Capítulo 3. El primer muerto
La puerta se abrió apenas unos centímetros y durante un instante Jakob creyó que detrás de ella aparecería el rostro de algún pasajero insomne, una figura que habría estado caminando por el pasillo, un hombre que buscaba agua o quizá alguien que se había equivocado de compartimento.
Sin embargo, no apareció nadie. La puerta continuó desplazándose lentamente sobre sus raíles hasta quedar completamente abierta y el pasillo quedó vacío frente a ellos.
Solo la luz débil de las lámparas iluminaba las paredes metálicas y los bancos de madera.
El tren seguía avanzando con su ritmo pesado y constante, como si nada hubiera sucedido.
Jakob no se movió inmediatamente. Permaneció sentado, observando el pasillo con los sentidos tensos.
Había aprendido durante sus años como investigador que el primer impulso podía ser peligroso.
El miedo empujaba a actuar demasiado deprisa y la curiosidad podía llevar a cometer errores.
Miró primero a Anna, que seguía sentada frente a él, y después volvió a mirar hacia el exterior del compartimento.
No había nadie. Sin embargo, los tres golpes seguían resonando en su memoria.
—¿Quién estaba ahí? —preguntó.
Anna negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿La puerta estaba cerrada?
—Sí.
Jakob se levantó. Avanzó unos pasos por el pasillo y miró hacia ambos extremos del vagón.
A la izquierda, el corredor terminaba en una puerta que conducía al siguiente vagón.
A la derecha, otra puerta comunicaba con el anterior.
No había ningún lugar donde una persona pudiera esconderse sin haber tenido que pasar delante de él. Jakob volvió la cabeza hacia Anna.
—Quédese aquí.
Ella asintió.
Jakob avanzó hacia el extremo del vagón.
La noche había convertido aquel espacio en algo diferente.
Durante el día, con los pasajeros hablando y el movimiento constante de personas, el vagón parecía simplemente viejo y abarrotado.
Ahora, con la mayoría de los viajeros dormidos, cada pequeño ruido adquiría una importancia desproporcionada.
Una respiración podía confundirse con un susurro.
El crujido de una madera podía parecer un paso.
El balanceo del tren hacía que las sombras se movieran lentamente sobre las paredes.
Al llegar a la puerta que comunicaba con el siguiente vagón, Jakob se detuvo.
Escuchó. Nada. Abrió. El otro vagón estaba casi completamente a oscuras.
Un hombre dormía sentado junto a la ventana.
Dos mujeres estaban acurrucadas bajo una manta.
Un soldado de edad indefinida permanecía despierto con la cabeza apoyada contra el cristal. Todos parecían ajenos a lo ocurrido.
Jakob regresó. Anna seguía en el mismo lugar.
—No hay nadie.
Ella no respondió. Miraba la llave que tenía en la mano.
—¿Qué ocurre?
Anna levantó lentamente los ojos.
—Los golpes.
—¿Qué tienen?
—No eran para mí.
Jakob frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Eran para él.
—¿Para quién?
Anna abrió la boca, pero no llegó a responder. En ese momento, desde el extremo del vagón, se escuchó un grito. Fue un grito breve y desgarrador. Después se oyó el golpe de algo pesado contra el suelo. Los pasajeros comenzaron a despertarse.
Jakob salió disparado hacia el lugar de donde procedía el ruido.
La mujer anciana del paquete se incorporó sobresaltada.
El muchacho de la chaqueta demasiado grande comenzó a llorar.
Varias personas preguntaron qué ocurría.
Jakob atravesó el pasillo mientras el tren continuaba avanzando a toda velocidad por la oscuridad.
El grito había procedido del compartimento situado casi al final del vagón.
La puerta estaba abierta. Un hombre permanecía inmóvil junto a ella.
Era el pasajero de la lata metálica. Había sido él quien había gritado.
—¡Está muerto! —exclamó.
