El tren de los exiliados
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Capítulo 1. El tren de los que regresan
El convoy estaba formado por vagones viejos, algunos de ellos utilizados durante los años anteriores para transportar tropas y mercancías, y otros que habían sido requisados de manera improvisada para trasladar civiles.
Las puertas no cerraban bien, las ventanas estaban cubiertas en algunos casos con cristales rotos sustituidos por cartones y mantas, y el olor del carbón se mezclaba con el de la ropa húmeda, el cuero envejecido y los cuerpos de personas que llevaban demasiado tiempo viajando sin un lugar donde lavarse.
El humo de la locomotora se extendía sobre el tren y regresaba a veces hacia los vagones impulsado por el viento, penetrando por las rendijas y obligando a los pasajeros a cubrirse la boca con pañuelos.
Nadie protestaba. Después de lo que habían vivido, aquellas incomodidades pertenecían a una categoría demasiado pequeña para merecer una queja.
Habían aprendido que la supervivencia podía reducirse a cosas elementales: encontrar un lugar donde sentarse, conseguir agua, conservar un poco de comida y dormir sin que nadie gritara en mitad de la noche.
En el segundo vagón, junto a una ventana empañada por el frío, viajaba Jakob Weiss.
Tenía cuarenta y seis años, aunque los últimos seis habían añadido a su rostro una edad difícil de calcular.
Era un hombre alto, de hombros anchos y movimientos contenidos, con el cabello castaño ya salpicado de gris en las sienes y una cicatriz fina que descendía desde la parte izquierda de la frente hasta perderse junto a la ceja.
No era una herida particularmente llamativa, pero contribuía a darle aquella expresión severa que incluso en reposo parecía acompañarlo.
Sus ojos, de un azul apagado, tenían la costumbre profesional de observar antes de reaccionar.
Durante años había trabajado como investigador de la policía criminal en una ciudad que ahora apenas reconocería.
Había interrogado a asesinos, perseguido ladrones, reconstruido accidentes y aprendido a distinguir las pequeñas contradicciones que aparecen cuando alguien miente.
La guerra había terminado convirtiendo aquellas habilidades en algo inútil.
Las leyes habían dejado de significar lo mismo, los uniformes habían cambiado, las instituciones habían desaparecido y muchas de las personas a las que había jurado proteger ya no estaban vivas.
Jakob llevaba un abrigo oscuro demasiado grande para su cuerpo, heredado de un hombre cuyo nombre desconocía, y debajo una camisa blanca que había perdido hacía tiempo su blancura.
Sus botas estaban cubiertas de barro seco.
Sobre las rodillas sostenía una pequeña maleta de cuero, gastada en las esquinas, que contenía casi todas sus pertenencias: dos camisas, una navaja, algunos documentos, una libreta de tapas negras y una fotografía que nunca enseñaba a nadie.
La fotografía permanecía guardada en el bolsillo interior de su abrigo, doblada por una esquina debido a los años de llevarla consigo.
En ella aparecían tres personas delante de una casa.
Jakob la había mirado tantas veces que ya podía recordar cada detalle sin necesidad de sacarla, pero seguía llevándola como si desprenderse de aquel pequeño rectángulo de papel significara aceptar definitivamente una pérdida que todavía no estaba preparado para aceptar.
Su esposa y sus dos hijos habían desaparecido durante los últimos meses de la guerra.
Al principio había recibido noticias fragmentarias, rumores transmitidos por conocidos que tampoco estaban seguros de lo que decían, nombres de ciudades, fechas aproximadas, estaciones destruidas y convoyes que quizá habían salido o quizá nunca llegaron a su destino.
Después no llegó nada. El silencio había terminado ocupando el lugar de las respuestas.
Jakob había aprendido que la ausencia de noticias podía ser más cruel que una noticia terrible, porque permitía que la esperanza sobreviviera incluso cuando ya no tenía razones para hacerlo.
Cada mañana, durante los últimos meses, había despertado con la posibilidad absurda de recibir una carta.
Cada noche había tenido que aceptar de nuevo que nadie llamaría a la puerta.
Frente a él, una mujer anciana dormía abrazada a un paquete envuelto en una manta.
A su lado, un muchacho de unos doce años contemplaba el exterior con los ojos muy abiertos.
El niño tenía la cabeza rapada casi por completo y llevaba una chaqueta que claramente pertenecía a alguien mucho mayor que él.
