Capítulo 10
La tormenta
A las dos de la mañana, Valentina despertó con un trueno.
Abrió los ojos.
La habitación estaba oscura.
Otro relámpago iluminó la terraza.
—¿Estás despierta? —preguntó Sebastián.
—Ahora sí.
La lluvia golpeaba los ventanales. Una tormenta inesperada había llegado desde el mar.
Valentina se incorporó.
—¿Siempre pasa esto aquí?
—No tengo idea.
Se escuchó un golpe fuerte afuera.
Valentina se sobresaltó.
Sebastián encendió la lámpara.
—¿Le tienes miedo a las tormentas?
—No.
Otro trueno.
Valentina apretó la sábana.
Sebastián levantó una ceja.
—Claramente.
—No me gustan.
—Eso es miedo con relaciones públicas.
Ella suspiró.
—Cuando tenía nueve años hubo un apagón en casa durante una tormenta. Mis padres habían salido. La señora que me cuidaba se quedó atrapada en el ascensor del edificio.
—¿Estuviste sola?
—Casi una hora.
Sebastián dejó de bromear.
—Eso sí suena horrible.
—Lo superé.
Se fue la luz.
La habitación quedó completamente negra.
Valentina dejó escapar una palabra poco elegante.
Sebastián encendió la linterna del celular.
—Ven.
—Estoy bien.
—Valentina.
—Estoy bien.
Un trueno hizo vibrar los vidrios.
Ella cerró los ojos.
Cuando los abrió, Sebastián estaba sentado en el borde de su lado de la cama.
—No voy a hacer nada —dijo—. Solo estoy aquí.
Valentina tragó saliva.
—No necesito que me rescates.
—No estoy rescatándote.
—Entonces…
—Estoy acompañándote. Es diferente.
La frase la desarmó.
Valentina se movió hacia el centro de la cama.
Sebastián se sentó a su lado.
—La frontera está comprometida —dijo él.
—Emergencia internacional.
—Entendido.
Durante varios minutos escucharon la lluvia.
Valentina respiró más lento.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
—¿Qué?
—Que mañana vas a utilizar esto para molestarme.
—No.
—Mentira.
—Hay cosas que no convierto en munición.
Valentina lo miró en la penumbra.
—¿Como cuáles?
—Las que importan.
La luz del teléfono iluminaba apenas su rostro.
Valentina sintió una presión extraña detrás de los ojos.
No quería llorar.
No estaba triste.
Solo estaba cansada de estar alerta.
—Sebastián.
—¿Sí?
—¿Por qué discutimos tanto?
Él soltó una respiración.
—Al principio porque me irritabas.
—Qué romántico.
—Luego porque eres buena.
Valentina frunció el ceño.
—Eso no tiene lógica.
—Cuando llegaste, yo era el que todos daban por hecho que iba a liderar estrategia. Después apareciste tú y empezaste a ganar cuentas que yo quería.
—Entonces sí me veías como competencia.
—Sí.
—¿Y ahora?
Sebastián la miró.
—Ahora es más complicado.
El trueno siguiente sonó más lejos.
Valentina bajó la voz.
—¿Por qué?
Él levantó una mano y apartó un mechón de su frente.
Esta vez no se detuvo por la regla cuatro.
—Porque ya no sé si quiero ganarte o besarte.
Valentina dejó de respirar.
Sebastián tampoco se movió.
La oscuridad parecía haber reducido el mundo a esa cama, esa tormenta y la distancia mínima entre sus rostros.
Valentina sabía exactamente qué debía hacer.
Alejarse.
Recordar la competencia.
Recordar las reglas.
En cambio, inclinó apenas la cabeza hacia él.
Sebastián se acercó.
Un centímetro.
Dos.
La electricidad volvió de golpe.
La habitación se iluminó.
Los dos parpadearon.
Valentina retrocedió.
Sebastián bajó la mano.
—Bueno —dijo ella, demasiado rápido—. Parece que ya pasó.
—Sí.
—Deberíamos dormir.
—Claro.
Él volvió a su lado.
Valentina reconstruyó la frontera de almohadas.
Pero esa noche no logró dormir.
Porque ahora sabía algo que ninguna regla podía borrar.
Sebastián quería besarla.
Y ella había estado a punto de dejarlo.
* * *