Capítulo 2. La mujer sin memoria
La noche había terminado de caer cuando el tren abandonó las últimas luces de la estación y volvió a internarse en un paisaje que parecía no pertenecer a ningún país.
A través de las ventanas solo se distinguían, de vez en cuando, los reflejos débiles de las lámparas del interior y alguna construcción aislada que aparecía durante unos segundos antes de desaparecer en la oscuridad.
El traqueteo de las ruedas se había convertido en un sonido constante, profundo, casi hipnótico, que llenaba los silencios entre los pasajeros.
Algunos dormían apoyados contra las paredes, otros permanecían despiertos con los ojos cerrados, fingiendo descansar mientras escuchaban cualquier movimiento a su alrededor.
Después de tantos años de guerra, nadie dormía completamente.
El cuerpo podía agotarse, pero el instinto permanecía alerta.
Un ruido inesperado, una puerta que se abría, unos pasos en el pasillo bastaban para devolver a cualquiera a la vigilia.
La joven seguía sentada frente a Jakob. Habían pasado varios minutos desde que había respondido que no sabía hacia dónde se dirigía el tren y ninguno de los dos había vuelto a hablar.
Ella mantenía las manos juntas sobre el regazo y miraba de vez en cuando hacia la ventana, aunque el cristal solo devolvía el reflejo de su rostro.
La luz amarillenta del pequeño farol situado sobre la puerta acentuaba la palidez de su piel.
Tenía una pequeña marca junto a la sien derecha, apenas visible bajo el cabello, y una expresión que Jakob no había visto con frecuencia en su vida profesional: la de alguien que busca desesperadamente una respuesta dentro de sí mismo y no encuentra absolutamente nada.
No parecía confundida por un detalle concreto. Parecía enfrentarse a un vacío.
—¿Cómo se llama? —preguntó Jakob finalmente.
La mujer levantó los ojos. Durante un instante pareció que iba a responder inmediatamente, pero se quedó inmóvil. Sus labios se separaron ligeramente y después volvieron a cerrarse.
—Anna —dijo.
Jakob esperó.
—¿Anna qué?
La joven bajó la mirada.
—No lo sé.
Jakob no reaccionó. Había aprendido que las personas mienten de muchas maneras, pero también que la mentira tiene una tensión particular en el rostro, una pequeña resistencia en la mirada o en los músculos de la boca.
Observó a Anna durante varios segundos. Ella no parecía estar intentando engañarlo.
—¿Dónde nació?
—No lo recuerdo.
—¿Dónde vivía antes de la guerra?
Anna cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Tiene familia?
Esta vez tardó más en responder.
—Creo que sí.
—¿Quién?
Anna abrió los ojos y miró directamente a Jakob.
—No puedo recordarlo.
Jakob apoyó lentamente las manos sobre las rodillas.
No quería asustarla, pero su experiencia le decía que necesitaba averiguar qué había ocurrido.
Una pérdida parcial de memoria podía tener muchas causas: una lesión, una enfermedad, un trauma, un golpe en la cabeza.
También podía ser consecuencia del agotamiento extremo o de años de hambre y miedo.
Había visto soldados regresar del frente incapaces de recordar acontecimientos recientes, hombres que podían describir con precisión una infancia ocurrida veinte años atrás pero no sabían dónde habían pasado la semana anterior.
La guerra había producido heridas que ningún médico podía detectar a simple vista.
—¿Recuerda la guerra?
Anna permaneció en silencio.
—Recuerdo cosas —dijo al cabo de unos segundos—. Pero no sé si me pertenecen.
Aquella respuesta hizo que Jakob levantara ligeramente las cejas.
—¿Qué cosas?
Anna miró hacia el pasillo antes de contestar, como si necesitara asegurarse de que nadie podía escucharla.
—Una puerta roja.
Jakob esperó.
—Una habitación muy fría. Una lámpara colgada del techo. Un hombre que gritaba. Y un olor... —Se detuvo, intentando encontrar la palabra—. Un olor a humedad y humo.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Quién era el hombre?
Anna negó con la cabeza.
—No puedo verle la cara.
Jakob se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Y la puerta?
—Siempre está cerrada.
La joven apretó las manos con fuerza.
—Pero alguien está al otro lado.
El investigador permaneció callado. No sabía todavía si estaba ante una víctima, una testigo o alguien que ocultaba deliberadamente una parte de su historia.
