Capítulo 5. La fotografía
Lukas Stein desapareció por la puerta que comunicaba con el siguiente vagón antes de que Jakob pudiera alcanzarlo.
El investigador reaccionó de inmediato y avanzó detrás de él, apartando a dos pasajeros que permanecían inmóviles en mitad del pasillo.
El tren se balanceaba con violencia mientras atravesaba una zona de vías deterioradas y obligaba a todos a sujetarse a los asideros metálicos.
Jakob llegó hasta la puerta, la abrió y entró en el vagón siguiente.
Durante unos segundos no vio al joven. Solo encontró filas de pasajeros desconcertados, algunos sentados y otros de pie, observando el movimiento con una mezcla de miedo y curiosidad.
Un niño lloraba junto a su madre. Un hombre sostenía una maleta contra el pecho.
Cerca de una ventana, una mujer miraba hacia atrás como si también hubiera visto pasar a alguien.
Jakob avanzó rápidamente por el pasillo.
—¡Stein!
Nadie respondió.
Al final del vagón había otra puerta. La abrió.
El siguiente compartimento estaba vacío.
Jakob miró hacia ambos lados. El pasillo terminaba en una pequeña plataforma metálica desde la que se accedía al siguiente vagón.
La puerta exterior permanecía cerrada. No había ningún lugar donde Lukas pudiera haber desaparecido sin ser visto.
Entonces oyó un ruido detrás de él. Se volvió.
Era Karl Brenner. El hombre había seguido sus pasos.
—No vaya más lejos —dijo.
Jakob lo observó con desconfianza.
—¿Por qué?
Brenner respiraba con dificultad.
—Porque si Stein sabe que usted recuerda el edificio, intentará matarlo.
—¿Y usted cómo sabe eso?
Brenner permaneció callado.
—Hable.
—Porque no es la primera vez que ocurre.
Jakob sintió un escalofrío.
—¿Cuántas veces?
—No aquí.
—¿Cuántas?
Brenner bajó la voz.
—Tres.
Jakob lo agarró del brazo.
—¿Tres asesinatos?
—Tres personas desaparecieron antes de que subiéramos al tren.
—¿Quiénes?
Brenner negó con la cabeza.
—No puedo decírselo.
—Puede.
—No entiende lo que está ocurriendo.
—Entonces explíquemelo.
Brenner miró hacia la puerta que conducía al vagón anterior.
—Aquí no.
Jakob estaba a punto de responder cuando escucharon un fuerte golpe.
Los dos se volvieron. Procedía del vagón anterior.
Jakob regresó corriendo y, cuando llegó, encontró a Anna junto a la ventana.
Varios pasajeros estaban reunidos alrededor de ella.
La joven tenía la espalda apoyada contra la pared y parecía aterrorizada.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Jakob.
Anna levantó la mano. Tenía la fotografía. Pero ahora había algo escrito en el reverso. Una frase que antes no estaba allí: recuerda la casa.
Jakob tomó la fotografía.
—¿Quién escribió esto?
Anna negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿La tenía usted todo el tiempo?
—Sí.
—¿Alguien pudo tocarla?
—No.
Jakob examinó el papel. La tinta parecía reciente.
No había dudas. Alguien había escrito aquellas palabras después de que él y Anna hablaran sobre la fotografía, pero nadie parecía haber estado cerca de ella.
Jakob levantó la mirada hacia los pasajeros.
Todos evitaban sus ojos. Todos, excepto uno.
Brenner. El hombre permanecía en la puerta, inmóvil.
—¿Qué casa? —preguntó Jakob.
Brenner cerró los ojos.
—La casa de Weiss.
Jakob sintió que algo se quebraba dentro de él.
—¿Qué ha dicho?
—La casa de su familia.
Anna miró a Jakob.
—¿Su familia?
Jakob no respondió. Brenner continuó.
—El edificio de la fotografía no era el lugar que usted cree. Era solo una de las instalaciones. El verdadero centro estaba en otro sitio.
—¿Dónde?
Brenner señaló la fotografía.
—Allí.
Jakob observó nuevamente la imagen. El edificio.
Las cinco personas. La puerta. La pequeña estructura metálica sobre la entrada.
Y entonces recordó algo que había olvidado durante años.
En 1943, durante su investigación, había encontrado una fotografía idéntica.
Pero en aquella imagen aparecían seis personas.
La sexta había sido arrancada. La había arrancado él mismo, porque aquella persona era alguien que conocía, alguien que no debía aparecer en ningún documento, alguien cuya presencia podía destruir toda la investigación.
Jakob sintió que la memoria comenzaba a abrirse como una herida.
Recordó una noche de invierno, una carretera vacía, un automóvil detenido frente a una casa, una mujer esperando bajo la lluvia y, después, una niña.
Una niña que sostenía una fotografía. La misma fotografía que ahora estaba entre sus manos.
—¿Qué recuerda? —preguntó Anna.
Jakob tardó en contestar.
—A usted.
Anna lo miró fijamente.
—¿Me conocía?
—No como usted cree.
—Entonces, ¿cómo?
Jakob se pasó una mano por el rostro.
—La vi en 1943.
Los pasajeros comenzaron a murmurar. Brenner permaneció inmóvil.
—¿Dónde? —preguntó Anna.
Jakob cerró los ojos.
—En una casa.
La joven dio un paso hacia él.
—¿Qué hacía yo allí?
—Estaba escondida.
—¿De quién?
Jakob no respondió, porque la respuesta había comenzado a aparecer en su memoria.
