Capítulo 7. El hombre del vagón tres
Durante varios minutos nadie habló. El tren había abandonado definitivamente la estación y avanzaba ahora por una vía rodeada de campos inundados, bosques ennegrecidos por los incendios y pequeñas aldeas en las que apenas quedaban edificios en pie.
El ruido de las ruedas sobre los raíles llenaba el interior de los vagones con una cadencia monótona que, lejos de tranquilizar, parecía recordarles que todos continuaban avanzando hacia un destino que ninguno podía controlar.
Jakob permanecía junto a la puerta que comunicaba los vagones, con la fotografía todavía entre los dedos.
Había contado varias veces a los pasajeros y siempre obtenía el mismo resultado.
Faltaban tres personas: Brenner, Lukas Stein y Keller.
Tres hombres que, por diferentes motivos, habían despertado sus sospechas desde el principio y que ahora habían desaparecido prácticamente al mismo tiempo.
No sabía si estaban muertos, si habían escapado o si alguien los había llevado hasta aquella estación para hacerlos desaparecer.
Lo único que sabía con certeza era que la persona que estaba detrás de todo aquello había previsto cada movimiento con una precisión que no podía ser casual.
Anna estaba sentada junto a la ventana. Había dejado de llorar, pero su rostro conservaba una palidez que la hacía parecer mucho más joven.
Jakob se acercó y se sentó frente a ella.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
El traqueteo del tren llenó el espacio entre ambos. Finalmente, Anna levantó la mirada.
—El hombre de la estación.
—¿Qué hombre?
—El que entró en la habitación.
—¿Lo conocías?
Anna negó lentamente.
—No.
—Entonces, ¿por qué estabas temblando?
Ella miró hacia sus manos.
—Porque llevaba la misma llave.
Jakob sacó la pequeña llave metálica que había encontrado entre las pertenencias de Anna.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿La viste antes?
Anna tardó en contestar.
—En 1943.
Jakob sintió que aquella palabra volvía a abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo intentando mantener cerrada.
—¿Dónde?
—En la casa.
—¿Quién la tenía?
Anna cerró los ojos.
—Un hombre.
—¿Quién?
Ella negó con la cabeza.
—No puedo recordarlo.
Jakob iba a insistir cuando escuchó una voz detrás de él.
—Yo sí.
Jakob se volvió. El hombre estaba sentado solo en el último compartimento del vagón.
Era anciano. Tendría unos setenta años, quizá más.
Llevaba un abrigo oscuro demasiado grande para su cuerpo delgado y un sombrero de fieltro completamente empapado.
Su rostro estaba marcado por arrugas profundas y una cicatriz atravesaba su mejilla izquierda desde debajo del ojo hasta la mandíbula.
No había llamado la atención durante el viaje.
Había permanecido siempre apartado, con las manos apoyadas sobre un bastón de madera y la mirada perdida en el paisaje.
Jakob se levantó.
—¿Qué ha dicho?
El anciano lo miró.
—Que yo sí recuerdo quién tenía la llave.
Nadie más parecía haber escuchado la conversación. Los pasajeros hablaban en voz baja, intentando reconstruir las desapariciones ocurridas en la estación. Jakob se acercó al hombre.
—¿Cómo se llama?
—Samuel Roth.
El nombre no le dijo nada.
—¿Conocía la casa?
Samuel sonrió con tristeza.
—Conocía la casa.
—¿Estuvo allí en 1943?
La sonrisa desapareció.
—Sí.
Anna se levantó.
—¿Quién era usted?
Samuel la observó durante largo tiempo.
—Eso es lo que no debería preguntarme.
—¿Por qué?
—Porque si recuerda quién soy, también recordará quién era usted.
Anna quedó inmóvil. Jakob miró al anciano.
—Dígame la verdad.
—La verdad no ha hecho más que matar personas desde que comenzó este viaje.
—Tres han desaparecido.
—No son los primeros.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
Samuel se inclinó hacia él.
—Quiero decir que esto empezó mucho antes de que usted subiera al tren.
