El trato era no enamorarnos Capítulo 24
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Capítulo 24

La madre de Sebastián

La madre de Sebastián se llamaba Teresa Ferrer y abrió la puerta antes de que ellos tocaran el timbre.

—Por fin.

Abrazó a Valentina.

No un saludo.

Un abrazo.

Valentina lanzó una mirada de auxilio a Sebastián.

Él estaba disfrutando demasiado.

—Mamá.

—Cállate. Llevo años escuchando “Valentina hizo esto”, “Valentina dijo aquello”, “Valentina me contradijo frente al cliente”.

Valentina giró lentamente.

—¿Años?

Sebastián miró el techo.

—Mamá.

Teresa sonrió.

—Pasa, hija.

Durante la cena, Valentina descubrió versiones de Sebastián que nunca había imaginado.

Sebastián niño, obsesionado con construir ciudades de cartón.

Sebastián adolescente, suspendido dos días por discutir con un profesor.

Sebastián universitario, trabajando por las noches cuando la empresa de su padre cerró.

—No tienes que contar todo —dijo él.

—Claro que sí —respondió Teresa.

Valentina estaba fascinada.

Después del postre, Sebastián fue a buscar una botella de vino.

Teresa aprovechó.

—Le gustas de verdad.

Valentina casi dejó caer la cuchara.

—Teresa…

—No te estoy presionando.

—Bien.

—Estoy advirtiéndote.

Valentina parpadeó.

—¿Advirtiéndome?

Teresa tomó café.

—Mi hijo convierte todo en una meta. Lo hace porque le da seguridad. Pero las personas no son metas.

Valentina miró hacia la cocina.

—Lo sé.

—Y tú pareces bastante capaz de decirle que no cuando sea necesario.

—Eso sí.

Teresa sonrió.

—Por eso me caes bien.

Sebastián regresó.

—¿Qué están conspirando?

—Nada —dijeron ambas.

Él las miró con sospecha.

Al salir, caminaron hasta el auto.

—Tu madre me advirtió sobre ti.

Sebastián abrió la puerta.

—Sabia mujer.

—También me contó lo del piercing.

Él se quedó inmóvil.

Valentina soltó una carcajada.

—Mentira.

Sebastián abrió los ojos.

—Eres terrible.

—Tu cara.

—Sube al auto.

Durante el camino, Valentina apoyó la cabeza en la ventana.

—Me gustó.

—¿Mi madre?

—Verte ahí.

—¿Dónde?

—En un lugar donde no tienes que demostrar nada.

Sebastián bajó la velocidad.

—No sabía que me veías así.

—¿Cómo?

—Como alguien que está demostrando cosas todo el tiempo.

Valentina lo miró.

—Lo haces.

—Tú también.

—Sí.

Sebastián tomó su mano sobre la consola.

—Podríamos intentar hacerlo menos.

—¿Competir?

—Demostrar.

Valentina entrelazó los dedos con los suyos.

—Podríamos.

Llegaron a un semáforo.

Sebastián la miró.

—Mi madre también te contó que hablaba de ti antes de que saliéramos.

—Eso fue lo mejor de la noche.

—Voy a pedir pruebas.

—No las necesitas. Tu cara confesó.

Sebastián arrancó cuando cambió la luz.

—Me arrepiento de presentarlas.

Valentina sonrió.

—Demasiado tarde.

Y guardó esa noche en la misma parte de la memoria donde había guardado la foto del mirador.

No porque fuera perfecta.

Porque se había sentido real.

* * *