El trato era no enamorarnos Capítulo 14
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Capítulo 14

Daniel

Daniel Arce apareció en Lúmina el martes a las cuatro de la tarde.

Valentina lo vio desde la sala de reuniones.

Traje gris, cabello oscuro, esa forma de caminar como si todos los edificios le pertenecieran un poco.

Durante tres años había imaginado ese encuentro.

En algunas versiones lo ignoraba.

En otras, le demostraba que había hecho bien en quedarse.

En ninguna estaba Sebastián sentado frente a ella, revisando una presentación.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Valentina no respondió.

Sebastián siguió su mirada hacia el pasillo.

Daniel hablaba con la recepcionista.

—¿Ese es Daniel?

—Sí.

—El cabello sigue siendo bueno.

Valentina lo fulminó.

—No es momento.

—Intentaba ayudarte.

—No ayuda.

Daniel la vio.

Sonrió.

Valentina sintió una mezcla de nostalgia y fastidio.

—Necesito cinco minutos —dijo.

Sebastián cerró la laptop.

—Claro.

Ella salió de la sala.

Daniel abrió los brazos.

—Vale.

No la llamaban así desde hacía años.

Se abrazaron.

Fue un abrazo correcto.

Nada más.

Valentina sintió alivio.

—¿Qué haces aquí?

—Tengo una reunión en el edificio de al lado. Pensé que podía secuestrarte para un café.

—Estoy trabajando.

—Cinco minutos.

Valentina miró hacia la sala.

Sebastián estaba de pie junto a la mesa, fingiendo revisar algo que claramente no necesitaba revisar.

—Bien. Cinco.

Fueron a la cafetería del primer piso.

Daniel habló de Madrid, de su nueva consultora, de una cuenta que acababa de ganar.

Valentina escuchaba.

Era extraño.

Durante años había recordado su voz como una puerta a otra vida.

Ahora solo era una voz.

—Vi la foto —dijo Daniel al final.

Valentina dejó la taza.

—¿Qué foto?

—Tú sabes cuál.

—Ah.

—No sabía que estabas con alguien.

—Es complicado.

—¿Es él?

Daniel miró por encima de su hombro.

Sebastián acababa de entrar a la cafetería.

Valentina sintió que el universo tenía un pésimo sentido del humor.

—Sí —dijo.

La palabra salió antes de pensarlo.

Sebastián se detuvo apenas.

Luego caminó hacia ellos.

—Valentina.

Ella sonrió.

—Sebastián, él es Daniel.

Los dos hombres se estrecharon la mano.

—He escuchado de ti —dijo Daniel.

—Yo también.

Valentina cerró los ojos por dentro.

Daniel sonrió.

—Espero que cosas buenas.

Sebastián miró a Valentina.

—Algunas.

—Sebastián.

—¿Qué?

Daniel rio.

—Ahora entiendo la foto.

Valentina quiso desaparecer.

Sebastián apoyó una mano en el respaldo de su silla.

—¿Nos vamos? Gabriel está esperando.

No era verdad.

Valentina lo supo.

Y agradeció la mentira.

—Sí.

Se levantó.

Daniel la miró.

—¿Cena esta semana?

Valentina iba a responder.

Sebastián no dijo nada.

No la tocó.

No intervino.

Solo esperó.

—No creo —dijo ella.

Daniel asintió, decepcionado.

—Llámame si cambias de opinión.

Valentina se despidió.

En el ascensor, Sebastián mantuvo la vista al frente.

—Gracias —dijo ella.

—¿Por qué?

—Gabriel no estaba esperando.

—Podría estar esperando en algún lugar.

—Sebastián.

Él la miró.

—Parecía que querías irte.

—Sí.

—Entonces te di una salida.

Las puertas se abrieron.

Valentina no salió.

Sebastián tampoco.

—¿Estabas celoso? —preguntó ella.

Él sonrió muy despacio.

—No.

—Mentiroso.

Las puertas volvieron a cerrarse.

Sebastián dio un paso hacia ella.

—¿Quieres la respuesta profesional o la real?

Valentina sintió que el ascensor se hacía pequeño.

—La real.

—Sí.

Las puertas se abrieron de nuevo.

Sebastián salió.

Valentina tardó dos segundos en seguirlo.

El problema era que aquella confesión no la asustó.

La hizo feliz.

* * *