Capítulo 6. La estación abandonada
La tarde se extinguió lentamente sobre el paisaje mientras el tren avanzaba hacia una región donde las señales de la guerra parecían más recientes.
Las casas destruidas eran cada vez más numerosas y, junto a las vías, podían verse largas zanjas cubiertas de agua, restos de alambradas y pequeños montones de piedras que alguna vez habían formado parte de edificios.
El cielo tenía un color gris amarillento y una lluvia fina comenzaba a golpear los cristales.
Dentro de los vagones, el aire se había vuelto pesado.
Nadie hablaba demasiado. La fotografía encontrada sobre el cadáver había circulado entre los pasajeros como una corriente eléctrica y, aunque Jakob había conseguido impedir que todos la vieran, ya era demasiado tarde para mantener el secreto.
Había comprendido que el miedo podía propagarse más rápido que cualquier noticia, y ahora cada pasajero parecía preguntarse cuál de los demás sabía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Jakob permanecía sentado junto a la ventana, con la fotografía guardada en el bolsillo interior de su abrigo.
La había observado varias veces durante las últimas horas, buscando algún detalle que le permitiera comprender quién la había tomado y cómo había terminado entre las pertenencias del muerto.
La imagen era nítida. Demasiado nítida para haber sobrevivido dos años escondida en un lugar cualquiera.
En ella aparecía él, mucho más joven, con el rostro serio y el uniforme de investigador.
A su lado estaba la niña que ahora era Anna.
Detrás de ambos se levantaba la casa que había marcado una parte de su vida y que durante mucho tiempo había intentado olvidar.
Lo que más le inquietaba, sin embargo, era la expresión de la niña.
No miraba a la cámara. Miraba directamente hacia él, como si quien hubiera tomado la fotografía hubiera querido demostrar que Jakob había estado allí y que no podía negar su participación.
Anna se encontraba en el asiento opuesto y, desde hacía horas, apenas había hablado.
—¿Recuerda algo más? —preguntó Jakob.
Ella negó con la cabeza.
—Solo fragmentos.
—¿La casa?
—Sí.
—¿La mujer?
Anna cerró los ojos.
—Recuerdo sus manos.
—¿Sus manos?
—Tenía una cicatriz aquí.
Señaló la parte interior de su muñeca.
Jakob sintió una punzada de memoria. Él también recordaba aquella cicatriz.
—¿Recuerda su voz?
Anna permaneció callada durante unos segundos.
—Me decía que no llorara.
—¿Qué más?
—Que debía olvidar mi nombre.
Jakob la observó.
—¿Por qué?
Anna abrió los ojos.
—Porque mi nombre podía matarme.
Antes de que Jakob pudiera responder, un silbato atravesó el tren y el convoy comenzó a reducir la velocidad.
Los pasajeros levantaron la cabeza y Jakob miró por la ventana.
A lo lejos apareció una estación. No había luces.
No había personas. Solo un edificio largo y oscuro, parcialmente destruido, con el tejado hundido en uno de sus extremos.
El cartel que identificaba el lugar había perdido varias letras y una de las columnas del andén estaba inclinada peligrosamente hacia las vías.
Un antiguo reloj permanecía detenido en una hora imposible.
Alrededor de la estación crecían hierbas altas entre los raíles secundarios y algunos vagones de carga abandonados se oxidaban junto a un almacén.
El tren siguió reduciendo la velocidad.
—¿Qué estación es? —preguntó alguien.
Nadie respondió.
El maquinista había decidido detenerse. No estaba claro por qué. Cuando el tren finalmente quedó inmóvil, un silencio extraño cayó sobre los vagones.
Jakob se levantó.
—Nadie baja.
Algunos pasajeros lo miraron con desconcierto.
—Necesitamos agua —dijo Friedrich Bauer.
—No sabemos quién hay fuera.
—Es una estación.
—Está abandonada.
Bauer lo miró con irritación.
—Precisamente por eso.
Jakob observó el andén. No había nadie, pero aquella ausencia no lo tranquilizaba.
Las estaciones abandonadas tienen una forma particular de silencio.
No es el silencio de un lugar vacío, sino el de un lugar que ha sido utilizado durante años y de pronto ha dejado de recibir personas.
Quedan señales de la actividad anterior: bancos, carteles, relojes, papeles, objetos olvidados.
Todo parece dispuesto para que alguien regrese.
Jakob había conocido muchos lugares así durante la guerra y había aprendido que un edificio aparentemente vacío podía esconder personas durante días.
El maquinista abrió la puerta del primer vagón.