No como una imagen completa, sino como fragmentos: una puerta, un pasillo, una lámpara, gritos, una niña escondida debajo de una mesa, un hombre vestido de uniforme y una mujer que le decía que, si quería salvarla, tendría que mentir.
Jakob abrió los ojos.
—De ellos.
—¿Quiénes?
—Los hombres que estaban allí.
Anna parecía cada vez más confundida.
—¿Por qué querían encontrarme?
Jakob miró la fotografía.
—Porque usted había visto algo.
—¿Qué?
—No lo sé.
Anna negó con la cabeza.
—Sí lo sabe.
Jakob la miró.
—No.
—Lo está recordando.
La joven dio otro paso.
—Usted estaba allí.
Jakob no pudo negarlo.
—Sí.
—Y me sacó de la casa.
La frase cayó sobre él con una fuerza inesperada.
Jakob recordó entonces aquella noche. La recordó por completo.
La casa estaba rodeada de nieve. Había un vehículo militar estacionado junto a la entrada.
Dos hombres discutían en una habitación.
Él había recibido una orden para investigar una desaparición, pero había descubierto algo completamente diferente.
Había encontrado a varias personas encerradas en el sótano y, entre ellas, a una niña que no figuraba en ninguna lista.
La niña llevaba días sin comer. Tenía una herida en la frente y no pronunciaba una sola palabra.
Cuando Jakob intentó sacarla de allí, alguien apareció detrás de él.
Hubo un disparo. La lámpara se rompió. Todo quedó a oscuras.
Jakob recordó haber corrido con la niña en brazos mientras alguien gritaba su nombre.
Después había llegado a una carretera. Había entregado a la niña a una mujer y le había pedido que desapareciera con ella.
La mujer había aceptado. Jakob había regresado al edificio y había falsificado el informe.
Había escrito que no se había encontrado a ningún superviviente.
Había mentido. Durante dos años había conseguido convencerse de que aquella mentira había salvado una vida.
Pero ahora Anna estaba sentada frente a él. Viva. Y la misma llave que llevaba consigo aparecía vinculada a la marca encontrada en el cadáver.
—¿Quién era la mujer? —preguntó Anna.
Jakob levantó la mirada.
—No lo sé.
—Usted sí.
—No recuerdo su nombre.
—¿Era mi madre?
Jakob se quedó inmóvil. La pregunta parecía demasiado sencilla, pero la respuesta podía cambiarlo todo.
—Creo que sí.
Anna comenzó a llorar. No hizo ningún ruido. Las lágrimas simplemente aparecieron y recorrieron lentamente sus mejillas. Jakob sintió una culpa que no había experimentado desde hacía años.
—Lo siento.
Anna negó con la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque pensé que estabas muerta.
La joven levantó los ojos.
—¿Pensó?
Jakob asintió.
—Después de aquella noche regresé al edificio. No encontré a la mujer. No encontré a la niña. Pensé que los habían descubierto.
—Pero no.
—No.
—Entonces alguien me ocultó.
Jakob miró la fotografía.
—Sí.
En ese momento, un ruido metálico recorrió el vagón. Todos se volvieron. La puerta del compartimento del muerto acababa de cerrarse. Jakob avanzó rápidamente y la abrió. El cadáver seguía allí, pero algo había cambiado. Sobre el pecho del muerto habían colocado una fotografía.
Jakob la tomó. Era una imagen de la misma casa que aparecía en la fotografía de Anna, pero esta vez había seis personas delante del edificio.
Jakob sintió que la respiración se le detenía.
La sexta persona no había sido arrancada.
Era él. Más joven, vestido con el uniforme de policía que había llevado en 1943. Y a su lado estaba Anna. Una niña.
En el reverso había una fecha: 17 de noviembre de 1943. Jakob volvió la fotografía. Debajo de la fecha había una frase escrita con la misma tinta negra que el mensaje encontrado junto al cadáver: tú también estabas allí.
Jakob permaneció inmóvil, mirando aquella imagen mientras el tren continuaba atravesando la Europa destruida.
Durante dos años había creído que el pasado era una habitación cerrada a la que ya no podía regresar, un lugar oscuro que había dejado atrás junto con la guerra y con las personas que había perdido.
Pero aquella fotografía demostraba que estaba equivocado.
El pasado no había permanecido quieto. Había viajado con él, escondido entre documentos falsos, nombres cambiados y recuerdos que había enterrado deliberadamente.
Y ahora estaba sentado en el mismo tren, avanzando hacia la misma dirección que todos ellos, esperando pacientemente a que alguien cometiera el error de recordar.
Jakob levantó los ojos hacia los pasajeros.
Ya no veía un grupo de refugiados. Veía testigos.
Veía supervivientes. Veía posibles culpables.
Y, sobre todo, veía hombres y mujeres que habían compartido una noche de 1943 que alguien llevaba dos años intentando borrar.
La fotografía había destruido la última distancia que quedaba entre Jakob y aquel acontecimiento.
Él no era solamente el investigador que intentaba descubrir quién había matado a un pasajero.
También formaba parte de la historia que estaba investigando.
Había estado allí. Había mentido. Había ocultado un nombre y había falsificado un informe.
Y mientras sostenía aquella imagen entre los dedos comprendió que la persona que estaba asesinando a los pasajeros no necesitaba únicamente silenciarlos a ellos. También necesitaba silenciarlo a él.
Fuera, el cielo comenzaba a oscurecerse de nuevo.
Y el tren continuaba avanzando hacia el este, hacia la estación donde, dos años atrás, una niña había desaparecido de los registros, hacia el lugar donde una verdad había sido enterrada y hacia una noche que Jakob había pasado dos años intentando olvidar.