El tren de los exiliados Capítulo 4. Todos esconden algo #2
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Capítulo 4. Todos esconden algo #2

Jakob apartó la mirada. No podía ser. La niña que él había buscado en 1943 tenía exactamente esa edad.

Pero aquello era imposible. La investigación había terminado dos años atrás.

La niña había desaparecido. Y Anna, según la fotografía, era una joven adulta.

No podía existir ninguna relación evidente entre ambas.

A menos que hubiera algo que Jakob hubiera pasado por alto.

Algo que los documentos hubieran ocultado.

Algo que alguien hubiera querido borrar.

Durante el resto de la mañana, Jakob continuó observando a los pasajeros.

Ya no buscaba únicamente al asesino. Buscaba vínculos.

Quién hablaba con quién. Quién evitaba a quién.

Quién reaccionaba cuando se mencionaban determinadas ciudades o fechas.

Descubrió que Friedrich Bauer conocía a Karl Brenner, aunque ambos habían negado haberse visto antes.

Vio a Elise Hartmann intercambiar unas palabras con Marta Vogel cuando creían que nadie las observaba.

Observó que los hermanos Adler tenían una conversación tensa con Lukas Stein y que este último parecía reconocer a uno de ellos.

También vio algo que le inquietó especialmente: cuando el tren atravesó una pequeña estación militar abandonada, Karl Brenner se levantó y permaneció mirando por la ventana durante varios segundos, con una expresión de miedo que desapareció en cuanto advirtió que Jakob lo estaba observando.

Al mediodía, Jakob reunió todas las conclusiones posibles en su cabeza.

El hombre asesinado no era un pasajero accidental.

La marca del cuello coincidía con la de la llave de Anna.

La fotografía conducía a un edificio que él conocía por una investigación de 1943.

Anna recordaba escenas relacionadas con aquel lugar, aunque no podía explicar por qué.

Varios pasajeros utilizaban documentos dudosos.

Y alguien había dejado un mensaje dentro del compartimento del muerto: el tren no debía llegar.

Todo aquello formaba una cadena, aunque todavía faltaban demasiados eslabones para comprenderla.

Fue entonces cuando Jakob decidió hacer algo que no había hecho desde antes de la guerra.

Volvió a comportarse como un investigador.

Sacó su libreta negra y, en una página nueva, escribió los nombres de todos los pasajeros.

Debajo de cada nombre anotó lo que sabía. Después añadió una segunda columna.

Lo que ocultan.

Durante varios minutos permaneció contemplando aquellas dos palabras.

Luego comenzó a escribir. Bauer: identidad posiblemente falsa.

Hartmann: pasado médico no confirmado. Brenner: documentación sospechosa.

Adler: documentos incompatibles. Keller: hermano muerto, relación desconocida con víctima.

Vogel: reconoce algo del muerto. Stein: silencio deliberado.

Anna: amnesia, fotografía, llave, relación con investigación de 1943.

Jakob dejó el lápiz sobre la página. Entonces comprendió algo que le produjo una inquietud mucho mayor que la posibilidad de que cualquiera de aquellos pasajeros fuera el asesino. Quizá ninguno de ellos estuviera utilizando su verdadero nombre.

Miró nuevamente el vagón. Todos estaban allí. Todos tenían una historia. Todos tenían un destino escrito en algún documento. Pero ninguno parecía dispuesto a contar de dónde venía realmente.

El tren continuó avanzando bajo un cielo cada vez más oscuro.

Las ruedas golpeaban los raíles con un ritmo uniforme y los campos devastados se sucedían al otro lado de las ventanas.

Jakob cerró la libreta y la guardó dentro de su abrigo.

Había empezado aquel viaje pensando que los pasajeros eran simplemente hombres y mujeres que regresaban a sus hogares después de una guerra.

Ahora sabía que llevaba consigo a un grupo de personas unidas por algo que había ocurrido mucho antes de subir al tren.

Algunos habían sido perseguidos. Otros habían obedecido órdenes.

Otros quizá habían participado en aquello que ahora intentaban olvidar.

Y otros podían haber pasado los últimos dos años construyendo una identidad nueva para ocultar la antigua.

Lo más inquietante era que el asesino parecía conocer todas esas historias.

No estaba eligiendo a sus víctimas al azar.

Estaba recorriendo una lista que alguien había guardado durante dos años y eliminando, una por una, a las personas que podían contar lo ocurrido.

Jakob levantó la mirada hacia Anna. Ella permanecía junto a la ventana, con la fotografía escondida nuevamente bajo el abrigo y la mano cerrada alrededor de la llave.

Entonces ocurrió algo que Jakob no esperaba. Karl Brenner se acercó hasta ellos. Se detuvo frente a Jakob y miró alrededor para asegurarse de que nadie estuviera escuchando.

—Usted era policía —dijo en voz baja.

Jakob no respondió.

Brenner continuó.

—Y estuvo en aquel edificio.

Anna levantó la cabeza.

—¿Cómo sabe eso?

El hombre miró directamente a Jakob.

—Porque yo también estaba allí.

Jakob sintió que el vagón parecía estrecharse a su alrededor.

—¿En 1943?

Brenner asintió.

—Sí.

—¿Qué hacía?

El hombre miró a Anna.

—Intentaba impedir que descubrieran quién era ella.

Jakob se puso en pie.

—¿Quién es?

Brenner no contestó. En lugar de eso, miró hacia el fondo del vagón. Su rostro cambió. Había visto algo. Jakob siguió su mirada. Uno de los pasajeros estaba de pie junto a la puerta. Era Lukas Stein y llevaba en la mano un objeto pequeño y oscuro. Una llave. Brenner retrocedió.

—Dios mío —susurró—. También está aquí.

Jakob dio un paso hacia el joven, pero Lukas ya había comenzado a caminar hacia el otro extremo del vagón.

Y por primera vez, Jakob comprendió que el asesinato de la noche anterior no había sido el principio de aquella historia.

Había sido simplemente la primera muerte de una historia que llevaba dos años esperando para continuar.