Un hombre bajó. Después otro. Jakob salió detrás de ellos.
La lluvia había aumentado y el aire olía a tierra mojada y carbón.
El andén estaba cubierto de barro. Había cristales rotos por todas partes y algunas tablas de madera habían sido arrancadas de los bancos.
Jakob miró hacia el edificio principal. Una de las puertas estaba abierta.
—No deberíamos entrar —dijo Bauer.
Jakob no respondió. Algo había llamado su atención.
En el barro había huellas. Recientes. Varias personas habían caminado por allí, pero no pertenecían a los pasajeros del tren.
Eran demasiado profundas y estaban orientadas hacia el edificio.
Jakob siguió el rastro hasta llegar a la puerta.
Se detuvo. En el marco había una pequeña marca: dos líneas cruzadas.
La misma señal. La misma que había aparecido en la llave de Anna y en el cuello del muerto.
Jakob retrocedió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bauer.
—Nada.
—Está pálido.
Jakob no respondió. Miró hacia el tren. Anna seguía dentro. Debería haberla dejado bajo vigilancia. Volvió rápidamente al vagón, pero cuando llegó, Anna no estaba en su asiento.
Jakob sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Dónde está? —preguntó.
Nadie respondió.
—¿Dónde está Anna?
La anciana señaló hacia el extremo del vagón.
—La vi bajar.
Jakob salió inmediatamente. Corrió hacia el edificio de la estación.
La lluvia golpeaba con fuerza su rostro y el barro hacía difícil avanzar.
Entró por la puerta principal y encontró un vestíbulo oscuro.
El techo estaba parcialmente derrumbado y varias vigas colgaban peligrosamente.
El suelo estaba cubierto de papeles, cristales y restos de madera.
Al fondo había un antiguo mostrador de venta de billetes.
—¡Anna!
No recibió respuesta.
Avanzó por un corredor. A la derecha había una sala de espera, vacía.
A la izquierda, una oficina, también vacía.
Siguió caminando hasta que escuchó un ruido.
Un golpe. Después otro. Jakob sacó la navaja que llevaba en el bolsillo y avanzó lentamente.
El sonido procedía de una habitación situada al final del pasillo.
Abrió la puerta. Anna estaba dentro. Se encontraba de pie frente a una pared cubierta de documentos antiguos. No parecía herida, pero estaba llorando.
—¿Qué haces aquí?
Anna se volvió.
—Lo recuerdo.
Jakob entró.
—¿Qué?
Ella señaló la pared. Había una serie de fotografías clavadas sobre ella.
Fotografías de personas. Decenas. Algunas estaban fechadas.
Otras no. Todas mostraban rostros. Jakob se acercó y reconoció algunos: el hombre asesinado, Brenner, Bauer, Keller, Marta Vogel, los hermanos Adler, incluso él y Anna.
Las fotografías no habían sido colocadas recientemente.
Algunas estaban amarillentas; otras presentaban manchas de humedad.
Habían sido reunidas mucho antes de que todos ellos subieran al tren.
—¿Quién hizo esto? —preguntó Jakob.
Anna negó con la cabeza.
—No lo sé.
Jakob se acercó a una mesa. Había documentos encima. Listas de nombres, fechas, direcciones y una carpeta con una inscripción: 17 de noviembre de 1943.
Jakob abrió la carpeta. Dentro había una lista de personas. Reconoció varios nombres, pero había algo más. Al lado de algunos aparecía una palabra vivo . Al lado de otros la palabra muerto. Y junto a otros la palabra desaparecido
Jakob sintió que el frío recorría su espalda. El hombre asesinado aparecía en la lista. Junto a su nombre había una palabra: vivo
Y debajo, escrita con tinta reciente: eliminado.
Jakob levantó la mirada hacia Anna.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Ahora.
En ese instante escucharon un ruido procedente del pasillo.
Alguien estaba entrando en el edificio. Jakob apagó la lámpara.
La habitación quedó completamente oscura.
Anna se acercó a él. Los pasos se hicieron más claros.
Uno. Otro. Otro. Alguien caminaba lentamente por el corredor.
Jakob llevó un dedo a los labios. Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
No ocurrió nada. Durante varios segundos nadie respiró.
Después, la puerta comenzó a abrirse. Jakob agarró a Anna y la llevó hacia un rincón.
Una silueta apareció en el umbral. La luz gris de la lluvia permitía distinguir apenas su rostro.
Era un hombre. Jakob no podía verlo con claridad.
El desconocido entró, miró hacia la mesa, después hacia las fotografías y finalmente hacia el lugar donde estaban escondidos.