Lo único que podía afirmar era que Anna no parecía una viajera cualquiera.
Había algo en ella que no encajaba con el resto de los pasajeros.
La mayoría de quienes viajaban en aquel tren conocían perfectamente su destino, incluso cuando ese destino ya no existía.
Anna, en cambio, parecía desplazarse sin dirección, como si hubiera sido colocada dentro del convoy sin que nadie le hubiera explicado por qué.
—¿Cómo llegó al tren?
Anna volvió a mirar la ventana.
—No lo recuerdo.
—¿Quién la ayudó a subir?
—No lo sé.
—¿Tenía equipaje?
La joven negó con la cabeza.
—Solo esto.
Abrió lentamente la mano. Jakob vio entonces el objeto que había estado ocultando entre los dedos.
Era una llave. Pequeña, antigua y de metal oscuro, con la superficie gastada por el uso.
No tenía ninguna etiqueta ni inscripción visible.
El extremo superior estaba formado por un círculo ligeramente deformado y el cuerpo de la llave era más largo de lo habitual. Jakob extendió la mano.
—¿Puedo verla?
Anna dudó. Después se la entregó. Jakob sostuvo la llave entre los dedos y la observó bajo la luz del compartimento.
No era una llave moderna. Parecía haber sido fabricada muchos años antes.
El metal estaba ennegrecido y presentaba pequeñas manchas verdosas en algunas zonas, como si hubiera permanecido expuesto a la humedad durante mucho tiempo.
En el extremo había una marca apenas perceptible, dos líneas cruzadas formando una figura que Jakob no consiguió identificar.
—¿Sabe qué abre?
Anna negó con la cabeza.
—¿Dónde la encontró?
—Estaba conmigo.
—¿En el bolsillo?
—Sí.
—¿Cuándo despertó?
Anna lo miró.
—Cuando desperté, estaba en mi mano.
Jakob sintió una incomodidad creciente.
—¿Dónde despertó?
—En una habitación.
—¿Qué habitación?
Anna cerró los ojos y llevó una mano a la frente.
—No lo sé.
—Intente recordarlo.
—Ya lo intento.
La respuesta no fue agresiva, pero sí contenía un cansancio profundo. Jakob comprendió que seguir presionándola en aquel momento no serviría de nada. Le devolvió la llave y Anna la cerró inmediatamente dentro de su mano.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
El tren avanzaba a través de la noche y el movimiento de los vagones hacía oscilar débilmente la lámpara del techo.
En el compartimento contiguo alguien tosió.
Más lejos, un niño comenzó a llorar y una mujer trató de calmarlo en voz baja.
Después se escucharon unos pasos que recorrieron el pasillo y desaparecieron hacia el otro extremo del vagón.
Jakob observó a Anna.
—¿Hay algo más que recuerde?
Ella tardó en responder.
—Una fotografía.
—¿La tiene?
Anna abrió el interior de su abrigo. Sacó un pequeño sobre de papel marrón, arrugado y manchado en las esquinas. Lo sostuvo unos segundos sin abrirlo, como si incluso aquel gesto le produjera miedo. Finalmente extrajo una fotografía.
Jakob la tomó. La imagen era antigua, probablemente anterior a la guerra.
En ella aparecían cinco personas delante de un edificio de piedra.
La fotografía había sufrido daños: una de las esquinas estaba quemada y una línea oscura atravesaba parcialmente el rostro de una de las figuras.
Sin embargo, el resto podía distinguirse con claridad.
Había tres hombres y dos mujeres. Anna estaba en el centro.
Era más joven, quizá tenía diecisiete o dieciocho años.
Jakob sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
No conocía a las personas de la fotografía, pero conocía el edificio.
O, al menos, creía conocerlo. Volvió a mirar la imagen.
La fachada de piedra tenía cuatro ventanas altas en la planta superior y una puerta arqueada en el centro.
Sobre ella se distinguía una pequeña estructura metálica que Jakob recordaba perfectamente.
Durante unos segundos intentó convencer a su memoria de que se equivocaba.
Habían pasado años. Había visto cientos de edificios durante sus investigaciones.
La guerra había transformado tantas ciudades que cualquier parecido podía ser una coincidencia.
Pero no lo era. Jakob conocía aquella fachada.
La había visto en 1943 y no la había vuelto a ver desde entonces.