Jakob entró. El compartimento estaba ocupado por un solo hombre, el anciano que había visto aquella tarde.
Estaba sentado junto a la ventana, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.
Tenía los ojos abiertos, pero no miraban nada.
Una mano descansaba sobre su pecho y la otra había caído al suelo.
La sangre había comenzado a extenderse por la camisa desde una pequeña herida situada debajo de las costillas.
Jakob se acercó.
—No lo toque —ordenó.
El hombre de la lata retrocedió inmediatamente.
—Yo no he hecho nada.
Jakob no respondió. Se arrodilló junto al cadáver.
El hombre estaba muerto. No había ninguna duda.
Jakob observó la herida. No parecía una lesión causada por un objeto grande.
Era pequeña y precisa. Había sido producida por algo estrecho y afilado.
Una puñalada. Pero había algo que no encajaba: la sangre.
Había muy poca, demasiado poca para una herida que aparentemente había atravesado el torso.
Jakob examinó el cuello, las manos y el rostro. No había señales evidentes de lucha. El cadáver estaba sentado casi exactamente como si hubiera muerto mientras descansaba.
—¿Cuándo lo encontró? —preguntó Jakob.
El hombre de la lata tragó saliva.
—Hace unos segundos.
—¿Qué hizo antes?
—Fui a buscar agua.
—¿De dónde venía?
—Del otro vagón.
—¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
—No lo sé. Un minuto. Quizá dos.
Jakob levantó la mirada.
—¿Vio a alguien?
—No.
—¿Escuchó algo?
El hombre negó con la cabeza.
—Solo el tren.
Jakob se puso en pie. Los pasajeros comenzaban a reunirse en el pasillo.
Algunos intentaban mirar por encima de los hombros de los demás.
Otros retrocedían, horrorizados. El miedo había cambiado rápidamente la atmósfera del vagón.
Unos minutos antes eran simplemente viajeros desconocidos que compartían un trayecto incómodo.
Ahora eran un grupo de personas encerradas en un espacio reducido con un cadáver.
—Todos atrás —dijo Jakob.
Nadie obedeció inmediatamente.
Jakob elevó la voz.
—¡Atrás!
Esta vez se apartaron. Una mujer empezó a llorar.
—¿Quién lo ha matado?
Nadie respondió.
Jakob miró a cada uno de los presentes y entonces comprendió que el verdadero problema no era el cadáver.
Era el tren. El tren seguía avanzando. Las puertas estaban cerradas.
Las ventanas no podían abrirse completamente.
No había ningún lugar donde esconderse. Y el asesino, si todavía estaba allí, tenía que encontrarse entre ellos.
Jakob volvió a entrar en el compartimento.
Observó el suelo, después la puerta y después la ventana.
La ventana estaba cerrada desde dentro. No había señales de haber sido forzada.
La puerta también había estado cerrada. El hombre que lo había encontrado aseguró que nadie había pasado por el pasillo.
Jakob volvió a mirar el cadáver. La herida estaba situada en un punto muy concreto del torso. Se inclinó.
Entonces vio algo. Una pequeña mancha oscura en el cuello de la víctima. No era sangre. Parecía tinta. Jakob acercó el rostro. Había una marca. Dos líneas cruzadas. La misma figura que había visto grabada en la llave de Anna.
Sintió un escalofrío. Se incorporó lentamente y miró hacia el pasillo. Anna estaba allí. Había llegado hasta la puerta del compartimento sin que Jakob se diera cuenta. Su rostro había perdido completamente el color.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Jakob no respondió. Ella miró por encima de su hombro y vio el cadáver. Retrocedió un paso. Después llevó una mano a la boca.
—Yo conozco esa marca.
Jakob se volvió hacia ella.
—¿Dónde la ha visto?
Anna no contestó. Su respiración comenzó a acelerarse.
—Anna.
Ella cerró los ojos.
—En la puerta.
—¿Qué puerta?
—La puerta roja.
