Capítulo 4. Todos esconden algo
El amanecer llegó sin que nadie hubiera dormido realmente.
Una luz gris comenzó a filtrarse por las ventanas del tren y reveló un paisaje todavía más desolador que el de la noche anterior.
Los campos estaban cubiertos de niebla y, de vez en cuando, aparecían casas destruidas, vehículos abandonados y pequeños grupos de personas caminando junto a las vías con bolsas, maletas o paquetes atados con cuerdas.
Algunas mujeres llevaban niños de la mano.
Hombres demasiado jóvenes para parecer soldados cargaban sacos sobre los hombros.
Ancianos avanzaban lentamente apoyándose en bastones improvisados.
Todos parecían dirigirse hacia alguna parte, aunque muchos probablemente tampoco sabían exactamente hacia dónde.
Europa estaba llena de gente que caminaba de regreso a lugares que quizá ya no existían.
Dentro del vagón, en cambio, nadie parecía tener prisa por llegar.
El cadáver seguía en el compartimento del fondo, cubierto con una manta que Jakob había pedido a uno de los pasajeros.
El cuerpo no podía ser trasladado hasta que el tren llegara a una estación donde hubiera autoridades capaces de hacerse cargo de él.
El maquinista había recibido la noticia y había enviado a un ayudante para comprobar la situación, pero aquel hombre apenas había podido hacer otra cosa que observar el cadáver con expresión de desconcierto.
No había médico a bordo, ningún policía y, sobre todo, nadie dispuesto a asumir una responsabilidad que podía convertirse fácilmente en un problema mayor.
El tren continuó su recorrido porque detenerlo en mitad de aquella región habría significado dejar a decenas de personas abandonadas en un territorio donde todavía quedaban grupos armados y donde las comunicaciones funcionaban de manera irregular.
Jakob comprendió entonces que estaban solos.
No completamente solos, pero sí lo suficiente.
El asesinato había cambiado las reglas del viaje.
Los pasajeros se miraban ahora con desconfianza.
Algunos habían empezado a cambiar de asiento para permanecer cerca de personas conocidas.
Otros evitaban hablar. Una mujer había escondido su bolso debajo de las piernas y mantenía ambas manos sobre él.
El hombre de la lata metálica permanecía junto a la ventana con el rostro hundido entre las manos.
El muchacho de la cabeza rapada no apartaba la mirada del cadáver cubierto.
La anciana que viajaba con él le acariciaba el cabello de manera mecánica, aunque parecía más preocupada que él.
Jakob recorrió el vagón lentamente. No llevaba libreta en la mano.
No quería que los pasajeros sintieran que estaban siendo interrogados.
Todavía no. Durante años había aprendido que las personas revelaban mucho más cuando creían que nadie las estaba examinando.
Un gesto podía contradecir una respuesta.
Una pausa podía ser más importante que una frase.
Una mirada hacia otra persona podía establecer una relación que ningún documento mencionaría.
En aquella ocasión, sin embargo, existía una dificultad adicional: casi todos tenían razones para ocultar algo.
La guerra había obligado a las personas a mentir.
Algunos habían mentido para sobrevivir. Otros para proteger a alguien.
Otros para evitar ser detenidos. Y algunos habían descubierto que una mentira repetida durante suficiente tiempo podía terminar convirtiéndose en una nueva identidad.
Jakob decidió comenzar por el hombre de la lata. Se sentó frente a él.
—¿Cómo se llama?
El hombre levantó la mirada.
—Ernst Keller.
Jakob observó su reacción. El nombre había salido demasiado rápido.
—¿De dónde viene?
—De Breslau.
—¿Y adónde va?
—Al oeste.
—Eso no es un lugar.
Keller bajó la mirada.
—A donde pueda encontrar trabajo.
—¿Conocía al hombre que murió?
—No.
—¿Había hablado con él?
—No.
Jakob recordó la noche anterior.
—Usted fue quien encontró el cuerpo.
—Sí.
—¿Por qué entró en su compartimento?
Keller tardó unos segundos en contestar.
—Escuché un ruido.
—¿Qué clase de ruido?
—Un golpe.
—¿Y pensó que era él?
—No lo sé.
Jakob inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué llevaba esa lata?
Keller la miró.
—Es mía.
—Eso ya lo sé.
—Era de mi hermano.
—¿Dónde está su hermano?
El hombre permaneció callado.
Jakob esperó.
—Murió.
No añadió nada más. Jakob no insistió. Se levantó y continuó su recorrido.
La segunda persona a la que interrogó fue la mujer anciana.
Se llamaba Marta Vogel y aseguraba dirigirse hacia una localidad cercana a la frontera.
Había perdido su casa durante un bombardeo y viajaba con un pequeño paquete que contenía ropa y una fotografía familiar.
Jakob preguntó por su relación con el hombre asesinado.
