Capítulo 9
El atardecer
El bote era pequeño, blanco y ridículamente romántico.
Valentina lo decidió en cuanto subió.
El hotel había organizado una navegación al atardecer para cuatro parejas. Había música suave, copas de espumante y mantas porque el viento se volvía frío después de las cinco.
—Esto parece diseñado para propuestas de matrimonio —dijo Valentina.
Sebastián le entregó una copa.
—No te preocupes. Dejé el anillo en Lima.
—Qué alivio.
—No quiero apresurarte después de tres maravillosos años juntos.
Valentina rodó los ojos.
El bote se alejó de la costa.
Durante la primera media hora tomaron notas mentales, observaron el servicio y hablaron con otras parejas.
Después el sol empezó a bajar.
La conversación murió sola.
El cielo se volvió naranja, luego rosado.
Valentina se apoyó en la baranda.
—Entiendo por qué funciona —dijo.
—¿El hotel?
—Todo. La gente viene a lugares así porque necesita un escenario distinto para decir cosas que en casa posterga.
Sebastián se colocó a su lado.
—Eso deberíamos vender.
—No romance perfecto.
—La posibilidad de volver a mirarse.
Valentina sonrió.
—“Volver a encontrarse sin haberse perdido.”
Sebastián la miró.
—Anótalo.
—Pensé que la memoria era suficiente.
—A veces tengo razón. No siempre.
Ella sacó el teléfono.
En ese momento el bote atravesó una ola.
Valentina perdió el equilibrio.
Sebastián la sujetó por la cintura.
Esta vez no fue una pose.
Ella quedó pegada a su pecho.
—¿Estás bien?
—Sí.
Sus manos seguían sobre ella.
El viento parecía haberse detenido.
Valentina levantó la cara.
Sebastián estaba muy cerca.
Demasiado.
No había recepcionistas.
No había fotógrafos.
No había ninguna razón para continuar.
Y ninguno se movió.
Valentina sintió el pulso en el cuello.
Sebastián bajó la mirada hacia su boca.
La frontera invisible de todas sus reglas desapareció.
Entonces una voz detrás de ellos gritó:
—¡Foto!
Valentina se separó de golpe.
Una mujer de otra pareja levantaba el teléfono.
—Perdón —dijo riendo—. Se veían hermosos con el atardecer.
Sebastián carraspeó.
—No hay problema.
La mujer tomó la foto.
Valentina sonrió sin saber cómo.
Cuando terminó, caminó al otro extremo del bote.
Sebastián la siguió después de un minuto.
—Valentina.
—No pasó nada.
—No dije que pasara.
—Bien.
—Pero casi.
Ella lo miró.
—Fue el bote.
—El bote no bajó la vista a tu boca.
Valentina sintió calor en las mejillas.
—No hagas esto.
—¿Qué cosa?
—Convertirlo en algo.
Sebastián la observó.
Por primera vez no parecía estar bromeando.
—¿Y si ya es algo?
El corazón de Valentina dio un golpe torpe.
—Regla cinco.
—¿La de que soy el enemigo?
—Sí.
Sebastián miró el horizonte.
—Esa regla empieza a parecerme poco objetiva.
—No necesitamos objetividad. Necesitamos ganar la cuenta.
—Y el ascenso.
—Exacto.
Él asintió.
—Perfecto.
Valentina odiaba que dijera “perfecto” cuando claramente nada lo era.
El sol desapareció.
El bote dio la vuelta hacia el hotel.
Y la distancia entre ambos se sintió mucho más grande que antes.
* * *