El silencio cayó sobre el vagón. Jakob sintió que las piezas del pasado comenzaban a acercarse unas a otras, pero todavía estaban demasiado dispersas para formar una imagen completa.
Miró nuevamente el cadáver, después la llave que Anna mantenía apretada entre los dedos y finalmente la pequeña marca dibujada en el cuello del muerto.
Aquello no podía ser una coincidencia. Alguien había utilizado aquella misma señal años atrás y ahora volvía a aparecer en un tren lleno de personas que huían de una guerra que todavía no había terminado de desaparecer de sus vidas.
La pregunta ya no era solamente quién había asesinado a aquel hombre, sino por qué había sido elegido precisamente él y qué relación podía tener con una joven que ni siquiera recordaba su propio nombre.
Jakob pidió a todos los pasajeros que regresaran a sus asientos.
Nadie debía abandonar el vagón. Nadie debía tocar el cadáver.
Pero mientras pronunciaba aquellas órdenes comprendió que carecían de verdadera autoridad.
Ya no era policía. No llevaba uniforme ni placa y no tenía ningún documento que le permitiera detener a nadie.
Solo tenía experiencia, intuición y la certeza de que alguien dentro de aquel tren estaba dispuesto a matar para proteger un secreto.
Y, por primera vez desde que había subido al convoy, sintió que el viaje hacia su antiguo hogar había dejado de ser un regreso para convertirse en una investigación.
Pasó la siguiente hora examinando el compartimento.
La ausencia de señales de lucha resultaba cada vez más inquietante.
El asesino había tenido que acercarse a la víctima, atacarla y salir sin provocar ningún ruido perceptible.
La ventana permanecía cerrada. La puerta no presentaba daños.
No había arma en el suelo ni en los asientos.
Tampoco había huellas evidentes de barro o polvo que pudieran indicar que alguien había entrado desde otro lugar.
Era como si el hombre hubiera estado completamente solo cuando murió.
Sin embargo, Jakob sabía que nadie podía matar a distancia.
La solución tenía que encontrarse en algún detalle que todavía no había visto.
Mientras los demás pasajeros permanecían en silencio, Jakob recorrió con la mirada cada rincón del compartimento.
Había una pequeña mesa, una lámpara, dos asientos enfrentados y una percha vacía.
Nada más. Se inclinó junto al cadáver y examinó nuevamente la herida.
Entonces comprendió que la sangre no había brotado como habría esperado.
La víctima quizá no había muerto inmediatamente.
Tal vez había sido envenenada antes de recibir la herida, o quizá la herida había sido realizada después de su muerte para construir una escena falsa.
Aquella posibilidad cambió completamente el caso.
Jakob abrió la mano del muerto y encontró algo pequeño entre sus dedos.
Era un trozo de papel. Lo extrajo con cuidado. Solo contenía cuatro palabras escritas con tinta negra: el tren no debe llegar.
Jakob permaneció inmóvil durante varios segundos.
Levantó la mirada hacia la puerta. Al otro lado, decenas de ojos lo observaban.
Anna seguía entre ellos. Y entonces Jakob comprendió que el asesinato no había sido cometido únicamente para eliminar a un hombre.
Había sido un mensaje dirigido a todos los que viajaban en aquel tren.
El muerto era solo la primera advertencia, y quien la había dejado sabía algo que ninguno de ellos quería admitir todavía: que el verdadero destino de aquel viaje no era la ciudad que figuraba en los documentos de los pasajeros, sino un lugar mucho más oscuro, enterrado en el pasado de la guerra, donde alguien llevaba dos años esperando que la verdad permaneciera escondida.
Jakob dobló lentamente el papel y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo.
Después miró hacia el extremo del vagón, hacia la puerta que conducía al siguiente compartimento, y tuvo una certeza que le produjo más miedo que el cadáver que tenía delante: si el asesino había podido entrar en una habitación cerrada sin ser visto, entonces quizá no necesitaba salir de ella para volver a matar.