No hablaba. De vez en cuando, cuando el tren reducía la velocidad, levantaba la cabeza con una expresión de alarma, como si temiera que cualquier parada pudiera significar el final del viaje.
En el asiento contiguo, un hombre de unos cincuenta años sostenía entre las manos una pequeña lata metálica vacía.
La abría, comprobaba su interior y volvía a cerrarla con una paciencia obsesiva.
Jakob había visto aquel gesto antes. Era el comportamiento de alguien que había pasado demasiado tiempo preocupado por conservar algo que ya no tenía.
Nadie hablaba demasiado. Las conversaciones, cuando aparecían, eran breves y cautelosas.
La gente preguntaba por estaciones, por ciudades, por caminos que aún estuvieran abiertos.
Algunos pronunciaban nombres de lugares como si fueran plegarias.
Otros llevaban pequeños papeles donde habían escrito direcciones que quizá ya no existían.
Había quienes regresaban a casas que seguían en pie y quienes viajaban hacia ciudades donde no sabían si encontrarían algo.
Entre ellos había refugiados que habían atravesado varios países, trabajadores desplazados, antiguos prisioneros, viudas, huérfanos y hombres que habían pasado años lejos de sus familias.
Todos compartían el mismo tren, pero no la misma historia.
Algunos querían olvidar; otros necesitaban recordar.
Jakob había comprendido hacía tiempo que esas dos necesidades podían convertirse en enemigos.
A media mañana, el tren atravesó un bosque ennegrecido.
Los árboles habían sobrevivido a los bombardeos, pero muchos tenían las ramas partidas y los troncos marcados por la metralla.
Entre ellos aparecían restos de vehículos militares abandonados, algunos volcados y cubiertos de barro, otros reducidos a estructuras metálicas oxidadas.
Más allá, en una pequeña hondonada, se distinguían los restos de una granja.
Solo permanecía en pie una pared de piedra y parte de una chimenea.
Una mujer sentada al otro lado del pasillo comenzó a llorar al verlo.
Nadie le preguntó por qué. En aquel tren todos habían aprendido que las lágrimas podían tener demasiados motivos.
Jakob volvió la mirada hacia el cristal.
Su reflejo apareció sobre el paisaje: un rostro pálido, marcado por el cansancio, con la barba de varios días y los ojos hundidos.
Durante un instante tuvo la impresión de estar observando a un desconocido.
Recordó entonces una frase que su antiguo superior solía repetirle cuando todavía trabajaban juntos: un investigador debe aprender a mirar sin convertirse en parte de aquello que observa.
Jakob había cumplido aquella regla durante años.
Había contemplado cadáveres, habitaciones ensangrentadas y familias destrozadas intentando mantener una distancia profesional.
Ahora comprendía que aquella distancia solo funcionaba mientras uno podía regresar a casa después del trabajo.
Cuando la tragedia entraba también en la propia casa, cuando el nombre de las víctimas coincidía con el de las personas que uno amaba, ninguna técnica podía protegerte.
El tren redujo la velocidad poco después del mediodía.
Desde los vagones comenzaron a escucharse murmullos.
Jakob levantó la cabeza y miró por la ventana.
A lo lejos apareció una estación. El edificio principal había perdido parte del tejado y varias de las ventanas estaban abiertas como agujeros negros.
En el andén no había prácticamente nadie.
Un soldado aliado permanecía junto a una barrera improvisada y levantó una mano para indicar al maquinista que continuara.
El tren pasó lentamente junto a los restos de un cartel cuyo nombre apenas podía leerse.
Jakob intentó identificar la estación, pero la pintura estaba demasiado deteriorada.
Mientras el convoy volvía a acelerar, vio algo que le llamó la atención: tres figuras permanecían inmóviles junto al edificio, observando el paso del tren.
No parecían soldados. Una de ellas levantó ligeramente el brazo, aunque no pudo saber si estaba saludando o simplemente protegiéndose del humo.
Fue entonces cuando Jakob tuvo la primera sensación de que aquel viaje no sería tan sencillo como había imaginado.
No sabía todavía quiénes eran las personas que viajaban con él.
No sabía sus nombres, sus historias ni las razones exactas que los habían llevado hasta aquel vagón.
Para Jakob eran solamente rostros dispersos dentro de un tren que cruzaba una Europa herida.