Jakob bajó la voz.
—¿Quién es Anna?
El anciano miró a la joven. Durante varios segundos pareció buscar algo en su rostro.
—Ella no se llama Anna.
Anna retrocedió.
—¿Cómo me llamo?
Samuel abrió la boca. Pero antes de responder, el tren dio un violento bandazo.
Las luces se apagaron. Los pasajeros gritaron.
Una maleta cayó desde el compartimento superior y golpeó el suelo.
Alguien empezó a rezar. Durante unos segundos solo se escuchó el estruendo de las ruedas y el viento entrando por una ventana rota.
Jakob extendió una mano hacia Anna.
—No se mueva.
Cuando las luces regresaron, Samuel estaba sangrando. Un cuchillo pequeño había aparecido clavado en su hombro.
—¡Dios mío! —gritó Marta Vogel.
Jakob se arrodilló junto al anciano.
—¿Quién lo ha hecho?
Samuel respiraba con dificultad.
—No...
—¿Quién?
—No mire a los que gritan.
Jakob observó a los pasajeros. Todos estaban aterrorizados. Algunos habían salido de sus compartimentos. Otros permanecían paralizados. Samuel agarró la manga de Jakob.
—Mire a los que no preguntan.
Jakob levantó la cabeza. Nadie decía una palabra.
Todos miraban al anciano, excepto uno. Un hombre sentado al fondo permanecía completamente inmóvil.
Jakob no lo había visto antes. Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un uniforme civil oscuro.
Tenía las manos juntas sobre las rodillas y observaba la escena con una serenidad inquietante.
Cuando Jakob cruzó la mirada con él, el hombre bajó lentamente los ojos. Después se levantó. Jakob se puso en pie.
—¡Usted!
El hombre comenzó a caminar hacia el otro extremo del vagón.
—¡Deténgase!
El hombre aceleró. Jakob atravesó el pasillo y consiguió sujetarlo por el hombro. El desconocido se volvió violentamente. Durante un instante ambos quedaron frente a frente. Jakob reconoció algo en sus ojos. No sabía qué, pero lo había visto antes, en alguna parte.
El hombre golpeó a Jakob en el pecho y escapó hacia el vagón siguiente. Jakob lo siguió. La puerta se cerró delante de él. Cuando consiguió abrirla, el vagón estaba vacío. Solo quedaba una puerta lateral abierta. El viento entraba con fuerza. El hombre había desaparecido.
Jakob miró hacia abajo. Había algo junto a la puerta. Un pequeño botón negro. Lo recogió. Tenía una insignia grabada: una figura geométrica, dos líneas cruzadas. La misma marca.
Volvió corriendo al vagón tres. Samuel continuaba vivo, aunque respiraba con dificultad. Anna estaba junto a él. La joven sostenía su mano.
—Dígame mi nombre —susurró.
El anciano abrió los ojos.
—No...
—Necesito saberlo.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Sí lo sé.
Samuel miró a Jakob.
—Ella no fue una prisionera.
Jakob frunció el ceño.
—¿Qué?
—La hicieron desaparecer de los registros.
Anna permanecía inmóvil.
—¿Por qué?
Samuel tragó saliva.
—Porque alguien necesitaba que todos creyeran que había muerto.
—¿Quién?
El anciano respiró con dificultad.
—Su padre.
Jakob sintió que la sangre se le helaba.
—¿Su padre estaba en la casa?
Samuel cerró los ojos.
—Él fue quien ordenó que la llevaran allí.
Anna comenzó a negar con la cabeza.
—No.
—Sí.
—No recuerdo ningún padre.
Samuel abrió nuevamente los ojos.
—Precisamente por eso sobreviviste.
Jakob se inclinó hacia él.
—¿Quién era su padre?
Samuel lo miró directamente. Y entonces pronunció un nombre.
Jakob sintió que el vagón desaparecía a su alrededor.
Había escuchado aquel nombre muchos años antes: en un despacho, en un informe, en una investigación que había sido cerrada por orden superior.
