El trato era no enamorarnos Capítulo 18
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Capítulo 18

La noche de las diapositivas

La campaña de Aurea entró en fase crítica la semana siguiente.

El pitch final sería el martes.

El lunes a las nueve de la noche, Valentina y Sebastián seguían en la oficina.

Claudia se había ido una hora antes.

Gabriel había enviado un mensaje:

No mueran. Necesito la presentación a las ocho.

Valentina llevaba el cabello recogido y los zapatos debajo del escritorio.

Sebastián estaba frente a una pizarra.

—La diapositiva catorce no funciona.

—La escribiste tú.

—Por eso lo sé.

Valentina giró la laptop.

—Mira esta versión.

Sebastián leyó.

No necesitas escapar de tu vida. A veces solo necesitas volver a entrar en ella acompañado.

Se quedó callado.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—Es muy buena.

Valentina sonrió.

—Gracias.

—Te odio un poco.

—Eso me resulta familiar.

Sebastián se dejó caer en la silla contigua.

—Necesitamos comida.

—Necesitamos terminar.

—La creatividad sin glucosa es explotación.

Pidieron pizza.

A las diez y media, la presentación estaba casi lista.

A las once, discutían por una fotografía.

A las once y veinte, Sebastián quitó la fotografía.

A las once y veinticinco, Valentina la volvió a poner.

—No tienes criterio visual —dijo él.

—Tú no tienes humildad.

—Tengo muchísimo criterio.

—Eso no fue lo que dije.

Sebastián la miró.

Valentina lo miró.

Cinco segundos después, ambos rieron.

—Estamos cansados —dijo ella.

—Mucho.

Él se inclinó hacia la pantalla.

Su hombro tocó el de ella.

Valentina no se apartó.

—¿Sabes qué es extraño? —preguntó.

—¿Qué?

—Antes esto me habría puesto furiosa.

—¿Qué cosa?

—Trabajar contigo hasta medianoche.

—Y ahora.

—Ahora solo estás un cuarenta por ciento insoportable.

Sebastián se llevó una mano al pecho.

—Esto es progreso.

Valentina guardó el archivo.

—¿Por qué nunca me dijiste que sabías mi pedido de café?

Él se quedó quieto.

—Porque era información innecesaria.

—Mentira.

—Porque sabía que me ibas a molestar.

—También.

—Y porque no quería preguntarme por qué lo sabía.

Valentina giró la silla hacia él.

—¿Cuándo empezó?

Sebastián apoyó los brazos en las rodillas.

—No sé.

—Sí sabes.

—Quizá con la cuenta de Solterra.

Valentina abrió mucho los ojos.

—Eso fue hace tres años.

—Lo sé.

—Me gritaste en una sala.

—Tú me gritaste primero.

—Porque cambiaste mi concepto.

—Porque el cliente lo iba a rechazar.

—Lo aceptó.

—Después de que arreglé el argumento.

Valentina le dio un golpe suave en el brazo.

—Imbécil.

Él tomó su muñeca.

El movimiento fue rápido.

La oficina quedó silenciosa.

Sebastián miró su mano alrededor de la muñeca de ella.

La soltó despacio.

Valentina no se movió.

—Hace tres años —repitió.

—Sí.

—¿Y qué hiciste con eso?

—Lo convertí en competencia.

Ella sonrió sin humor.

—Eso explica bastante.

—¿Tú cuándo empezaste?

Valentina sintió que acababa de perder ventaja.

—No sé.

—Sí sabes.

—Quizá cuando defendiste a Claudia frente al cliente Torres.

—Eso fue hace dos años.

—Lo sé.

Sebastián sonrió.

—Entonces llevamos dos años siendo idiotas.

—Por lo menos.

Él se acercó.

—Podemos dejar de serlo.

Valentina miró la puerta de la oficina.

—Estamos solos.

—Eso no fue un no.

—Tampoco fue un sí.

Sebastián esperó.

Valentina se inclinó y lo besó.

Un segundo después, la pantalla de la sala se encendió sola con un protector de pantalla.

Ambos se separaron como adolescentes atrapados.

—Tecnología hostil —dijo Sebastián.

Valentina rio.

Volvieron a la presentación.

Pero desde ese momento, cada diapositiva tardó el doble.

* * *