Capítulo 8
Celos que no cuentan
El almuerzo transcurrió sin incidentes hasta que apareció una mujer llamada Camila.
Era alta, llevaba un vestido blanco y caminó directamente hacia Sebastián con una sonrisa de reconocimiento.
—¿Ferrer?
Sebastián levantó la vista.
—Camila.
Se abrazaron.
Valentina tomó agua.
No tenía ninguna razón para sentir nada.
Cero.
Camila miró a Valentina.
—Perdón. Soy Camila Torres. Sebastián y yo trabajamos juntos hace años.
—Valentina.
—Su novia —añadió Sebastián.
Valentina casi se atragantó.
Camila sonrió.
—¡Por fin!
—¿Por fin qué? —preguntó Valentina.
—Este hombre llevaba años diciendo que no tenía tiempo para relaciones.
Sebastián se pasó una mano por el cabello.
—Camila.
—¿Qué? Es verdad.
Valentina sonrió.
—Parece que soy una innovación reciente.
—Y muy buena —dijo Sebastián.
La frase sonó demasiado natural.
Camila se sentó unos minutos con ellos.
Habló de proyectos antiguos, viajes, clientes.
Valentina descubrió dos cosas.
La primera: Camila conocía una versión de Sebastián que ella no.
La segunda: no le gustaba.
No le gustaba que Camila supiera cómo tomaba el café. No le gustaba que recordara una anécdota de Buenos Aires que lo hizo reír de una forma distinta. No le gustaba que, al despedirse, le tocara el brazo.
Todo aquello era absurdo.
Cuando Camila se fue, Sebastián volvió a sentarse.
—No digas nada —advirtió Valentina.
—No iba a decir nada.
—Tu cara está diciendo algo.
—Mi cara siempre es acusada injustamente.
Valentina cortó un trozo de pescado.
—¿Salieron?
Sebastián apoyó los codos en la mesa.
—¿Eso entra en la regla dos?
—Investigación de personaje.
—Una vez.
Valentina dejó el tenedor.
—¿Una vez qué?
—Salimos una vez. Hace seis años.
—Ah.
Sebastián sonrió.
—Ese “ah” tiene demasiado contenido.
Valentina lo miró con frialdad.
—No contiene nada.
—Interesante.
—No empieces.
—¿Estás celosa?
Ella soltó una risa seca.
—¿De Camila?
—Eso pregunté.
—Sebastián, estamos fingiendo.
—No respondiste.
—No estoy celosa.
—Perfecto.
—Perfecto.
Volvieron a comer.
Cinco segundos después, Sebastián dijo:
—Daniel tiene buen cabello.
Valentina dejó el tenedor otra vez.
—¿Qué?
—Vi su foto cuando llamó.
—¿Revisaste mi teléfono?
—Apareció en pantalla.
—¿Y tu conclusión fue analizar su cabello?
—Estoy diciendo que entiendo la competencia.
Valentina lo miró.
—Tú también estás celoso.
—No.
—Claro que sí.
—No tengo razones.
—Yo tampoco.
—Perfecto.
—Perfecto.
El camarero se acercó.
—¿Todo bien?
Ambos respondieron al mismo tiempo.
—Perfecto.
El camarero se alejó con expresión cautelosa.
Valentina intentó concentrarse en el plato.
Sebastián intentó concentrarse en el suyo.
Ninguno tuvo éxito.
Al final, él dejó el tenedor.
—Esto es ridículo.
—Sí.
—No estamos celosos.
—No.
—Solo estamos demasiado metidos en el papel.
—Exacto.
Sebastián extendió la mano por encima de la mesa.
—Entonces tregua.
Valentina miró su mano.
—Tregua.
La estrechó.
Sebastián no la soltó enseguida.
Valentina tampoco.
—Esto ya no es necesario para la fachada —dijo ella.
—Lo sé.
Él retiró la mano.
Valentina miró por la ventana.
El mar estaba tranquilo.
Ella no.
* * *