El trato era no enamorarnos Capítulo 30
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Capítulo 30

Una cita de verdad

Su primera cita oficial ocurrió casi dos meses después de empezar a salir.

—Eso es estadísticamente ridículo —dijo Valentina.

Sebastián estacionó frente a un restaurante pequeño en Barranco.

—Hemos tenido cenas.

—Trabajo.

—Un viaje.

—Trabajo.

—Besos.

—No cuentan como planificación de citas.

—Qué estricta.

Valentina bajó del auto.

—Hoy no hablamos de Lúmina.

Sebastián cerró la puerta.

—¿Ni cinco minutos?

—Cero.

—¿Aurea?

—Cero.

—¿Mi nueva unidad?

—Cero.

—¿Tu equipo?

Valentina lo miró.

—¿Quieres volver a tu casa?

—Entendido.

El restaurante tenía un patio interior con luces colgadas y música baja.

Se sentaron.

Durante los primeros minutos, descubrieron algo inquietante.

No sabían de qué hablar sin trabajo.

Valentina lo señaló.

—Esto es grave.

Sebastián miró el menú.

—Podemos discutir sobre comida.

—Eso es trabajo con otro nombre.

—Bien. Pregunta personal.

—Adelante.

—Si pudieras vivir un año sin preocuparte por dinero ni carrera, ¿qué harías?

Valentina pensó.

—Viajaría tres meses.

—Eso no es un año.

—Luego abriría una librería-café.

Sebastián se quedó quieto.

—¿En serio?

—Sí.

—Nunca me lo dijiste.

—Nunca preguntaste algo que no tuviera que ver con una cuenta.

Él aceptó el golpe.

—¿Dónde?

—Algún lugar cerca al mar.

—¿Y después del año?

Valentina sonrió.

—Probablemente cerraría la librería porque no sé administrar inventario y volvería desesperada a publicidad.

—Realista.

—Tu turno.

Sebastián tomó agua.

—Construiría muebles.

Valentina soltó una carcajada.

—No.

—Sí.

—¿Tú?

—Mi abuelo era carpintero. Me enseñó.

—Esto sí es información nueva.

—Tengo más dimensiones de las que imaginas.

—Hasta ahora tenías dos: arrogancia y PowerPoint.

—Cruel.

La conversación siguió.

Películas.

Familia.

Miedos absurdos.

Viajes que nunca habían hecho.

Valentina descubrió que Sebastián odiaba las aceitunas, que coleccionaba entradas de conciertos y que a los doce quería ser arquitecto.

Él descubrió que ella escribía cuentos pésimos en secundaria, que sabía preparar un arroz con leche excelente y que le daba miedo manejar en carreteras de noche.

Cuando llegó el postre, Sebastián la miró.

—Esto es mejor.

—¿Qué?

—Conocerte sin un objetivo.

Valentina bajó la cuchara.

—Sí.

—Aunque extraño discutir.

—Podemos hacerlo.

—¿Sobre qué?

Ella miró el plato.

—El cheesecake está sobrevalorado.

Sebastián dejó el tenedor.

—Retira eso.

Valentina rio.

—Nunca.

La discusión duró diez minutos.

Fue absurda.

Completamente inútil.

Y por eso mismo, perfecta.

* * *