Jakob contuvo la respiración. El hombre sacó algo del bolsillo.
Un objeto metálico. Una llave. La misma forma. La misma marca. Anna comenzó a temblar.
El hombre dio un paso y entonces se escuchó un disparo en algún lugar de la estación.
La silueta se volvió inmediatamente y salió de la habitación.
Jakob esperó apenas un segundo antes de correr detrás de él.
Atravesó el corredor, salió al vestíbulo y vio cómo la figura desaparecía por una puerta lateral.
Jakob llegó hasta ella y la abrió. Nada.
Solo lluvia. El hombre había desaparecido.
Pero en el suelo había algo. Una fotografía. Jakob la recogió. Mostraba la misma casa de 1943, pero esta vez había una inscripción escrita en el reverso.
No busques al asesino, busca al sexto hombre.
Jakob se quedó inmóvil bajo la lluvia. Durante unos segundos no pudo apartar la mirada de aquellas palabras.
La expresión de Anna, detrás de él, le confirmó que ella también había comprendido que aquella frase no era una amenaza cualquiera.
El sexto hombre era alguien que aparecía en la fotografía original y cuya identidad había sido eliminada deliberadamente de los registros.
Era alguien que conocía lo ocurrido en aquella casa, alguien que había sobrevivido a la noche del 17 de noviembre de 1943 y que, por alguna razón, había conseguido permanecer oculto durante dos años.
Jakob volvió a mirar la fotografía y sintió que una antigua sospecha, enterrada durante demasiado tiempo, comenzaba a adquirir forma.
Quizá el hombre que había estado buscando no era un desconocido.
Quizá había estado delante de él durante todo el viaje.
Un silbato sonó a lo lejos. El tren estaba a punto de partir.
Jakob y Anna regresaron corriendo al andén.
Los pasajeros comenzaban a subir. El maquinista gritaba para que todos ocuparan sus lugares.
Jakob buscó a Brenner, pero no lo encontró.
Tampoco estaba Lukas Stein. La lluvia había convertido el andén en una superficie brillante y resbaladiza y, durante unos segundos, Jakob tuvo la certeza de que el tren estaba a punto de marcharse sin ellos.
Subió al último vagón justo cuando las ruedas comenzaron a moverse.
Anna entró detrás de él y cerró la puerta.
Cuando Jakob recuperó el aliento, miró hacia el interior del vagón. Algo estaba mal. Había demasiados asientos vacíos. Contó rápidamente. Uno, dos, tres y cuatro.
Se volvió hacia Anna.
—¿Quién falta?
Ella miró alrededor. Después comenzó a contar. Su rostro se transformó lentamente.
—Brenner.
Jakob asintió.
—Y Stein.
Anna volvió a mirar.
—Y Keller.
Jakob sintió que el tren aceleraba. Tres hombres habían desaparecido. Y uno de ellos había dejado una pista. El otro quizá estaba muerto. Pero el tercero podía ser el hombre que llevaba dos años ocultando la verdad.
Jakob corrió hacia la ventana trasera del vagón y miró la estación alejándose entre la lluvia.
Durante un instante creyó distinguir tres figuras sobre el andén.
Una permanecía inmóvil junto al edificio.
Otra caminaba hacia la oscuridad y la tercera parecía mirar directamente hacia el tren.
No pudo reconocer sus rostros. El convoy ganó velocidad y la estación comenzó a desaparecer detrás de una cortina de lluvia y humo.
Jakob comprendió entonces que ya no estaban persiguiendo a un asesino que se encontraba dentro de un tren.
El tren estaba siendo utilizado para reunir a personas que habían estado conectadas con un secreto de 1943, y alguien estaba eliminándolas o haciéndolas desaparecer una a una antes de que pudieran llegar a su destino.
La estación abandonada no había sido una simple parada improvisada.
Había sido un punto de encuentro preparado con antelación, una trampa diseñada para separar a determinadas personas del grupo.
Jakob volvió a sacar la fotografía y la miró una última vez.
Seis personas delante de la casa. Él. Anna.
Y cuatro rostros más. Uno de ellos era el hombre que acababa de morir.
Otro era Brenner. Otro era alguien a quien todavía no conseguía identificar.
Y el sexto hombre había sido arrancado de la memoria de todos.
Pero mientras el tren se alejaba de la estación, Jakob comprendió algo todavía peor: la fotografía no mostraba a seis personas que habían coincidido aquella noche.
Mostraba a seis personas que habían sobrevivido a ella.
Y alguien había decidido que ya había llegado el momento de que dejaran de hacerlo.