—¿Lo reconoce? —preguntó Anna.
Jakob no respondió inmediatamente.
—¿Dónde consiguió esta fotografía?
—No lo sé.
—¿Quiénes son las personas que aparecen?
Anna negó con la cabeza.
—No las recuerdo.
—¿Ni siquiera a usted misma?
La joven observó su propio rostro en la fotografía.
—Sé que soy yo porque me lo han dicho.
—¿Quién?
Anna levantó los ojos.
—El hombre que me ayudó a llegar al tren.
Jakob sintió que el corazón comenzaba a latirle con más fuerza.
—¿Quién era?
Anna permaneció inmóvil.
—No lo sé.
—¿Cómo era?
—Alto.
—¿Edad?
—No lo sé.
—¿Cabello?
—Oscuro.
—¿Alguna cicatriz? ¿Alguna característica?
Anna cerró los ojos. Durante varios segundos pareció luchar contra un recuerdo.
Entonces dijo:
—Tenía sangre en la camisa.
Jakob dejó la fotografía sobre sus rodillas.
—¿Su sangre?
Anna negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿De quién era?
La joven abrió los ojos.
—No lo sé.
Un golpe seco sonó en algún lugar del tren. Ambos levantaron la cabeza. Durante unos segundos nadie habló. Después volvió el traqueteo de las ruedas.
Jakob guardó silencio, pero su mente ya había abandonado el presente.
Había regresado dos años atrás, a una investigación que había intentado olvidar y que, hasta aquel momento, había considerado una de las muchas historias incompletas que la guerra había dejado a su paso.
Recordó una serie de documentos que desaparecieron de un archivo, nombres que habían sido borrados de una lista y un edificio situado a las afueras de una ciudad que entonces todavía conservaba parte de su estructura.
Recordó también una orden recibida desde arriba para cerrar el expediente.
No había entendido por qué. En aquel momento había pensado que se trataba de una decisión política, una de tantas que durante la guerra impedían a los investigadores continuar determinadas pesquisas.
Ahora, mientras observaba la fotografía de aquella muchacha que decía no recordar quién era, comprendió que quizá había cometido el error de creer que un caso cerrado era necesariamente un caso terminado.
Guardó la fotografía dentro del sobre y se la devolvió.
—No enseñe esto a nadie.
Anna lo miró con inquietud.
—¿Por qué?
Jakob dudó antes de responder.
—Porque todavía no sé qué significa.
—¿Usted sabe quién soy?
Jakob sostuvo su mirada.
—No.
—Pero conoce el lugar de la fotografía.
—Creo que sí.
—¿Y eso significa que puede ayudarme?
Aquella pregunta permaneció suspendida entre ambos.
Jakob había pasado años intentando recuperar a su propia familia, siguiendo pistas que terminaban en estaciones vacías, oficinas destruidas y testimonios contradictorios.
Había aprendido que prometer respuestas era una forma de crueldad cuando todavía no se conocían las preguntas. Por eso no quiso mentirle.
—Intentaré averiguarlo.
Anna asintió lentamente. El tren continuó avanzando.
Pasada la medianoche, la mayoría de los pasajeros dormía.
Las luces del vagón habían sido reducidas y solo quedaba encendida una pequeña lámpara junto a cada puerta.
Jakob permanecía despierto. Tenía la fotografía de Anna en la memoria y el edificio de la imagen se había convertido en una presencia imposible de ignorar.
Intentaba reconstruir cada detalle de aquella investigación de 1943: los nombres, las fechas, los informes, las declaraciones que había tomado y, sobre todo, aquello que le habían ordenado olvidar.
Sin embargo, cuanto más buscaba en su memoria, más claro tenía que la historia no había desaparecido.
Simplemente había sido enterrada bajo dos años de guerra, destrucción y silencio.
Anna dormía frente a él con la cabeza apoyada contra la pared.
Parecía mucho más joven cuando dormía. El miedo desaparecía de su rostro y durante unos instantes volvía a parecer una mujer corriente que simplemente había tenido la desgracia de sobrevivir a una época extraordinaria.
Jakob la observó sin saber por qué sentía que debía permanecer alerta.
Entonces vio que la mano derecha de Anna se movía ligeramente sobre su abrigo.
Ella dormía, pero sus dedos buscaban algo: la llave.
Jakob bajó la mirada hacia el objeto y en ese instante escuchó unos pasos.