Sin embargo, su antiguo instinto profesional comenzó a trabajar casi sin que él lo quisiera.
Observó al hombre de la lata, a la anciana que dormía abrazada a su paquete, al muchacho de la cabeza rapada y a los dos hombres que conversaban en voz baja al final del vagón.
Había algo extraño en la forma en que evitaban mirarse directamente.
Algo que todavía no podía definir. Tal vez era simplemente miedo.
Después de seis años de guerra, el miedo era una explicación suficiente para casi cualquier comportamiento.
Al caer la tarde, el cielo adquirió un tono rojizo y el paisaje quedó cubierto por una luz apagada.
Las ruedas golpeaban los raíles con un ritmo constante, casi hipnótico.
Jakob cerró los ojos durante unos segundos y escuchó aquel sonido.
Por primera vez en mucho tiempo, tuvo la sensación de avanzar hacia alguna parte en lugar de huir de ella.
No sabía si encontraría su ciudad, si quedaría alguien esperándolo o si el lugar al que regresaba sería reconocible.
Quizá su casa ya no existía. Quizá las calles habían cambiado de nombre.
Quizá las personas que había conocido se habían dispersado para siempre.
Pero continuaba avanzando, porque regresar era lo único que todavía podía hacer.
Cuando abrió los ojos, descubrió que alguien estaba sentado frente a él.
Era una joven de unos veinticinco años. Jakob no la había visto subir.
Llevaba un abrigo gris demasiado fino para aquella época del año y tenía el cabello oscuro recogido detrás de la nuca.
Su rostro era delgado, casi pálido, y en sus ojos había una expresión extraña, no exactamente de miedo, sino de desconcierto.
Sostenía las manos sobre el regazo y entre los dedos apretaba algo pequeño que Jakob no pudo identificar.
La joven lo miró durante varios segundos sin decir nada.
—¿Este tren va hacia el norte? —preguntó finalmente.
Jakob observó su rostro.
—Depende de dónde quiera llegar.
La joven bajó la mirada hacia sus manos.
—No lo sé.
Aquella respuesta hizo que Jakob frunciera ligeramente el ceño. No porque fuera extraña en un tren lleno de personas desplazadas, sino por la manera en que la había pronunciado. No parecía una respuesta evasiva. Parecía la confesión sincera de alguien que realmente desconocía su destino.
El tren continuó avanzando mientras la noche caía sobre Europa.
Afuera, las últimas luces del día desaparecieron detrás de los bosques y las ruinas.
Dentro del vagón, los pasajeros comenzaron a acomodarse para dormir, envolviéndose en mantas y apoyando la cabeza contra las ventanas.
Nadie sabía todavía que aquel viaje acabaría convirtiéndose en algo más que un simple regreso.
Nadie imaginaba que algunos de los nombres pronunciados durante aquella noche estaban destinados a desaparecer para siempre y que otros regresarían desde un pasado que todos creían enterrado.
Jakob tampoco podía saber que la mujer sentada frente a él llevaba consigo una llave cuya existencia cambiaría el rumbo de aquel tren y que, mucho antes de conocerla, su propia vida ya había quedado vinculada a la historia que ella había olvidado.
En aquel momento, sin embargo, solo eran dos desconocidos compartiendo un compartimento en un tren que atravesaba una Europa destruida.
Jakob miró una última vez por la ventana.
En la oscuridad, las ruinas pasaban como sombras y, de vez en cuando, una pequeña luz aparecía a lo lejos y desaparecía inmediatamente después.
El hombre que había sido investigador durante casi toda su vida sintió entonces una inquietud difícil de explicar, una de esas sensaciones que nacen antes que las pruebas y que ningún razonamiento consigue eliminar del todo.
Se llevó una mano al bolsillo interior del abrigo y tocó la vieja fotografía que guardaba allí.
Después levantó los ojos hacia la joven que no recordaba quién era.
El tren siguió avanzando hacia la noche.
Y mientras las ruedas golpeaban los raíles con una regularidad implacable, Jakob comprendió algo que todavía no podía expresar con palabras: algunas personas regresan a casa para descubrir lo que la guerra les ha quitado; otras regresan para descubrir lo que hicieron para sobrevivir.
Y algunas, las más peligrosas, viajan en silencio porque saben que el pasado no ha muerto.
Simplemente está esperando el momento adecuado para volver a subir al tren.