El trato era no enamorarnos Capítulo 33
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Capítulo 33

Lo que no cabe en una presentación

Un año después del viaje que inició todo, Valentina estaba frente a una sala llena.

No presentaba una campaña.

Daba una charla a los nuevos talentos de Lúmina.

En la pantalla había una frase:

Las mejores ideas no siempre empiezan con una respuesta. A veces empiezan con una incomodidad.

Claudia estaba al fondo.

Sebastián había prometido no ir.

Por supuesto, estaba sentado en la última fila.

Valentina lo vio y siguió hablando.

Contó errores.

Campañas que no funcionaron.

Reuniones donde había defendido ideas equivocadas.

No mencionó Paracas hasta el final.

—La cuenta de Aurea me enseñó algo que no estaba en ningún manual —dijo—. La estrategia sirve para anticipar decisiones. No para controlar personas.

Sebastián levantó una ceja.

—Y también aprendí que una buena regla puede proteger un proceso, pero una mala regla puede convertirse en una excusa para no asumir riesgos.

Claudia sonrió.

Al terminar, hubo preguntas.

Un practicante levantó la mano.

—¿Es verdad que usted y Sebastián se odiaban?

La sala explotó en risas.

Valentina miró hacia el fondo.

Sebastián levantó ambas manos.

—Yo la respetaba profundamente.

—Mentiroso —dijo Valentina.

Más risas.

—Sí —admitió—. Nos llevábamos mal.

Otra persona preguntó:

—¿Y cómo pasaron de eso a estar juntos?

Valentina pensó.

Podía contar el aniversario falso.

La tormenta.

La foto.

El beso.

Eligió algo más simple.

—Dejamos de intentar ganar todas las conversaciones.

Sebastián sonrió.

Después de la charla, él la esperó en el pasillo.

—Buena respuesta.

—¿Cuál?

—La última.

Valentina guardó la laptop.

—No te emociones.

—Muy tarde.

Caminaron juntos hacia el ascensor.

—Cena con mi madre hoy —dijo Sebastián.

—Lo sé.

—Solo verifico.

—Tengo mejor calendario que tú.

—Eso es falso.

—Objetivamente.

Las puertas se abrieron.

Entraron.

Sebastián tomó su mano.

—Por cierto, me ofrecieron un proyecto de tres meses en Bogotá.

Valentina giró.

Él sonrió.

—Mira tu cara.

—No juegues con eso.

—No juego. Es real.

Ella respiró.

La vieja Valentina habría sentido la puerta abrirse.

La salida.

El miedo.

La nueva hizo una pregunta.

—¿Quieres hacerlo?

Sebastián pensó.

—Sí.

—Entonces ve.

Él parpadeó.

—¿Así de fácil?

—No será fácil. Será tres meses.

—Podemos vernos.

—Claro.

—¿Y no te preocupa?

—Mucho.

Sebastián la miró con una ternura que todavía conseguía desarmarla.

—Te amo.

Valentina sonrió.

—Lo sé.

—Eso no es la respuesta.

—Yo también te amo.

Las puertas se abrieron en planta baja.

Salieron de la mano.

Valentina entendió que conservar la independencia no significaba mantener siempre distancia.

A veces significaba poder amar a alguien sin pedirle que se quedara quieto para sentirte segura.

* * *