Un nombre que aparecía en documentos relacionados con desapariciones y traslados clandestinos.
Un nombre que él mismo había escrito en su informe de 1943 y que después alguien había ordenado borrar.
—No puede ser —murmuró.
Samuel sonrió débilmente.
—Eso mismo dijo usted aquella noche.
Jakob se quedó inmóvil.
—¿Estaba usted allí?
—Sí.
—¿Me vio?
—Lo vi entrar.
—¿Y salir?
El anciano tardó en responder.
—No salió solo.
Jakob sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Con quién salí?
Samuel miró a Anna.
—Con ella.
Anna llevó una mano a la boca. Jakob recordó entonces una imagen que había permanecido enterrada durante dos años: la casa, la nieve, el pasillo oscuro, una mujer llorando detrás de una puerta, una niña abrazada a sus piernas, él sosteniendo una linterna, una voz masculina gritándole que entregara a la niña y después un disparo.
Había intentado recordar durante años qué había sucedido después de aquel disparo, pero su memoria siempre se detenía en el mismo punto, como si alguien hubiera colocado una barrera dentro de su cabeza.
Ahora comprendía que aquella barrera no era únicamente el resultado del trauma. Alguien había querido que olvidara.
Samuel volvió a agarrarlo del brazo.
—Hay algo que debe saber.
Jakob se inclinó.
—¿Qué?
—El hombre que busca...
El anciano comenzó a toser. Anna se acercó.
—¿Qué hombre?
Samuel miró hacia la puerta del vagón. Su rostro cambió. Parecía haber visto un fantasma.
—El hombre que busca no es el que está matando.
Jakob se volvió hacia la puerta. No había nadie.
—Entonces, ¿quién es?
Samuel intentó incorporarse.
—El que mata...
Se detuvo. Sus ojos se abrieron. Después cayó hacia atrás.
Jakob lo sujetó.
—¡Samuel!
No respondió. Jakob buscó el pulso. Era débil, pero todavía estaba vivo. Anna comenzó a llorar.
—¿Qué iba a decir?
Jakob no respondió. Había visto algo en el suelo: un pequeño papel doblado. Lo recogió. Lo abrió. Solo había una frase: el hombre del vagón número tres murió en 1943.
Jakob levantó lentamente la mirada hacia Samuel.
El anciano continuaba respirando. Pero entonces comprendió que aquella frase no hablaba de Samuel.
Hablaba de otro hombre. De alguien que llevaba dos años utilizando su nombre.
Y por primera vez desde que comenzó el viaje, Jakob comprendió que quizá el mayor peligro no estaba entre los pasajeros que habían sobrevivido a la guerra, sino entre aquellos que nunca habían debido sobrevivirla.
Afuera, el tren continuaba avanzando hacia la noche.
Las últimas luces del día desaparecían detrás de los campos destruidos y, dentro del vagón, nadie volvió a hablar.
Jakob guardó el papel en el bolsillo, mientras Anna permanecía junto al anciano herido, sin apartar los ojos de él.
Había demasiadas preguntas y muy pocas respuestas, pero una certeza comenzaba a imponerse sobre todas las demás: la historia que alguien había intentado borrar en 1943 seguía viva, y ahora viajaba con ellos.
No era solamente una historia de muertos, de documentos falsificados o de nombres desaparecidos.
Era una historia de identidades cambiadas, de personas que habían aprendido a vivir con el rostro de otros y de supervivientes que habían tenido que convertirse en fantasmas para seguir respirando.
Jakob miró hacia el pasillo oscuro y recordó las palabras escritas en la fotografía: busca al sexto hombre .
Entonces comprendió que quizá había cometido un error desde el principio.
Había estado buscando a una persona que faltaba en una fotografía, cuando la verdadera pregunta era mucho más terrible: ¿quién había decidido que ese hombre debía desaparecer de ella?
Y mientras el tren se internaba en la oscuridad, Jakob supo que la respuesta podía conducir directamente hasta Anna, hasta su verdadero nombre y hasta la noche en que él mismo había decidido mentir para salvarla.