel se incorporó con dificultad y miró hacia Jakob.
—Ahora recuerda.
—¿Qué?
—La noche en que la sacó de la casa.
Jakob no podía apartar los ojos de Anna.
—¿Qué debo recordar?
Samuel señaló la fotografía.
—No había seis personas en aquella fotografía.
Jakob sintió que el corazón se detenía.
—¿Cuántas?
Samuel respondió con un hilo de voz.
—Siete.
Jakob volvió a mirar la imagen. Y entonces lo vio.
Durante dos años había contemplado aquella fotografía sin comprender lo que tenía delante.
Había contado seis rostros porque uno de ellos estaba parcialmente oculto detrás de una sombra, apenas visible junto al marco de la puerta de la casa.
Pero ahora, con la memoria regresando de golpe, pudo distinguirlo.
No era un extraño. No era uno de los prisioneros.
No era un funcionario cualquiera. Era el hombre que había abierto la puerta aquella noche, el hombre que había ordenado que se llevaran a los niños y el hombre cuya firma aparecía al pie del informe que Jakob había recibido en 1943.
El rostro que había sido borrado de los archivos, de la fotografía y de su propia memoria pertenecía al mismo hombre cuyo nombre Samuel acababa de revelar como el padre de Anna.
Jakob levantó lentamente la cabeza. Anna lo estaba mirando. Y en sus ojos había algo que hasta entonces no había visto: reconocimiento.
—¿Lo recuerda? —preguntó ella.
Jakob no pudo responder. Porque en aquel instante comprendió que Anna no había perdido toda la memoria.
Había estado esperando. Y mientras el tren continuaba avanzando hacia la última estación, Jakob comprendió que la mujer que viajaba frente a él no era únicamente una superviviente de 1943.
Era la única persona que podía identificar al hombre que todos habían creído muerto.
El hombre que, quizá, viajaba todavía con ellos.