Ella respondió que no lo conocía. Sin embargo, cuando Jakob mencionó que el muerto llevaba varios documentos consigo, Marta mostró una reacción apenas perceptible.
Bajó la mirada durante una fracción de segundo y después volvió a mirar al investigador.
Era suficiente. Jakob había visto aquella reacción cientos de veces.
No significaba necesariamente culpabilidad. Significaba reconocimiento.
Continuó con los demás. Un antiguo funcionario llamado Friedrich Bauer aseguró haber trabajado en una oficina ferroviaria durante la guerra.
Una mujer llamada Elise Hartmann dijo que había sido enfermera.
Dos hermanos, Paul y Martin Adler, afirmaron ser comerciantes y viajaban juntos.
Un hombre de aspecto elegante, demasiado elegante para el estado del tren, se presentó como Karl Brenner y dijo que había sido profesor antes de la guerra.
Había también un joven que aseguraba llamarse Lukas Stein y que prácticamente no hablaba.
Jakob tomó nota mental de todos ellos. No confiaba plenamente en ninguno.
Pero tampoco podía afirmar que alguno fuera culpable.
El problema era que los documentos contaban historias distintas.
Bauer tenía papeles que indicaban que había trabajado para la administración ferroviaria.
Sin embargo, la fecha de su incorporación no coincidía con la que él mismo había proporcionado.
Elise Hartmann llevaba una pequeña insignia médica que parecía auténtica, pero había algo extraño en el modo en que evitaba hablar de los hospitales donde había trabajado.
Karl Brenner poseía documentos perfectamente redactados, demasiado perfectamente redactados para una persona que decía haberlos recuperado de una casa parcialmente destruida.
Los hermanos Adler compartían apellido, dirección y fecha de nacimiento en sus documentos, algo que resultaba imposible si realmente eran hermanos.
Jakob regresó a su asiento. Anna estaba allí. Había permanecido en silencio durante toda la mañana.
—¿Ha hablado con ellos? —preguntó.
—Con algunos.
—¿Les cree?
Jakob miró por la ventana.
—No.
Anna pareció sorprendida.
—¿A ninguno?
—A nadie todavía.
—¿Ni siquiera a mí?
Jakob la miró.
—Usted es la única persona de este tren que reconoce abiertamente no saber quién es.
Anna bajó la mirada.
—¿Eso es bueno?
—Todavía no lo sé.
La joven permaneció en silencio. Después sacó lentamente la fotografía.
—¿Está seguro de conocer este lugar?
Jakob observó la imagen.
—Sí.
—¿Qué es?
Él tardó en contestar.
—Una antigua instalación administrativa.
No era exactamente mentira. Pero tampoco era la verdad.
Jakob recordaba aquel edificio demasiado bien.
En 1943 había acudido allí siguiendo una investigación relacionada con varias personas desaparecidas durante un traslado.
El expediente oficial hablaba de prisioneros evacuados por razones de seguridad.
Sin embargo, algunos testimonios indicaban que nunca habían llegado al lugar donde supuestamente debían ser trasladados.
Jakob había descubierto discrepancias en las listas, nombres que aparecían dos veces y otros que desaparecían de los registros.
Había intentado seguir el rastro, pero el caso fue cerrado de manera repentina.
Su superior recibió una orden directa y Jakob recibió instrucciones de entregar todos los documentos.
Nunca volvió a hablar de aquello. Hasta ahora.
—¿Qué ocurrió allí? —preguntó Anna.
Jakob la miró.
—No lo sé.
—Pero usted estuvo allí.
Aquella frase lo hizo quedarse inmóvil.
—¿Cómo sabe eso?
Anna parecía tan sorprendida como él.
—No lo sé.
Jakob observó su rostro. La joven había hablado sin pensar.
—¿Me ha visto antes?
Anna negó con la cabeza.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
Jakob bajó la voz.
—Entonces, ¿cómo sabe que estuve allí?
Anna miró la fotografía.
—Porque recuerdo su cara.
El silencio que siguió fue más profundo que cualquiera de los anteriores. Jakob sintió que una parte de su pasado acababa de abrirse.
—¿Dónde?
Anna se llevó una mano a la frente.
—No lo sé.
—Inténtelo.
—Hay humo.
—¿Qué más?
—Gente corriendo.
—¿Soldados?
—Sí.
—¿Yo estaba allí?
Anna cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué hacía?
—Buscaba a alguien.
Jakob sintió un peso en el pecho.
—¿A quién?
Anna abrió los ojos.
—A una niña.
Aquellas palabras lo golpearon con una fuerza inesperada.
Jakob se quedó inmóvil. Durante un instante dejó de escuchar el tren.
Una niña. Había existido una niña en aquella investigación.
Una niña cuyo nombre no aparecía en los documentos oficiales.
Una niña que Jakob había buscado durante tres días.
Una niña que supuestamente había muerto. O eso le habían dicho.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó.
Anna negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Qué edad tenía?
—Seis o siete años.